11/09/2022

POMPA Y CIRCUNSTANCIA

No soy republicano ni soy monárquico, no sé qué narices soy, aunque sí sé que a estas alturas entre las muchas cosas que me ha enseñado la experiencia una es a huir de los catálogos humanos. Cuesta muy poco encerrar la infinita complejidad de una persona en una frase, cuando no en una palabra. Y ahí, en esa estrechez, se diluye toda una inmensa complejidad de neuronas creando una mente y un carácter, además de las profundas realidades del abismo mental, que, como descubrió Freud, intervienen en la mente y en los comportamientos de una manera persistente. La evidencia que decía E.E. Cumming, que la identidad biológica del ser humano es tal que no hay dos iguales, desaparece cuando a uno lo encierran en una definición. Por eso no termino de verme una sola cosa, como por ejemplo republicano, socialista, monárquico, poeta, bueno, malvado... me reconozco en dosis que en algunos casos son amplias y en otros escasas. Eso sí, intento que la dosis sea escasa cuando impera algún tipo de realidad malvada o negativa. Quiero ser buena persona, como me aconsejó mi padre.

Lo que si me ocurre es que alucino, viendo los funerales de Isabel II y demás, con toda esa fanfarria que lleva la monarquía encima, y hago mío lo que escribió Ortega y Gasset en un artículo, "Delenda est Monarchia", refiriéndose a Alfonso XIII con el latinajo de Caton, quien se hizo célebre porque acababa todas sus intervenciones en el Senado romano con una coletilla que se convirtió en profética: "Por otro lado, creo que Cartago tendría que ser destruida (delenda est Carthago)". Pues cuando veo toda esa pompa, ese bosque de actos superfluos, el imperio de la absoluta vanidad creando un lujo desmesurado, todas esa ristra de rituales solemnes y rostros serios y compungidos, pues mi dosis de antimonarquía se eleva hasta el infinito, y pienso en tanto gasto, tanta escena sin fin para nada, para llenar unos días de artificiosidad absurda. La aristocracia, como tantas cosas, con el tiempo es lo contrario de lo que significa su palabra. Había de ser, en la antigua Grecia, una clase a la que la gran tradición y una minuciosa preparación hacían superiores a la avaricia egoísta y a la bajeza servil a las que estaban sujetos los demás.

De eso solo ha quedado una gestualidad superflua y mediática que llena las revistas del corazón y contagia a la palabra razón de telarañas. Apenas he visto un poco de esa marisma de loas y riquezas, es gastar vista para nada. Ahora bien, si según el marqués de la Ensenada, en 1756, teniendo Madrid treinta mil habitantes había cinco mil nobles, la monarquía española ha sabido soltar lastre y pretende ser popular y poco pomposa. Buen intento después de las cargas de demolición que puso el Emérito en la mismísima Zarzuela.

(Fotografía: semana.com)

Impreso desde www.manueljulia.com el día 01/10/2022 a las 22:10h.