17/11/2019

ARDE LA NIEBLA

Crecí en la niebla, esa de Puertollano llena de gases tóxicos, excrementos de la química y el petróleo, niebla con hebras de ceniza de las lumbres. Crecí en el frío de uno de los inviernos más crueles que conozco, y eso que una vez estuve en Finlandia a 25 grados bajo cero. En Puertollano el invierno se hace carne con la niebla, una mano blanca que viene del norte cruzando cañadas y llanuras, bosques de encinas o alcornoques que en la aridez recuerdan una vieja riqueza. En las mañanas de niebla subíamos hacia el colegio y masticábamos la carbonilla. El aire mojado penetraba la frontera del abrigo, horadaba la piel con sus dientes congelados, punzaba los huesos. Mis pulmones se hicieron a la vida en guerra con el viento de la montaña, que bajaba devorando los rastrojos y las peñas, dejando como mensaje de su paso un musgo verde oscuro que sabía a tinta helada. Las gentes de Puertollano somos héroes de la contaminación, estamos hechos con el aliento de una refinería creada donde los vientos dominantes viajan hacia el gran barranco, un pequeño vergel entre dos montañas en el que se asienta el pueblo.

Cuando veo esa niebla espesa de la gran ciudad (en Madrid, desde el sur, es como un manto sucio, gris telaraña, una boina gigantesca cubriendo almenas de ladrillo) y aspiro hondo, siento que una tela fina se rompe en mis bronquios, y que un tapón adentro no deja que el aire pase a lo más profundo de mí. Cuando veo un bosque de chimeneas metálicas, soplando un denso humo que devora el azul, recuerdo aquella tos que tenía recién levantado, un golpe seco del pecho para limpiarse del sulfuro del viento. Cuando leí "La niebla", de Stephen King, ese inquietante soñador de pesadillas, y luego vi la película, percibí en mi piel el arañazo de aquellos monstruos que dentro de mí sentía detrás de las esquinas, en la lejanía, en la penumbra de los candiles de las calles estrechas.

Aquella niebla contra la que luchaban mis pulmones no era una niebla natural, no era el vapor limpio de los ríos asentándose en la falda de la montaña. Era una niebla creada por manos humanas, la sentencia del fuego de una sociedad de consumo consumiendo el ozono de la estratosfera, creando una inestabilidad térmica que cada año da más pruebas de su poder destructivo. Se calienta el cielo y el mar, se extiende el desierto por la tierra, hasta Venecia se hunde en la soledad de las aguas. No sé qué más hace falta para que de una vez se luche de manera global contra el cambio climático. No sé qué más debe pasar para que no se vea como una batalla entre progres y conservadores, para que nadie dude de que es algo que afecta a todos, desde el primero al último ser de esta tierra herida.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2019 a las 09:12h.