08/06/2019

ESPEJISMOS DE LA MEMORIA

Llevo unos días enganchado al poeta Tranströmer, el Nobel sueco. Me empujó a ello La vida a ratos de Juan José Millás. Y por esa senda disfruto de metáforas que tienen el aire de los bosques nórdicos. El poeta mira la vida con ojos de misterio, descompone la realidad para crearla con otro sentido más fascinante. "Fantástico sentir como el poema crece mientras voy disminuyendo" dice en un poema. Ese es el gran éxito del escritor, conseguir que su obra sea más importante que él mismo, como hizo Cervantes con el Quijote. Me levanto deseando leer a Tranströmer y me acuesto con sus versos. Es el gozo de leer. Creer que hay algo maravilloso esperándote en un libro.

Antes estuve enganchado a Manuel Vilas. Fueron sogas férreas para mis ojos sus textos de Ordesa. El lenguaje intenso y universal de Vilas aspira el vapor de Walt Whitman. Reconoce la vida con ojos de poeta. En su obra hay otra verdad de la existencia que, aunque tenga la grandeza de lo escrito, se convierte en cotidiana y cercana. Conocía al Vilas poeta por sus libros en Visor. Me gusta cómo se abre el corazón en la calle, o se dispara con palabras en la sien para decir al mundo que hay algo más en esa apariencia de las cosas, algo más en ese escenario en el que la obra de la vida sucede según el argumento del tiempo. Desde "Ordesa" hice con Vilas lo que hago cuando me gusta un autor. Lo desplumo. Lo rastreo. Paso una temporada en su infierno o en su cielo. Me leí todo y absorbí, como un alumno caníbal, sus estrategias literarias llenas de emoción, belleza y desparpajo, sobre todo la de convertirse en el narrador irreverente de sus sentimientos.

Antes de Vilas leí a Luis Landero. Ya lo había desplumado antes. Así que fui a por su última novela, "Lluvia fina", que compré en la estación del AVE de Madrid, lugar en el que conviven obras maestras con "best-seller" inmundos que nacen, viven, se reproducen y mueren como conejos. Esta novela me parece una de las mejores de Landero. Está escrita con la economía del escritor maduro y la maestría del genio narrativo. Los personajes, atados a los "espejismos de la memoria", son incapaces de vivir mirando hacia delante, se cuecen en las sombras del pasado. Landero nos demuestra que somos hijos de la fabulación de la memoria, el resultado de una historia que contamos o nos cuentan. La relación entre memoria y olvido es la que nutre nuestra mente de realidad, porque ésta es una mezcla entre lo que recordamos, inventamos y sentimos. Lo escribe Landero: "…lo que el olvido destruye, a veces la memoria lo va reconstruyendo y acrecentando con noticias aportadas por la imaginación y la nostalgia, de modo que entonces se da la paradoja de que, cuanto mayor es el olvido, más rico y detallado es también el recuerdo".

Impreso desde www.manueljulia.com el día 24/06/2019 a las 21:06h.