06/01/2018

EL SÉQUITO DE LAS ILUSIONES

Una vez, no recuerdo quién me lo pidió, me vestí de rey mago, nada menos que Melchor, y pude observar desde esa posición privilegiada cómo es la ilusión de los niños. Sentado en aquel trono, sobre un camello que tintineaba de viejo, iniciando la comitiva de reyes y oropeles recorrimos las calles del pueblo, surcamos ríos de niños que nos inundaban a ambos lados de la acera. Les lanzábamos caramelos y escuchábamos sus gritos de satisfacción por recibir a aquella comitiva que venía a cumplir sus sueños.

Ocurriera lo que ocurriera en la noche, donde muchos de los niños no recibirían lo que habían pedido, el solo hecho de ver a los reyes ya suponía una gracia del destino que había que agradecer. Y eso es lo primero que percibí desde aquel trono ficticio, tan alto que casi rozaba los balcones, agradecimiento, mucho agradecimiento de los niños por poder ver a unos personajes que, desgraciadamente, llegaban cuando se acababan las vacaciones.

Los niños lanzaban al viento sus deseos, pidiéndonos de todo. Bicicletas, raquetas de tenis, coches de juguete, figuras de todos los grandes héroes de la época, como se ve todo muy analógico pues en el tiempo a que me refiero aún no había estallado la seducción cibernética.

Recuerdo que ya había teléfonos móviles, grandes como radios, pero nadie podía pensar en su eficaz distribución futura, nada menos que hasta conseguir ser algo cotidiano para un niño. Sí nos pedían videojuegos, algo rudimentarios entonces como aquel de Súper Mario Bross, aunque ya se percibía que en su evolución acabarían deslumbrando los corazones infantiles, y adolescentes. Los niños gritaban pidiendo sus regalos. Muchos como si para conseguirlos hubiera que chillar muy alto, cuanto más mejor, pues aquellos reyes omnipresentes, que estaban a la vez en millones de sitios, tenían que escuchar sus peticiones porque oyéndolas las traerían. Eran seres de suma bondad. Cómo no iban a hacerlo.

En la primera fila, donde el ayuntamiento había colocado sillas de madera, había muchas madres con niños pequeños. Imagino lo que podría pasar por sus mentes tiernas al ver tanta luz, tanto jolgorio y gritar de colegas mayores, la alegría suma que iban bebiendo año a año por todos los sentidos. Desde arriba veíamos sus ojos como platos, en brazos de los padres, sonriendo algunos sin dientes y con los mofletes todos rojos del frío y la alegría. Aquella fue una gran noche para los niños, y lo fue también para los reyes, pues es difícil encontrar un escenario tan propicio para que se suelten los sentimientos y a través de la alegría infantil la vida sea bella. Sintiendo esa fuerza de la ilusión de los niños, que nos estallaba en la piel y nos embargaba por dentro, pudimos ver la importancia que tiene la cabalgata para ese pueblo de locos bajitos que siempre tenemos cerca. La cabalgata es el peor lugar que concibo para hacer política. Nadie tiene derecho a poner puertas al campo.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 18/06/2018 a las 21:06h.