01/11/2020

LOS MUERTOS

Mis muertos andan por mi corazón. Allí se visten y se desvisten, se lavan el cuerpo, se echan colonia para mantener vivo el aliento de mi vida. Dentro de mí hay un país en el que viven todos los que me amaron y ya no están conmigo. Juntos podríamos formar una maravillosa asamblea de amor en la nada, un canto de vida en el vacío que se enfrenta al dolor de la eternidad. Si alguna vez me olvido de su ausencia reclaman vida en mi memoria. Cuando converso con ellos me dicen que están felices en su nuevo país, porque las sombras dolorosas de la vida se han perdido y solo quedan hermosos recuerdos. Mi madre, por ejemplo, aún sigue dándome aquel beso que me dio cuando era niño en el paseo de mi pueblo. Estábamos sentados en un banco negro de hierro y desde la Concha de la música venía el sonido de El lago de los cisnes de Tchaikovsky, tocado por una banda de música que había venido de otro pueblo más grande. La música era tan bella que en ese momento en que la orquesta subió más alto que las nubes, se le encendió el sentimiento, y me dio un inesperado beso que se diluyó por mi alma como un azucarillo en el agua. Mi madre vive siempre dentro de mí con sus labios en mi rostro. Aquel fue un beso que no podrá morir mientras su pulso oscuro suene en mi conciencia. Gracias a aquel beso su ternura se expande por mi memoria como un amanecer sobre los tejados.

Nunca voy al cementerio el uno de noviembre, el festín de las flores, este año ahogado por el virus. No voy porque no puedo entristecerme como quiero en el bullicio. Por eso a mis muertos les pongo flores en mi mente para que nunca me olviden. No quiero que en ese país profundo en el que se hunden poco a poco no se lleven mi sonrisa, mi mirada, mi caricia huérfana, porque lo peor de la muerte es que deja el amor sin contacto físico, se queda como un aire que te envuelve. Por eso me gusta mucho escribir de ellos. Como dice Manuel Vilas si no escribes de tus muertos se mueren más, si no les avivas la ceniza la brasa profunda que queda se apaga y la ceniza se la lleva el viento. El periodista Amin Maalouf escribe sobre Omar Jayam y dice cosas hermosas sobre la muerte, como que después del final solo puede esperarnos la nada o la misericordia. Cada uno que crea lo que quiera. Las dos circunstancias son agradables. Una porque quien no siente no padece y otra porque la misericordia de Dios debe ser algo muy placentero.

Mis muertos viven en mí. Yo soy su universo y en él están felices. Siempre me acompañan y sufren si me pasa algo malo y sonríen si algo bueno. Lo sé, no me pregunten porqué, solo sé que lo sé. Además, cuanto más mayor soy y más cerca está mi partida más fuertes son en mi memoria, más presentes, como si su lejanía fuese un camino con un final al que me acerco para encontrarlos. Es como si fuese verdad aquella canción del poeta Adonis en la que dice que tenemos una patria que la muerte conoce.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/11/2020 a las 13:11h.