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TRILOGÍA DE LOS SUEÑOS

31/01/2018 - ISBN: 978-84-9002-105-7

Ediciones Hiperión, S.L.
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TRILOGÍA DE LOS SUEÑOS
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Sinopsis

El sueño de la muerte (2013), El sueño del amor (2014) y El sueño de la vida (2015), publicados en Hiperión, se pensaron por su autor como una trilogía que ahora se reúne en un solo libro en el que destaca su coherencia poética. La Trilogía contiene una viaje que solo se puede recorrer con la poesía y desde una perspectiva onírica.

El sujeto poético inicia un camino que comienza después de la muerte, como en el poema de Wallace Stevens, Del mero ser:... allí donde la mente termina, pasado el último pensamiento... y en esa senda la vida y la muerte se mezclan en paisajes exteriores e interiores llenos de belleza, luz, sombras, heridas, tristezas y esperanzas, al cabo recuerdos y deseos que habitan ese sueño humano de trascendencia que surca el cerebro desde la primera voz de la inteligencia.

Cada libro tiene tres partes conformando nueve capítulos poéticos. El último se denomina La madre. Es el final en el principio. O el principio en el final. Como el lector desee.

Manuel Juliá nació en Puertollano (Ciudad Real) y ha publicado De umbría (1998), Intemporal (2003), Sobre el volcán la flor (2009), Cuarenta latidos (2009), La gloria al rojo vivo (2010) y Dioses de fuego y aire (2012). El año 2012 la Asociación de Escritores y Artistas Españoles le concedió el Premio Clarín de Cuentos, por La región del olvido. La Asociación de Editores de Poesía declaró El sueño de la vida como el mejor poemario editado en 2015. Colabora en los diarios El Mundo, Marca y La Tribuna (Castilla-La Mancha y Castilla-León).

Para Caballero Bonald, "la escritura de Manuel Juliá está llena de inteligencia y sensibilidad". Túa Blesa dice que tiene "un discurso total (...) que se lee con mucho gusto". Juan Cruz que "lo oscuro es la luz para el poeta" y que ejerce con autoridad su poesía creando un "libro luminoso habitado por la niebla". Y Enrique Villagrasa, refiriéndose a El sueño de la muerte, escribe que es un "poemario grandioso".

Resumen

PRÓLOGO

Miro con parsimonia por el cristal de la buhardilla. Es una tarde en la que no puedo arrancarme ni una mínima sonrisa y no dejo de decirme que no tiene sentido sufrir así sin causa aparente, sin que algún hecho concreto de la vida cotidiana me haya invadido como un enemigo portando una espada implacable. Hace mucho frío afuera. Miro por el ventanal el aire gélido agarrado al rostro lleno de años y sombras de los olivos, que parecen felices abrigados por sus espesas y rugosas cortezas, o quizá también llenos de una melancolía que se vuelve placer gracias a su inmóvil voluntad frente al dolor del tiempo y la vida. La lluvia, a lo lejos, con su bruma llena de tierra y hojas, envuelve al AVE que desde hace unos años pasa cerca de casa rompiendo el alma placentera del paisaje con su vertiginosa tarea émula de las olas del mar. Llegar para volver. Volver para llegar. Siempre el mismo camino en una persistencia que convierte la vida en un capítulo giratorio que no descansa hasta que se acerca y llega a la frontera del vacío.

Llueve sobre los cristales y la tierra marrón espejea cuando se abren un poco las nubes. Es como si no estuvieran de acuerdo con que su densa oscuridad oculte el cielo. Las piedras se quitan el traje de barro para absorber la luz y expulsarla en una tos de plata hacia el viento mojado. Entonces el sol, débil como el suspiro de un hombre derrotado, calienta un poco la tierra levantando del suelo un débil aliento de vida, y a los árboles y a los tejados y a las antenas les crea un espejo de lunas que en el paisaje parecen estrellas caídas del cielo de la noche. Me siento en el sillón con la luz llena del tapiz de las nubes a mi espalda, y abro un libro. Enseguida lo cierro. Ahora me ha dado por leer antropología pero mi estado de ánimo no me permite percibir al ser humano, como dice Yuval Noah Harari, en la victoriosa evolución, llena de sangre y dolor, de animal dios, desarrollando en cada instante de peligro la fuerza que la imaginación exalta generando una creatividad para la supervivencia. El libro se lee como una novela, pero no tengo deseos de acercarme a ninguna realidad. No sé si dios creó o no al ser humano, o dispuso una inteligencia evolutiva inherente a su naturaleza. Pero sí sé que el ser humano ha creado a dios, tantos dioses como le ha sido necesario para explicarse la gran pregunta que no sabe por qué se hace, y salvo algunos cerebros de alambres y luces, no tiene más remedio que hacerse.

El viento suena afuera con una sístole y una diástole que sigue el ritmo de mi corazón y la sensación del discurrir del tiempo. Mientras lo oigo afuera me pregunto por qué imagino que un corazón invisible me espera en alguna parte. Pero luego pienso que mejor olvidar esa soberbia presunción que en su desarrollo lo único que consigue es hacerme sentir que me enredo en un vacío. Solo el paisaje tiene un lenguaje real y claro. Los cristales aguantan la embestida aérea y cuando el cielo se pone oscuro, aunque es de día, tengo que encender la luz y a la vez sentir que mi ánimo se hunde porque para mí no hay cosa más triste que las luces encendidas de las casas cuando es de día. Miro el teléfono móvil escondido entre unos papeles. Hace rato que no suena. Nadie me llama. En ese instante nadie ha pensado en mí, nadie ha decidido que quiere hablar conmigo del tiempo o de lo cotidiano, saber que tal me va solo eso. Qué bueno es saber que a alguien le importa si estás o no estás feliz, si estás sereno y sin conflictos exteriores o interiores. Pero nadie piensa en mí en ese momento. Ni siquiera quiere un favor mío, o que me cambie de compañía de móvil o de agua o de luz o de gas, qué se yo, qué más da.

La sensación que tengo de que me gustaría que sonase el teléfono está soportada en una minucia, pero siento que una inmensa felicidad se abriría dentro de mí si sucediera. Pero no sucede. El teléfono no suena. Está perdido entre los papeles y no me apetece recuperarlo de su semientierro para ver cuántos whatsapps o emails me han llegado. En estos momentos, no en otros, esa forma de comunicación no me satisface lo más mínimo. La evidencia de que el teléfono no suena se va enredando dentro, me va mostrando la prueba de que en este momento a nadie le importo. ¿Acaso, me pregunto, lo que ocurre es que necesito que me amen, acaricien, llenen de ternura, pasión, alegría, juego? ¿Acaso caminar con alguien que no tenga ni preguntas ni respuestas bajo una dulce brisa, en el mar o una amplia avenida, o alguna plaza histórica, como esas tan hermosas de Toledo o Barcelona, o en el campo, en las umbrías de tierras hermosas y fértiles que tienen caminos donde los madroños se convierten en el público verde que en la cuneta aplaude a los caminantes?

Hace días mandé al diario El Mundo un artículo sobre Jean Cocteau y su hermosa poesía olvidada, y cuando supe que lo habían publicado creí que iba a sentir un gozo literario pleno de vanidad y autocomplacencia. Pero me fue imposible gozar como antes gozaba por ver el trabajo de horas quieto en el papel del periódico o el libro, o en la luminosa pantalla viviendo la corta vida que ofrece a las palabras Facebook o Twiter. Ya no me hace feliz publicar. Tendré que preguntar a algunos amigos escritores si también les pasa eso, y si es pasajero o ya se queda en ti para siempre.

Para luchar contra esta sensación pienso en Cervantes. Azorín decía que la dedicatoria que hace en el Persiles al duque de Lerma es la mejor página que se ha escrito en castellano. La fe que tenía en su obra es maravillosa, típica del escritor de raza. Y eso que no fue reconocido como autor de calidad. Entre los 900 ejemplos literarios y los 200 "dichos agudos", según Chambers, reflejados por Baltasar Gracián sólo en la Agudeza, no aparece ninguno asignado directamente a Cervantes. Más aún, no se ha registrado ni una sola vez el hombre del autor del Quijote en la obra conocida del autor del Criticón. Sin embargo, a cuatro días de morir, Cervantes recuerda sus trabajos pendientes: "Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de la Galatea, de quien sé está aficionando vuesa Excelencia". La muerte estaba en sus labios y él solo pensaba en la vida de sus obras. Es difícil imaginar la situación, porque quizá uno ha de estar en esa circunstancia para entenderlo, sin embargo, deseo ahora imaginarlo en esta soledad, con el frío de la vida detrás del cristal de la buhardilla y dentro de las cavernas oscuras de mi carne.

Me adentro en la oscuridad de los siglos y veo el recinto oscuro de la habitación, el olor de las medicinas y el orín, y sobre todo el espeluznante reflejo de la muerte aposentándose en el rostro de Cervantes. La nariz delgada, esa que recuerdo de las personas que he visto alejarse de la vida convirtiendo su carne en pausa infinita. Los ojos hundidos, con la mirada helada de cualquier indicio de cadáver. El cuerpo volviéndose un plástico blanco o amarillo en el que el sol se refleja como sobre una superficie de porcelana. Los recuerdos se amontonan en el cerebro agotado. Algunos luchan por predominar en la última luz de esa mente que se apaga. El dolor del cuerpo se apodera de los nervios vencidos, quizá pensando en que el final es el analgésico más victorioso, o que el Dios que espera detrás del umbral invisible conceda al que muere un abrazo más de tiempo, el suficiente para finalizar esas obras que han estado tantos años pendientes, o al menos que después de los puentes de niebla de la muerte haya sueños que nazcan del sueño de la mismísima muerte. Cervantes mantenía esta esperanza. Lo dice en el prólogo del Persiles: "¡Adiós, gracias: adiós, donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!"

En la habitación en la que está Cervantes el tiempo se agarra a los muebles, los cuadros y las paredes con sus manos de sombra. Allí espera su muerte y dicta o escribe la dedicatoria al conde de Lemos. Era el día 19 de abril de 1616. Tres días después cerraría los ojos y los párpados se le volverían de piedra. Ya le habían dado la extremaunción. Agradece al conde que haya sido su gran benefactor (toda la vida buscando benefactores). Por eso también le dedicó las Novelas ejemplares, Ocho comedias y otro entremeses nuevos y la segunda parte del Quijote.

Cervantes vivió el azul lejano de lo sublime y el cercano barro de la miseria. Con su inteligencia suprema dio carne a sus sueños en las palabras. En un momento de su vida sintió que no tenía otro remedio que escribir. Ojeo los versos que van después de este prólogo, y con modestia siento que no he tenido otro remedio que escribirlos. Encima de mi mesa hay un libro de poemas de Eduardo Chicharro, Música celestial y otros poemas. En el prólogo Gonzalo Armero dice unas palabras sobre el poeta postista que no dejan de rodearme el corazón y la sombra, la soledad inepta profunda y la aún más inepta sentencia de existir que siento ante los otros. Dice que para Chicharro la necesidad de escribir era su única posible salida. "Escribir y escribir sin descanso; cientos y cientos de páginas que ocuparon todas las horas de todos los días de su vida; la obsesión de escribir siempre presente, la de ser otro en la escritura, la de ser el poema". ¿Es eso quizá lo que busco, ser en el poema, y en la imposibilidad que siento se cifra el dolor y el sentimiento de soledad que no puedo evitar sentir? Sería demasiado sencillo sentir ese norte, o mejor ese centro de la existencia en el que la obsesión se convierte en posibilidad o certeza. No puedo reducirme al poema. Aunque a veces lo odie tanto y me odie tanto a mí que seamos una sola cosa. Pero enseguida la contemplación de esta mañana fría y bella, el paso del AVE al fondo yendo siempre y viniendo siempre, como las olas de un mar que trazan o buscan caminos y cuando han llegado al final lo único que saben es que tienen que volver al principio. Es ese maldito círculo de 360 grados lo que me mete en una cárcel. Desde ella miro un mundo hermoso que creo no es para mí.

Lo importante es la literatura decía Gil de Biedma, y qué más me da si es o no es así. Los poemas están ahí, en las próximas páginas, buscando ojos, recuerdos, sombras, vacíos y heridas para tener compañía, y no morir incluso antes de haber nacido. Yo estoy solo, lejos de ellos. Debiera estar feliz porque regresan a mi lado. Pero solo sé que estoy solo y llueve y llueve sobre los olivos y los rastrojos y los cristales y los tejados lejanos. La vida es una lluvia que habla sobre los árboles. Quiero escuchar sus palabras. El viento mueve algo furioso las ramas y las farolas. Las antenas de los tejados rojos de las casas miran hacia la nada que cae por el horizonte. El cristal recibe golpes que para con sus labios. Los sonidos de la vida están ahí y cuando el temporal amaina, poco a poco, me digo que debo tener fe en el silencio. Por la mañana hablé con la niebla. Me dijo que todos los poemas estaban afuera desarrollándose en su propia vida, pero también me dijo que seguían dentro de mí, igual que al principio, acurrucados en las esquinas o refugios más profundos de mi interior. He dialogado con ellos, y aunque tuve la tentación de no sentirlos míos, no fue así, comencé a amarlos. Antes no los había amado. Los solté como si fueran tumores que me hacían daño. Pero recordando ese final de Cervantes con la muerte enfrente, me di cuenta de que entre ellos y yo había nacido algo que ni la vida ni la muerte podrían destrozar.

Manuel Juliá
30 de junio de 2017, en mi buhardilla

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