03/11/2019

CENTENO Y OLVIDO

La tierra marrón y grisácea. La tierra bella en el vaho del otoño, malherida. Un silencio rojo, amarillo, dorado, verde de hambre entre las viñas que han aprendido a ofrecer su vida entre la aridez y la muerte. La tierra seca, prensada, polvorienta. Castilla, hambre de ser todavía cuando la historia pesa como dos cañonazos de fuego y de sangre. La tierra meditabunda cuando el otoño despierta sus colores profundos, cuando despliega el descanso de la vendimia, cuando devuelve cierto brillo a los yerbajos que parecían esfinges de la nada en el verano. Castilla rota entre los álamos. El vacío entre las tierras pardas que abre el umbral de llanuras por las que solo pasa un automóvil cada media hora. En el silencio, desde lejos, se oye un rugido. Las ruedas del tiempo se despiertan. Adónde irá ese viajante solitario, o ese habitante de la desnudez herida, o ese hijo del centeno y el olvido. Quizá vaya a escuchar lo que hablan sus olivos.

El viento viene del norte y mueve los cipreses que guardan la entrada a la bodega. Esa imagen es como un pespunte de belleza que me recuerda a la Toscana. El viento mueve los álamos lejanos. Los álamos, esos habitantes nerviosos y soberbios, siempre se ven lejanos. Seres felices de la umbría beben el agua del río y a veces se convierten en sauces románticos. Pocas veces en esta tierra tan seca se han llenado de miradas los juncos y los fresnos. El viajero que rompe el silencio de la llanura se pierde. Castilla se queda sola, mirándose a sí misma. Cuatro buitres y dos águilas que salen y entran de las nubes la observan desde su lentitud. Vuelan dando enormes giros sin apenas mover las alas. Se deslizan con una serenidad que convierte su vuelo en majestuoso.

La tierra cansada y silenciosa de Castilla, qué hace. El otoño cae reforzando la soledad. Es bello en lo espiritual, y duro en lo material. Al lado de mi camino hay un lugar sin gente. Cinco familias. El siguiente pueblo, a cuarenta kilómetros, está vacío, o vaciado, que es más expresivo. Castilla se abre el pecho ante España, y le dice: "Esto soy". Fui tu corazón pero entregué mi sangre y ahora solo tengo venas secas. Fui el alma de un sueño que derrotó la soledad, pero ahora solo me envuelve la soledad. Entregué a mis hijos a España para que murieran en la guerra, pero cuando la ganamos me quedé sola y sin hijos. Un ejército de ancianos y mujeres mirando el viento. Castilla es el imperio de la soledad. España, no olvides quién quebró su pecho por ti.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 21/11/2019 a las 02:11h.