13/04/2019

TARDE DE SÁBADO

Tarde llena de mensajes. Solo hay que abrir los ojos y mirar. Mirar sin más deseo que el de sentir el pulso profundo de las cosas. Niños jugando en la yerba del parque. Los abetos, como ancianos desnutridos, envidian esa juventud radiante. Si pudieran se levantarían y se irían con ellos a correr por los jardines. Vendedores de pañuelos, bolsos, camisas y cedés. Echan una manta al suelo con sus esquinas enlazadas a una soga. Si viene la policía desaparecerán como gamos por los setos. Apenas venden nada y me pregunto cómo pueden vivir. Dejan su muestrario en el suelo y se reúnen al lado de una fuente a conversar y reír. Siempre hay uno que lleva la voz cantante. Seguro que es el que aquí llegó primero. Les prometió una abundancia ausente, pero al cabo mejor que la nada que dejaron. Sale mucha gente de la iglesia. Un leve murmullo rompe la paz de los pájaros. Huele a jabón y colonia. Lucen plateados los rostros y las camisas con el alto sol de la tarde. Una campana rotunda y fría avisa de que es un entierro. Cuesta pensar en la muerte cuando alrededor todo estalla de vida.

En el quiosco los periódicos esperan compradores cada vez más escasos. Hacia ellos llegan sobre todo niños deseosos de golosinas. En el profundo jardín, donde la fuente, seca todavía, habla de la memoria, han puesto unas mesas velador que a esta hora están llenas. Un rico muestrario de la ciudad consume pasteles y chocolate, café con leche y horchata, algunas cervezas tardías y helados de briosos colores que atraen la luz con pericia. Al fondo un anciano lee el periódico ausente de su tumultuosa familia, embebido en las trifulcas partidarias, pues lleva un buen rato sumido en las páginas electorales. Jóvenes parejas de novios trasiegan arriba y abajo por el paseo, enlazados como antes algunos, otros ausentes, como cumpliendo un oficio rutinario. Varios grupos de jóvenes rodeando algunos bancos ríen a carcajadas, retozan, se gritan. Otros gesticulan mientras plasman su mirada en el móvil. Apenas parpadean y lo atenazan con una adoración sublime.

Por la carretera que rodea el parque avanza una caravana electoral. Anuncia el primer mitin de la campaña. Algunos de los que están sentados en el velador sonríen y alguien dice en voz alta que hace ya tiempo que ocurrió el primero. La caravana aparca en la entrada del parque. La reciben los niños esperando globos y pasquines, caramelos y bolígrafos. Cuando recogen su botín se alejan. La gente apenas repara en la tropa electoral que avanza. Cuando suenan las cuñas elevan la voz para seguir en sus cosas. Los pájaros, curiosos, se acercan con vuelos rasantes atrevidos. La caravana se va y el parque vuelve a su rutina. Los abetos se duermen entre el ruido de los niños y el murmullo de los paseantes.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 24/06/2019 a las 22:06h.