07/02/2021

UNA ESCALERA AL VIENTO

Siempre recordaré a Gracián. Me ayudó a forjar mi ser y mi destino. Dio alas a mis sueños. Llenó mi soledad con nombres en blanco y negro que me descubrieron otro mundo exterior y equilibraron la confusa armonía del interior. Recuerdo bien su rostro porque ha navegado en mi mente durante décadas, y ha representado con mi padre el semblante de la bondad. Cara quijotesca, huraña en frondosidades. Calvicie hermosa, catedralicia. Labios delgados. Ojos grandes muy negros. Con sus gafas de cerca y su barba lanosa dudabas si representaba más la esfinge de un papá Noel o de un sabio despistado. La sonrisa era pícara y el corazón muy grande. Se sentaba en una banqueta en la puerta de la librería y ponía un ojo en la calle y otro en los anaqueles. Se sabía los mejores lanzamientos y era experto en poesía extranjera. Ibas a dar una vuelta y siempre terminabas charlando un buen rato con él de surrealismo, o de T.S. Eliot, lo más grande.

Si te gustaba leer ir a su librería era un gozo insuperable. Estudiaba tu ser y tus gustos y por eso sabía siempre qué recomendarte. Un día me vio con un libro del poeta Salinas en las manos y se me acercó, escrutó mi rostro y me dijo que con esa cara lánguida y esa apetencia por la soledad tenía que leer a Proust traducido por Salinas. Me puso en la mano el ejemplar Por el camino de Swann, de En busca del tiempo perdido. Me dijo que si lo leía en tres días me regalaría el siguiente tomo A la sombra de las muchachas en flor. Me señaló el lugar en el que estaban los sietes tomos y comentó que me los iría regalando si cumplía el mismo plazo con cada uno de ellos.

Nada más llegar a mi habitación me puse a leer olvidando el mundo. Jamás había sentido aquel gozo de las palabras, aquella melancolía que me devoraba el alma. Leí todas las horas que pude y cuando se me caían los párpados, agotados por el sueño, me iba a las sábanas con una rabia enorme. Cumplí los plazos y Gracián me regaló toda la obra. Fue una buena inversión porque en cuanto tenía algo de dinero me iba a su librería y regresaba lleno de libros. Entre ellos siempre estaban los aconsejados por Gracián. Gracias a él soy quién soy, por él tengo en mi alma el gozo de saber más, de entender ese mensaje profundo de dios con la vida que solo puede desvelar la literatura.

Sirva este artículo como un sentido homenaje a los libreros de ahora y de siempre. Son mucho más que un algoritmo. Son imprescindibles, como el resto del pequeño comercio, para que el contacto humano, la sonrisa y el sabio consejo nos hagan más llevadera la vida y más gozoso el tiempo que la envuelve.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2021 a las 17:02h.