03/02/2019

AJENO AL TIEMPO

Tengo que bucear en viejas fotos, realizadas cuando aún era un chaval, cuerpo espigado, mirada limpia, vaqueros roídos, cabello largo, sombra de poeta gris, para entender porqué dentro de mí, transcurridos tantos años, el tiempo solo es una sustancia que se agarra a las fibras y las va destrozando. El tiempo es un garfio que atrapa la materia, y le introduce un veneno que envejece sus átomos para que sepamos que existe la muerte. Sé que cada año mis pulmones, mi corazón, mi cabello, mis músculos van avanzando por el pasillo de la vida que conduce al polvo. Polvo eres y en polvo te convertirás, dice el Génesis. Pero polvo enamorado, decía Quevedo sintiendo que en el diálogo entre el amor y la muerte quizá la inteligencia suprema del universo, conmovida, dé sentido a ese polvo. Pero más allá de la ruina de la materia, a la que de manera inevitable nos enfrentamos, porque vivir es desaparecer, algo dentro de mí se aleja del tiempo, enclaustra la vejez en un sueño, o en un cofre de olvido, y me dice que por dentro sigo teniendo siempre los mismos años.

Por dentro me siento como un ser que es ajeno al tiempo, una conciencia que bulle y destella en la luz y en la sombra, una identidad que siente y sueña más allá de la materia. Es difícil de explicar. Pero quizá si insisto en esa dialéctica entre lo material y lo inmaterial que es la vida, consiga decir que soy dos seres: uno adentro que no envejece, solo siente, sufre, es feliz, está ahí extraño a la decrepitud, y otro formado por los tejidos y los huesos que se va inclinando cada día más al cansancio, que va sintiendo como lo va devorando la vida.

Por eso cuando observo la fotografía de ese joven delgado, quieto frente a una farola, con unos vaqueros viejos, que fui, lo percibo como si fuese otro ser (su tiempo y su realidad es distinta) por fuera, pero el mismo por dentro. Por supuesto, con el paso del tiempo, han cambiado muchas cosas, hay muchas percepciones, creencias, deseos distintos, producto de la manera que ha tenido de envolverme la vida, pero sin embargo puedo conectar con aquel que fui a través de un hilo común profundo que me envuelve. Es Como si cada día, mes, año fuesen las cuentas de un rosario. Cada una distinta pero enlazada por el mismo hilo. Ese hilo soy yo. El que decía yo antes y el que lo dice ahora. El yo que soy en la profunda esencia de mi ser. Una identidad que olvida el tiempo, porque muere en la frontera de la materia.

Es el que soy más allá incluso de la memoria. Más allá por ejemplo de la posibilidad de que, por el Alzheimer, desaparecieran todos mis recuerdos. Seguiría siendo yo. Si eso sucediera el que se mira al espejo y dice ese soy yo es el ser más profundo que soy. Es imposible localizar su lugar en el cerebro. Ese ser por supuesto morirá, aunque una profunda percepción genera una leve esperanza de persistencia, pero sin embargo no siente que envejece. Siempre está ahí, conmigo, diciéndome, si le escucho, que él es lo único que soy.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 21/02/2019 a las 16:02h.