18/07/2021

FIESTA EN EL MAR

Hay una bahía y unas montañas marrones. El contraste del marrón con lo azul se pierde en la neblina. El sol es limpio y bello. Una enorme grúa de la construcción desdice algo la voracidad de la crisis. En algún lugar hay alguien que cree en el futuro. El viento apenas mueve el verde rancio de los árboles y el mar parece preparado más para patinar que para meterse dentro. La mañana llega lenta. Unas señoras hablan sentadas en un banco del paseo mientras su acompañante está enfrascado en el periódico. Lo sostiene con las dos manos. Mueve la cabeza, sus ojos vuelan por las noticias, cuando para intuyo que devora lo que le interesa, porque la avidez asoma a su rostro y la cabeza se queda quieta.

En la plaza huele a ginebra y sombra. Es temprano, aunque la mañana comienza a imponerse. Pequeños grupos de chavales que cantan borrachos están preparando la partida, según dice uno, para irse a una cala en la que podrán bañarse desnudos. El tipo que lee el periódico levanta su rostro y los mira. Por un momento me da la sensación de que va a levantarse y a decirles algo, pero una de las mujeres le agarra del brazo, y con mirada autoritaria le dice que se esté quieto. Hay un policía alrededor que pasa de todo y ella se lo señala. El viejo pliega el periódico y veo que en la portada se martiriza al gobierno por la sentencia del constitucional.

Los chavales gritan, abrazados, consignas relacionadas con la manera de entender su libertad. "¡Gobierno cabrón, alarma al paredón!", dice uno. "¡Somos los amos de la noche!", dice otro. Un ¡viva! brioso se apodera del paseo. Todos se van poco a poco y el viejo le dice a las mujeres que esos chavales son la quinta ola. Hay una peli que se llama así sobre extraterrestres que han invadido la tierra. En cuatro oleadas han destruido casi a los humanos. En la quinta ola, abducen a seres humanos para que finalicen el exterminio. Por esa referencia, esto de llamarlo quinta ola no me gusta mucho. Una cosa es no perderle el respeto, y otra ser apocalíptico. Pero bien que se pierde el respeto al cruel enemigo.

Hay una bahía donde los rascacielos destrozan la belleza del mar. Donde los gritos nocturnos se quedan al amanecer pegados como grasa sucia de cubata en las aceras. Donde una mal entendida libertad arrasa la prudencia. Donde el exceso de alcohol y drogas nubla miradas y besos. En esa bahía, como en otros muchos lugares, la noche no tiene otro dueño que los que la habitan en las calles. No quieren saber que la batalla aún no se ha ganado, que todos los que esperan la victoria final, para volver a sus vidas, trabajos y negocios, serán los que pagarán los destrozos de la fiesta.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 02/08/2021 a las 11:08h.