24/03/2022

EL PARÁSITO GALÉS

LAS CUATRO ESQUINAS

CHUPASANGRE, DECEPCIÓN, DOLOR, ESTRELLAS

El parasitum Bale vino de los fríos y las lluvias de Britania. Se asentó en España, en el Real Madrid, donde, enmascarado, mostró primero diligencia y amor por el huésped, pero enseguida su naturaleza le llevó chupar la sangre sin aportar nada a cambio. Bueno, más que la sangre, chupó, y chupa, los euros del club. A diferencia de otros de su especie, como la pulga, el piojo o el chinche, el parasitum Bale no produce en su huésped picor o enfermedades, sino que después de succionar, le entra la risa y el cachondeo, mostrando un despacio jocoso por aquel de quien vive. Se ríe, aplaude, se tira por el suelo, canta, como una especie de ceremonia humillante, que, menos mal, tiene cadudad, como todas las desgracias.


DOMINGO NEGRO

Han pasado días, pero ese ácido en el pecho, ese amargor del gusto tarde en irse. La imagen de un extraño desfile de despedida vuela por la cabeza y un mural de sillas vacías se dibuja por el viento. Nadie esperaba en ese domingo frío, en el que se encogió la lluvia, que cuatro puñaladas fueran creando un silencio murmurante. Nadie entendió la flojedad de un equipo hasta entonces fuerte en defensa. En el campo, los goles se vieron como gestos fáciles de un enemigo superior. Podrían haber sido el doble, qué angustia. Ahora sólo queda esperar que la sombra de ese domingo negro no sea muy larga. Esperar que el olvido despierte otra esperanza y la Liga sea el bello sueño que se traga una pesadilla.


TERRIBLEMENTE HUMANO

Después de verlo tumbado en el suelo de la cancha, con esa cara de hondo sufrimiento, devorando la derrota en algún rincón dolido de su cerebro, ahogándose de deseo imposible, comenzaron a decir que Nadal era humano, terriblemente humano. Siempre lo ha sido y su emblema máximo es la dura batalla entre su deseo y su cuerpo, entre su voluntad y el crujido de los tejidos y los huesos. Contra Alcaraz exprimió su fuerza hasta casi el último gramo, y la final no la jugó contra Fritz, sino contra su peor enemigo, que ni siquiera es Djokovic o Federer, sino la lesión, su propio cuerpo. Es el enemigo contra el que Nadal ha cosechado más derrotas en su carrera. Pero aun así, es el mejor jugador de todos los tiempos.


LO MÁS GRANDE

Cuando vimos aquello, en el 92, descubrimos otra percepción de la velocidad y el tiempo. Y de la belleza y el vacío. Entonces pocos veíamos la NBA, pero eran tipos conocidos como estrellas del rock. El primer salto de Jordan nos demostró que era posible abrazar el aire. El primer tiro de Larry Bird mostró la estética del imán, fuese cual fuese el vuelo la pelota caería dentro del aro. La primera entrada a canasta de Clyde Drexler anuló una parte de nuestra retina, parecía que estaba solo. El primer pase de Magic Johnson burló la materia. El primer mate de Patrick Ewing arrolló la luz. Nunca he vuelto a ver un equipo tan grande. Gracias a Movistar, a la serie Dream Team, el tiempo regresa con su mejor parábola.


Twitter: @ManuelMjulia

Impreso desde www.manueljulia.com el día 08/08/2022 a las 00:08h.