04/04/2021

JUNTOS

Mientras el cielo nublado nos despierta una extraña hambre de memoria, conversamos en el parque, donde el verdor acoge un instante de sol abriendo sus manos. Queremos entender, en primer lugar, si ya es posible una mínima alegría, porque la vieja percepción de angustia y zozobra poco a poco se pierde en un hálito de esperanza que aún no es inmenso por la pesarosa lentitud de las vacunas. Quizá ya podemos soltarnos algunas de las cadenas que nos atan esas neuronas que dicen hay en el pecho, las que nos producen un encogimiento estomacal cuando algo nos abruma. Él es un rabioso optimista y dice que hay que soltar amarras ya y navegar por la esperanza, pero yo siempre más cauto, creo que solo hay que soltar una pinza de esas muchas que hieren el corazón. Echar las campanas al vuelo costará vidas, pero no hacer sonar al menos una campana tampoco es justo, necesitamos creer que detrás del horizonte que nos muestra este camino hay un fin. Son dos percepciones distintas, aunque no contradictorias, pero sí que muestran como toda esta oscuridad vírica no solo acosa y a veces destroza el cuerpo, sino que también es como un punzón persistente tallando dolor en los sentimientos.

Vamos a salir distintos de este túnel me dice él mientras en el mediodía el sol ya es el rey del cielo. Al sentir su suave fuego descubro el enorme deseo que tengo de sentirme ya en un día del futuro, aquel en el que podré decir que la pesadilla angustiosa se va diluyendo por la memoria como la sal en el mar, como la herida en la cicatriz. La verdad no es ni lo que pienso yo ni lo que piensas tú, me dice él de manera machadiana, la verdad está en que, aunque vamos con una mascarilla seguimos hablando, seguimos paseando cada cierto tiempo, nos expresamos, nos escuchamos, sentimos que juntos somos mucho más.

Si el virus no ha derrotado esta necesidad ancestral humana de ser juntos, y volveremos a llenar los parques, los cines, las plazas, es que habremos ganado por muy dura que haya sido la batalla, me dice. Me recuerda ese viaje con mis padres a ver el mar que cuento al principio de El sueño de la vida, cuando ya frente a él observo que no puedo abarcarlo con mis ojos, y entonces le pido a mi familia que lo miremos juntos, abrazados, para contenerlo en una mirada común. Esa necesidad, que creo ahora sentimos más, de hacer juntos cosas, y cómo hemos aprendido a conocernos en la soledad por dentro, es lo que me hace tener esperanza, me dice. Para alimentar su ser machadiano reconoce que llevo razón cuando digo que hay que ser cautos. Coincidimos en mantener una cautela sigilosa y por supuesto en que la esperanza ya asoma por la esquina.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 21/04/2021 a las 23:04h.