29/12/2019

EL RELOJ DE ARENA

A veces me bulle una frase en la cabeza y me pregunto si la he creado yo o la he leído. Olvido enseguida los libros. Me pasa también con las películas. De todo lo que leemos, o vemos en el cine, la mayor parte se vierte en el cajón del olvido. Solo unos pocos libros, o unas pocas películas, tienen el honor de navegar con nosotros por el mar de la memoria. Por eso no sé si esta frase, "puedo entender por qué los niños adoran la arena", que relaciono con la infancia, es mía, o la he leído. En fin, da igual. Me quedo con la hermosa sensación de sentir que aquel tiempo que desapareció haya aparecido en esta edad engrandeciéndose poco a poco. Momentos de felicidad o de dolor, de paz o de zozobra, de bullicio o de silencio vuelven, es como si el tiempo que va entre la juventud y la madurez se hubiese escondido en el disco duro de la mente.

Como digo mi mente no es capaz de saber si leí la frase en algún libro, o la formé con retazos de la memoria, sombras del conocimiento. Quizá la he sacado de ese empeño inmenso literario de Rodrigo Fresán, esa trilogía cósmica que envuelve un universo de letras sobre la invención, el sueño y el recuerdo. En esa obra la infancia abre el umbral de las estrellas. Un niño juega en la playa y mira al mar intentado ver escenas de su vida futura. Quizá la he leído en el "Cuaderno Azul" de Jiri Orten, un Rimbaud checo que murió con 22 años atropellado por una ambulancia nazi después de no haber sido admitido en ningún hospital por ser judío.

No lo sé, solo sé que entiendo que los niños adoren la arena, y que es hermoso ahora, mirando el invierno, pensar en el mar y en la arena, y en cualquier día de tantos como recuerdo construyendo castillos en la playa, sentado en la arena mientras mi madre me vigilaba porque aquel día el mar estaba furioso. No sé cuántos años tenía. Sí sé que ya pensaba en que la realidad de la vida estaba en aquella almena tirada por las olas. Ya sentía que la vida consiste en crear y morir, así una y otra vez, y que la felicidad puede ser tan solo ese tiempo en el que miraba el castillo quieto bajo el sol, cerca de una espuma que respetaba su grandeza. Es hermoso pensar en la infancia. No lo digo porque cada día me sienta más cerca de lo más lejano, lo digo porque creo que la peor muerte que existe es la del que destroza todas las venas del niño que fue. Ese niño está siempre adentro, y aparece más o menos según la época. Quien lo mata ha destrozado la parte más honda de sí mismo.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 18/01/2020 a las 15:01h.