30/10/2022

FINITUD

Llega la noche de difuntos, y como odio las efemérides, porque justifican una dejación, el uno de noviembre es el único día en el que no voy al cementerio. Tengo escritas mis razones en Qué bien se está a esta hora, con la ciudad vacía, de mi libro Cuarenta latidos (https://www.manueljulia.com/publicaciones/17/cuarenta/latidos). Ahí el lector podrá encontrar un texto distinto sobre la muerte en el que hablan los muertos y los vivos en una especie de Hades actual. Porque yo siento a mis muertos más allá de las fiestas y las lápidas. Viven en mi memoria. Como escribió Cicerón, la vida de los muertos está en la memoria de los vivos. Pues ellos, ahí, cada día son más jóvenes y siento que una lejana distancia se va acortando, quizá porque al estar más cerca de la muerte siento que también estoy más cerca de ellos. Como buen seguidor del trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson, envuelvo la enigmática finitud de la existencia en la acción misericordiosa del Gran Relojero. Así es, mi concepción de la muerte está tuneada por una esperanza divina y poética.

Como dice Sócrates, hay fundamento para esperar que la muerte sea un bien, porque una de dos: o quien muere queda reducido a la nada y entonces ni siente ni padece, o, como dicen, la muerte es un cambio de morada, un tránsito en el que el alma se traslada de este mundo a otro. La existencia del alma viaja por diversas culturas. En el Libro de los muertos es la guía para transitar de este mundo al otro. Luego Sócrates, Platón, Aristóteles, los hebreos, alejandrinos, Roma y sobre todo el cristianismo, fueron definiendo el alma. Para mí significa una profunda identidad, quizá alojada en la conciencia o en todo el cuerpo, que pretende dialogar con Dios, primero con palabras y luego con una sensación de estar unido y sentir un amor sin fisuras.

Desde esta percepción divina de la finitud, Amin Maalouf nos cuenta la muerte del gran poeta Omar Jayyán. Sucedió un día que estaba sentado en su habitación, con el Libro de la Curación de Avicena sobre sus rodillas abierto por el capítulo titulado El Uno y el Múltiple. Sintió un hondo dolor extendiéndose por todo el cuerpo. Colocó entre las hojas, para marcar la página, el mondadientes de oro, cerró el libro y luego llamó a los suyos para dictarles su testamento. Pronunció una oración que terminó con estas palabras: Dios mío, Tú sabes que he tratado de percibirte todo lo que he podido. ¡Perdóname si mi conocimiento de Ti ha sido mi único camino hacia Ti! Ahora será la nada o será la misericordia. Solo tú lo sabes. Ya no abrió más los ojos. Era el 4 de diciembre de 1131 y Omar Jayyán tenía ochenta y cuatro años. Había nacido al amanecer y murió en una noche en la que dijo sus ojos encontraron una luz a la que no sucedería la oscuridad.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/11/2022 a las 01:11h.