28/04/2018

OCÉANO DE LETRAS

Trasteo mucho el Iphone, por la avidez de saber noticias, pero luego siempre regreso a la prensa. Tengo claro que la buena literatura me gusta en papel. Y quizá sea esa, la literatura, el salvavidas al que podrán agarrarse los periódicos, pues aquella frase que decíamos no hace tanto (voy al quiosco a saber qué ha pasado) ya no puede decirse. El auge de los digitales, desvelando las mentiras de Cifuentes, por ejemplo, ordena el enjambre de lo que pasa en el mundo. Para enterarte cuanto antes agiliza el dedo y pulsa. El mundo caerá sobre ti como una lluvia de voces. Sabrás lo que pasa en un instante que muere. Podrás mover con tu dedo la bola de los océanos e ir de Trump a Kim Jong-un, del eterno independentismo a la corrupción, de Australia al pueblo que aún guarda tu sed de vivir intacta. Después en la televisión vendrá lo destellante. En la gran pantalla la voraz herida del tiempo presente, y algunas veces, pocas, la heroicidad o bondad de alguien que con una gran gesta ni tiene el tiempo de Cifuentes o las trifulcas de las famosas. La radio me encanta. Muchas veces he odiado llegar adonde iba porque tenía que dejar una entrevista, serena y profunda, o una tertulia, documentada y aguda.

Pero como decía lo que más me gusta es tener la vida en las manos. Devorarla con los ojos y saborearla en el discurrir de las letras negras. Son un río de afuera que pasa por mis dedos, mi garganta, mis pestañas, y luego fluye por los recovecos de mis neuronas mientras estoy sentado y el sol, o la luz del ventanal, calienta el silencio. A mis espaldas el tiempo fluye con su pulso lejano. Frente a mis ojos la paz de la lectura, la prosa de las noticias vuelta literatura en las columnas y los grandes y ricos reportajes que abundan. Da pena que tanta calidad se muera en el día, o que sobreviva en ese universo oscuro de internet, donde existe la basura de todo lo que ha pasado, donde reposan los días en el amplio cajón del olvido.

Ya no soy yo y mis circunstancias, sobre todo. Se ha clarificado el escaparate y somos consumidores de noticias ávidos, destemplados a veces porque la mugre sucede a la mugre, o felices pocas porque el día viene radiante en las ondas. Somos sobre todo ese dedo que compila en la luz de un artefacto el mundo, que lo mueve arriba y abajo, lo selecciona y aspira en un instante. La relación entre el ser y la información se ha vuelto voraz. Ella quiere devorarnos, que seamos su plebe y los periodistas sus sacerdotes oscuros. Queremos saber mucho de todo para al final apenas tocar la cresta del día. Por eso el mejor momento para mí, el que me siento más yo, es cuando me arrullo en el sillón y me digo que voy a olvidarme de la vida leyéndola en esa literatura del océano de papel lleno de letras que son los periódicos.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 22/10/2018 a las 20:10h.