22/06/2019

PRIMER AMOR

Salta el verano sobre las sombras del fuego oscuro de la noche de San Juan, se amarra a una luz de recuerdos que bostezan dentro de la caverna del olvido. Conocí el amor en un estío de mariposa, durante la siesta en una vieja casa de muros densos, grandes, que ahogaron con sus brazos de cemento los gemidos adolescentes. El frescor del mármol frío, la penumbra triste de los visillos, el alma del tiempo rezumando juventud y alegría me rodeaban. También unos muslos abandonando una falda, y unos brazos blancos, delgados, como dos velas móviles viajando por el aire denso hacia mí. En la casa solo estábamos la siesta, ella y yo. En la casa solo había un silencio mortal que se volvió inmortal cuando mis labios rozaron los suyos. Entonces se abrió el umbral de un placer desconocido, se hizo real un gozo que hasta entonces solo había asomado como hilo de gusto en los placeres de la masturbación o la observación libidinosa.

Fue un beso en las sombras. Fue una caricia en la esquina del abandono. El descubrimiento de un lugar desconocido que existe dentro y fuera. Otro mundo lleno de la belleza más gratuita y hermosa que existe para todos. Y pobre de aquel que jamás la haya conocido. Recuerdo su rostro blanco envolviendo unos ojos ámbar de ingenua redondez, y el pulcro pespunte de sus pezones brillando con la luz de una vela que había encendido cuando, merced a mi vergüenza, cerré del todo las cortinas. Recuerdo su rostro sonriendo con una ternura infinita. Se iba acercando y veía con que limpieza brillaban sus pupilas, con qué serenidad avanzaba su mirada. Enseguida sus labios se fueron perdiendo de mi vista hasta llegar a los míos. Me besó y un viento helado recorrió mi corazón, una brisa de luz llenó mi piel de un escalofrío que desde fuera viajaba hacia dentro, desde la percepción de los poros viajaba hasta la lluvia de inmortalidad que habita las entrañas.

Cerré los ojos porque así sería más difícil que aquel momento se escapara. Sentí incluso que no nos atraparía el tiempo. Afuera el mar sonaba como el único pulso de la vida, esa vida que no deseaba viniera para poder quedarme para siempre en aquel sentimiento. Ella quiso que fuese un animal esclavo de su dulzura, y a su dulzura me entregué, nota de música vencida por la armonía, corazón enjaulado en una jaula de deseos posibles. Desnudos en la penumbra huimos de la realidad, buscamos un sueño desde el que poder soñar la vida como un recuerdo extraño. El verano quemaba las sombras y las luces poco a poco, pero nosotros, en aquel refugio fresco de la belleza, descubrimos el secreto de la vida. Nos amamos como si fuésemos los únicos seres que había en el mundo. Pero después de amarnos salimos a la calle, y afuera la vida nos esperaba con un puñal presto a comenzar su melodía de heridas.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/09/2019 a las 09:09h.