01/06/2019

OSCURO ESPÍRITU DE LA SOLEDAD

Tarde de estrellas humildes sobre la ciudad. Silencio sobre los tejados cuando la noche devuelve la soledad al viento. Ruido de la plaza y de la arena mientras los niños, con sus sonrisas puras, nos dicen que el tiempo no espera a nadie. Hay una soledad hermosa en ese vacío del atardecer. Solo hay que mirarse adentro y encontrar una multitud de palabras. Y hay otra soledad malvada que está en los ojos de aquel mendigo que mira al suelo. Una soledad miserable en los ojos de aquel anciano que se sienta en el banco y repasa una arruga de la chaqueta. Otra soledad cruel en el inmigrante que vende pañuelos tirados en el suelo que nadie compra. No sé cómo se 'puede vivir de un negocio que no vende nada. Desde lejos las canciones de un bar vuelven la tarde feliz. Baila la sombra de un árbol donde una pareja vive su soledad enlazados. Se cierra el banco. Se cierran los comercios. Se cierra el tumultuoso rugido del supermercado. Madres con niños y paquetes de compra. La penumbra aparece por la copa de los árboles y el giro de la tierra es más silencioso. Incluso el hosco ruido de la avenida, lleno del tránsito de los autos, con las primeras gotas de oscuridad, parece desertar. El ruido de los coches cae vencido por el ruido de las hojas. El viento es más sereno. El viento se viste de fiesta azul. Los neones se encienden.

Ahora estamos solos. La noche y yo. Ahora puedo preguntar a la noche por mis dudas. Por qué siento que en la soledad hay un ser capaz de responder a mis preguntas. Paseo por el parque. Cruzo el olvido de las palabras del día. Observo a las farolas como centinelas inmensos de la noche. Paseo con el hombre que siempre va conmigo. Alguien que habita mi cuerpo y en la soledad emerge para mostrarme otro ser que soy yo mismo. Quien habla solo espera hablar con Dios un día. Ya es tan tarde que las calles se niegan a parecer avenidas de la vida. La noche casi de verano refulge en los escaparates solitarios como un recuerdo. La soledad y la oscuridad. El silencio. El íntimo pulso del aire pasando de balcón a balcón, de esquina a esquina, de semáforo a semáforo. Voy paseando solo por la noche profunda de una ciudad dormida y recuerdo a Thomas Mann. "Muerte en Venecia", una de las más bellas, oscuras y nostálgicas novelas que jamás se haya escrito. Esa nostalgia de no se sabe qué, como una palabra de lo oscuro (San Juan de la Cruz) llena de vida el silencio. Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son a la vez más borrosas y penetrantes que las del hombre sociable, y sus pensamientos más graves, extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Soledad. Tristeza. Silencio. Sabiduría del alma. La soledad que no es un castigo de la vida, es la verdadera luz de la existencia, decía Séneca.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 24/06/2019 a las 21:06h.