24/02/2019

ATARDECER EN LA LLANURA

El fatigado suspiro del atardecer se pone enfrente de mi ventanal. En la buhardilla donde trabajo, y encuentro el país más íntimo de mis días, el ventanal es enorme y se ve el horizonte en la lejanía como un espectáculo inigualable. Ninguna representación humana sería capaz de competir con esa belleza. Sólo el mar puede mirar de tú a tú a la llanura. Al cabo ambos son una extensión en la que los ojos se pierden, como se pierden al mirar el cielo, en la más interminable lejanía. En el mar las aguas, desbocadas o mansas, crean un pulso que se mueve con el viento, se mecen al compás de la bruma o el silencio o la revuelta de espumas que el temporal enciende. En la llanura son a veces las espigas, moviéndose como olas puntiagudas, o como una alfombra lenta que va acogiendo los dedos acariciantes de la brisa. Otras la llanura, sobre todo desde este ventanal que miro, se llena con la copa de los árboles y el revoltijo de tejados y antenas que muestran el voraz urbanismo de la época. Pero ambos parece que se abren cuando el atardecer se decide a romper la blancura de las nubes, dejando en sus tejidos la sangre del alma de la soledad, o sobre el cielo limpio, lleno del azul intenso que se diluye, el atardecer pone su cortina roja, un telón que al abrirse mostrará la oscuridad de la noche.

El amanecer es hermoso, por supuesto. Yo lo veo desde mi retiro en un ventanal que hay enfrente de mi buhardilla. Pues está orientada al oeste. Pero no logró encontrar el mismo enigma, la misma sinceridad del espacio que en el atardecer. Si yo fuese Dios habría dejado mi sello en ese momento en el que huye la luz para abrir paso a las heridas profundas de la noche. Habría dejado en ese instante el sello más monumental de mi designio. Entre el ser y el no ser, entre la luz y la oscuridad, hay un puente en el que estalla la vida de belleza. Un puente en el que el cielo se pone su mejor vestido para mostrárnoslo, y para que cuando creamos que podemos atraparlo dejarlo caer detrás del horizonte para que surjan los destellos de la noche.

Por el ventanal, ahora, las escasas nubes del horizonte, dispersas, abren sus poros y por ellos caen como por una cascada los rayos rojos profundos del atardecer. Estarán poco tiempo. Así que los miro con ansia. Dejo que su belleza me embriague, y de ninguna manera deseo hacer ninguna fotografía que pudiera dispersar mi voraz atención. Sobre la cima de los pinos, cipreses puntiagudos, abetos densos, prunos helados, el sol marca un brillo de otro mundo. Un espejo diáfano parece nacer en la vegetación. Las chimeneas son un ejército inmóvil mirando lejos. Las antenas ponen a lucir sus chapas como linternas que se preparan para la noche. En esta llanura el atardecer es un regalo divino. Mirarlo, solo mirarlo, es recibir un mensaje que dice esto es la belleza, mira y siente.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 19/03/2019 a las 18:03h.