22/12/2018

FELIZ NAVIDAD

Cada año rastreo por mi mayor o menor capacidad de esperanza, como un vagabundo por el silencio, para encontrar palabras que hablen de paz y amor y signifiquen algo más que un deseo protocolario generalizado. A mi buzón de correos todavía llegan papeles y cartas, arriban pasquines de Navidad, bellos en su densidad de colores, y todos abogan por una paz y una felicidad que, en la mejor concepción de lo humano, es de divina razón que a todos nos debe alcanzar. En los ríos de flujos cibernéticos los cantos de paz y amor bullen como una tempestad de vida. En el Wasap son multitud los mensajes, las frases, los videos que llaman a la concordia universal, y también por supuesto a otra más difícil, la del día a día con la gente que tenemos cerca. No cuesta nada decir Feliz Navidad, pero es triste que algo tan obvio como necesario para el mundo y la tribu, ahora estalle con una lógica que uno no sabe por qué es tan difícil sea cada día del año.

Feliz Navidad siempre. Si cada uno pensáramos en cada instante en no hacer daño a los demás, por supuesto de manera consciente, el mundo sería mejor. Si cada uno pensáramos como nuestro el dolor que pudiera sentir otro habría menos dolor. Si cada uno de nosotros, por un instante, nos pusiéramos en el lugar del otro cuando hay un conflicto, habría más concordia y menos agresividad. Si cada mañana nos levantáramos con el ardiente deseo de no hacer daño a nadie, ni siquiera al animal más débil, el dolor sería solo una producción de la desdicha natural, y no una producción de la actuación humana.

He aquí una utopía más grande aún que las de Tomas Moro o Campanella. Pero es persiguiendo lo imposible, como decía Bakunin, como se consigue lo posible. Y ese ánimo de concordia, por muy imposible que sea, bulle como los rezos en casi toda la bondad de las religiones, siendo el Cristo o el Buda, incluso Mahoma, quienes lanzaban ese mensaje al ser humano sin importarles su imposibilidad. San Francisco de Asís deseaba y decía a cada instante Feliz Navidad con sus hechos y su ejemplo. Lo que clama es que al final una frase hecha, que se dice como un protocolario buenos días que nada significa, las más de las veces nos de la coartada para no pensar, mirándonos adentro, si estamos haciendo lo que podemos, no digo incluso lo necesario, para que quienes nos rodean puedan tener, no una Navidad feliz, sino una vida feliz.

La Navidad, en mucha gente, levanta un ansia de concordia y amor al prójimo, y sentimiento caritativo, que nada más pasa se diluye como las horas en el viento. Aquella hipócrita costumbre de sentar un pobre en la mesa, que Berlanga ridiculizó hasta hacerla patética, ya no existe. Pero hay tantos pobres sentados, tirados en las aceras, que al menos desearían la hipocresía de comer un día. Feliz Navidad, o mejor Feliz Vida, espero poco a poco hacerme merecedor de mi deseo.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 16/01/2019 a las 05:01h.