20/03/2022

EL SOLDADO Y LA VIDA

Sentí el viento devorando la cumbre y pensé en los millones de años que había estado ahí arrancando motas de polvo en las piedras hasta redondearlas. Desde allí la lejanía era un lago que amanecía como pórtico de un valle que indicaba las primeras luces misteriosas de Suiza. Jamás en mi vida había estado entre tanta naturaleza. En el cielo gris había bandadas serenas de pájaros que iban hacia el mar. El agua del lago lucía como un espejo de plata. El verdor de las montañas se iba espesando hasta llegar al valle. Me sentí un hijo de todo aquello que me rodeaba y pensé que quizá mi vista y mi inteligencia, intentando entender la realidad de esa belleza, podría ser la cumbre evolutiva de la existencia. Me permití esa soberbia humana porque sentí que algo genético me obligaba a percibirlo. En el viaje a Suiza había leído el libro de Rosa Montero La ridícula idea de no volver a verte, una personal biografía sobre Madame Curie, quién propuso que en todos los sistemas educativos debería estar contemplada la enseñanza de la naturaleza y las clases al aire libre. No se refería a la biología ni a la geografía, sino a percibirla en su ser, a entender y amar esa combinación de átomos que genera ese inmenso escenario en el que nace la vida.

Recuerdo a Fernando Fernán Gómez, en La lengua de las mariposas, del imaginativo José Luis Cuerda, con quien disfruté de largas conversaciones telefónicas, dando su clase en la ribera de un río, entre los árboles, hablando a sus alumnos del germen de la vida mientras sentían el viento mojado refrescar sus mejillas. Estas reflexiones me nacieron recordando un día que visité Suiza y subí a la montaña Mälinnchen, y mientras subía un camino apresado por el verdor, sentí que si ese amor a la naturaleza, a la vida en su forma primigenia y original que me invadía, se inyectara en el sentimiento desde la educación infantil, quizá un soldado no podría entender por qué debe lanzar un misil para quemar un bosque o destrozar una cañada o convertir en escombros una ciudad.

El amor a la naturaleza es el amor a la vida, puesto que no solo es nuestra cuna, sino también nuestra razón de ser. Si somos capaces de imbuir a los más jóvenes ese amor, consiguiendo que lo sientan de manera práctica, que lo entiendan y practiquen, quizá a los Putin de turno les sería más difícil montar su gran mentira sobre la guerra. El sentimiento de la naturaleza, su pulso, dentro de nuestro pulso, es el amor más primigenio, y más o menos desarrollado lo tenemos todos, también el pueblo ruso. Si fuera posible llegar a traspasar esa muralla de desinformación que el Kremlin ha creado, y enseñarles el atentado contra la naturaleza y la vida que realiza su loco dirigente, podría haber una solución. Quizá esa sea la única solución, vencer a Putin desde dentro.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 08/08/2022 a las 00:08h.