Críticas

10/06/2015

Manuel Juliá, memoria y melancolía (Antología De tu tierra)

Rafael Morales Barba

No cabe duda de que la poesía de Manuel Juliá (1954), responde a una modernidad compleja y atenta tanto al poema en verso como al escrito en prosa, y reactivado en España de manera importante en los últimos años. Que un poeta como Juliá, durante algún tiempo ajeno a la carrera poética comenzada en su juventud y prematuramente silenciada en público, reactivara con esa atención su mirada implicaba sin duda algunas cosas. En primer lugar el de Puertollano se situaba en una anticonvencionalidad como fórmula que obviaba las formas estróficas  para cantarse desde el versículo y el poema en prosa o proema. Es decir, desde dos procedimientos próximos a los que la modernidad española ha prestado particular atención desde cursos, tesis doctorales, estudios…en segundo lugar  lo iba a hacer desde una verosimilitud y seriedad atenta a su momento personal, vital, en un reflexionar e ir contándose desde la poesía de la edad, y que le incorporaba generacionalmente a los nacidos por las mismas fechas. La poesía española de los nacidos en las fechas próximas al 1950, año antes, año después, viene dejando en sus últimas entregas desde la claridad elocutiva (y discreto y sabio ornato), el río incontenible de la meditación sobre el vacío, la transparencia, la muerte o la memoria de los tiempos idos. Poetas próximos a  Manuel Juliá, como Andrés Trapiello (1953), Andrés Sánchez Rosillo (1948), o José Luis García Martín (1950) por ejemplo (y muchos de los incluidos en todas las antologías de le época, con Treinta años de poesía española como eje), han clavado sus flechas en la misma diana que los  poetas  de la década siguiente en su evolución. Caso de García Montero (1958) o Felipe Benítez Reyes (1960), entre tantos otros. No es necesario ser prolijo sobre los nombres de corte clasicista y línea clara donde se refleja y a los que pertenece generacionalmente, aupados sobre esta mirada melancólica de la llamada poesía de la edad en sus meditaciones elegíacas e hiperestesias pensativas. Manuel Juliá se ha retomado como poeta desde esa meditación elegíaca, sin caer en el planto, pero donde memoria, olvido y melancolía forman las tres gracias de su nuevo decir. Sí se le puede añadir una fuerte vinculación a un espacio, La Mancha, cantada sin tópicos, sino como pertenencia, pues se obvia normalmente las referencias explícitas para señalar un espacio reconocible desde la intimidad, o si prefieren, desde la vivencia. Lo hará explícitamente desde el poema en prosa en Cuarenta latidos. Una tierra universal, pero existente desde el espacio y el tiempo, pero también encontrable en los suburbios. Gran parte de las buenas virtudes de la poesía de este poeta surgen de esa verdad que desde los griegos llamamos verosimilitud de querer decir lo propio aun a costa de tener que pasar por poemas broncos en el camino de perfección que alcanzó con el estupendo El sueño de la muerte (2013). También Jesús Barrajón ha apreciado esas virtudes antes que nadie.

De umbría (1998), de explícito título, supuso a la crítica ante el escaparate de un libro de la melancolía desde el espléndido poema en prosa prólogo, en este caso una prosa poética, Pórtico otoñal,  que le incorporaba a esa tradición tan bien leída por Pablo Neruda o cuentistas como Guy de Maupassant, Hugo von Hofmannsthal Ambrose Bierce…una calma apacible, el otoño, recuerda con Louise Labé, pero también desasosegada, con el quejumbroso Ovidio haciendo de la necesidad virtud, en los Tristia (o el exilio). Resistiendo y preservando la memoria surge un libro hondo y personal, siempre hacia dentro, atendiéndose (como deseaba Rilke que fuera la base de su poética), donde el Vasto cristal traía la modernidad juanramoniana de la transparencia desde el paisaje de La Mancha, o en fin, del vaso de agua, con Wallace Stevens. Pero si el paisaje confiere la extensión desolada (el desierto de Jabés-Valente) la memoria hace lo mismo con lo biográfico recuperado: Rumor antiguo, o el vacío de un amor perdido adolescente desde lo pequeño (un puño que contiene aire): Un aire que es la nada, el vacío, la transparencia…el cristalero azul (decía Claudio Rodríguez). Sí, vacío de un viaje hacia ninguna parte en que la angustia y la soledad hablan del sentido, el vuelo extático. O el desconsuelo hecho amargo sarcasmo o desengaño en un juego de pertenencias o renuncias: de los fideísmos olvidados Cruz vacíala nada existencial de un poeta capaz de manejar la inventio del mundo posmoderno junto a mil imágenes con venero propio, no revisitando otras. Hay una enorme capacidad de sorpresa, invención, personalidad en muchas de ellas, descubrimiento, si prefieren: y todo el musgo calcinado/ como un jarabe de tristeza, para expresar el clima espiritual del libro. De umbría pasó más desapercibido de cuanto debiera en su momento. Alguna sequedad rítmica hacía de contrapunto con las virtudes de un libro con muchas virtudes, además de las expuestas. En efecto, la capacidad de mantener la tensión lírica y ser capaz de narrar poéticamente, es decir de sostener un poema largo era notable. Claudio Rodríguez solía decir que no admiraba a los poetas que no eran capaces de hacerlo. Juliá aquí demostró que en este libro lleno de virtudes, pero aun inexacto, era capaz de hacerlo. Se debe felicitar a Juliá por esta intimidad recobrada, biográfica y geográfica, entrañada, entrañable, como la tos seca de los mineros, o un mundo de vivencias que saben decir cuando florecen los perfumes de la rosa madura. Pues un mundo social ligerísimamente pespunteado surge desde el fondo del vaso como amargo testimonio. En cualquier caso cuando aquellas sequedades formales se liberaron surgió, con itinerarios parecidos Sobre el volcán la flor (2009). Con algunos poemas amorosos, pero con el imán ad inferos latente, muestra esa serena posición en la pesadumbre, advirtió Jesús Barrajón, donde había un mundo poético próximo a la experiencia como fuente castalia. No a la poesía de la experiencia en sentido estricto. Y con una virtud que comparto con el profesor de Castilla La Mancha y reproduzco “Juliá se adentra en un camino personal y poco frecuentado; y lo hace con firmeza, sinceridad y valentía, arriesgando, negándose al verso fácil y complaciente, indagando en esa parte oscura de quien concibe su vida como un vivir desterrado”. En cualquier caso eran un camino de perfección que alcanzará plenitud en un libro estupendo y ya plenamente resuelto, como El sueño de la muerte, donde el desbordamiento emocional llega pautado desde el saber decir sin aristas, hondamente.

El poema en prosa o proema, no deja de ser una de las modalidades modernas de lo poético,  pues la prosa no se opone al poema, sino al verso. Manuel Juliá lo demuestra cumplidamente en estos Cuarenta latidos. Una fábula sobre la vida y la muerte, de explícito nombre. Un breve e intenso poemario donde se combinan proemas  y  prosa poética, hasta crear un mundo sugerente de vivencias y melancolía, solidaridades con gentes y paisajes. Algo en que se ha empleado, con otro sentido próximo al libro de viajes, Pedro González Moreno. Manuel Juliá sin embargo ha preferido para sus compunciones y solidaridades la instantánea. Siempre desde la  mesura de la madurez o de la poesía de la edad, como prefieran. Desde la aceptación de la tristeza  o la contemplación de interiores y exterioridades. Nada hay de la melancolía de László F. Fóldényi, vista como inadaptación, hacia el genio y la locura o el furor, sino la dulce tristeza ante el paisaje, los viajes, las pequeñas o grandes injusticias de cada día o los meros recuerdos.  La dulce tristeza de los tratados melancólicos franceses del siglo XVIII. Y mucho sentido de lo humano en su precariedad, o del paisaje manchego, sin pintoresquismo.

Estos Cuarenta latidos (2009), aunque son algunos menos, constituyen un breviario de acendramiento sentimental ante el yo, la memoria y la solidaridad de quien se muestra siempre atento al niño ajeno a la niebla borrosa del futuro o quien fue y ahí encuentra lar y hogar, pueblo y recuerdos, pedestal para seguir hacia adelante. Con estas maneras se vuelca hacia amistades, Dionisio Cañas, José Luis Morales, un hombre cualquiera surcando los eriales de Villanueva de San Carlos (un texto espléndido de conmovedor lirismo), o un samaritano andino, sin nombres ni apellidos, acompañando a los ancianos o sufriendo inclemencias entre duras condiciones laborales.  Con esas alforjas se aproxima valiente y conmovido a una mujer maltratada,  recupera un recuerdo lacerante en un hospital, quiere mostrar su gran angular. Piedad, sensibilidad y solidaridad, van creando paulatinamente la geografía humana hasta ocupar el paisaje. Así ha logrado devolvernos ese espacio físico y emocional donde se reúnen Las Tablas y la luna, el valle de Alcudia y Montiel, Candelaria y Lanzarote, o el fin del verano que le deja una pequeña angustia indescifrable en este saber decir reflexivo- hay un buen ramillete de ejemplos- que resume La matrícula. Otro de los textos donde el corazón bombea mucha sangre y resuenan los latidos de un atento a lo mínimo en la desazón herida. Sin desolaciones existenciales llevadas al límite (salvo excepción), sino con el apunte de la vida dolorido.

Con este dietario de la memoria, de los paisajes y sus gentes, ha emplazado Manuel Julia al lector. Con la virtud de la claridad y amenidad expositiva, pensada y repasada, pero ágil. Con la sinceridad de contarnos amistades y lecturas, lugares y emociones, cálidamente.  La mucha piedad e inteligencia le lleva de la mano y acerca a quienes van sintiendo como el  paso del tiempo. E intercala un poema -en verso- sobre la vejez (Un día de enero), donde brilla dramática la estampa, quizá para conjurarla pues las palabras pueden matar a la muerte. La buhardilla desde donde escribe Manuel Juliá está en lo alto y desde ahí ha escarbado hasta encontrar la fuente castalia de su identidad personal. Desde esas zahúrdas ha sabido conmovernos y acercarse porque siempre transmite su mano sinceridad o verosimilitud. Por eso  es capaz de hacernos sentir y obligarnos a volver a mirar. A descubrir territorios del corazón y de la geografía. Saber que no estamos solos gracias a esta poesía en prosa donde la serenidad doliente quisiera ser estoica. Ciertamente el desconsuelo vierte su vino amargo en algunos sitios, como en el poema colofón del libro, aunque ese patetismo final es ocasional. Mucho más habituales son las otras melancolías, hijas del saber mirar, del saber estar y del saber decir. Del atenderse para bien del lector, que encuentra aquí, en estas breves estampas un espacio de reflexión y sensibilidad que a buen seguro no le decepcionarán.

La poesía de Manuel Juliá se viste de largo con este explícito sueño de la muerte. Ese es el asunto en bruto y  la pauta del versículo lo prestigia en una amarga mixtura de recuerdos, rememoraciones, estampas y reflexiones de lo vivo adentrado, justo cuando empiezan a ser melancolía. Sin duda la fortaleza de la invención,  una de las partes fundamentales del discurso, dijo Quintiliano, pero también el haber escrito ya algunos poemarios, le han servido para madurar el oficio y filtrar el decir. Ha sido la modernidad de  Cesare Pavese quien lo ha recordado.  Manuel Juliá demuestra como la poesía no  es siempre cosa de la juventud, pese a los tópicos, desde ahí, léase oficio, precisamente porque ha madurado y se ha hecho poeta en la madurez. Porque se ha atendido, tras las máximas de Rilke que propiciaban esa mirada a uno mismo como raíz del canto  no impostado. Juan Ramón Jiménez hizo el elogio de la precisión y del recuerdo exacto como venero, como fuente. Y esa es precisamente la fuente castalia: la madurez y unidad de mirada hecha a veces elegía, otras orfandad, melancolía y soledad (cuántas veces), reunidas en poemas espléndidos como Los ojos de los niños. Los niños, o tal vez el niño, muy presentes, presente.  No es el único, ni mucho menos, pero ahí  se conjugan pulsiones y emociones con claros límites.  Se debe felicitar a Juliá por esta intimidad recobrada, biográfica y geográfica, entrañada, entrañable, como la tos seca de los mineros, o un mundo de vivencias que saben decir cuando florecen los perfumes de la rosa madura.

El sueño de la muerte se inscribe en cuanto muchas veces hemos llamado poesía de la edad y melancólica. La palabra mèlaina en griego apunta precisamente a esto, al color negro que se identifica también con la poesía saturnal. Un mal de la modernidad avisado en su momento por Robert Burton y Alberto Durero, que parece ser conoció al respecto las teorías de Marcelo Ficino. Desde entonces su ser ha crecido y devora a sus hijos, hecho fantasma en la cultura occidental, nos recuerda Agamben. Claro está que no es el momento de recorrer premiosamente esa trayectoria, en la que se inscriben algunos nombres señeros de la poesía española contemporánea. La melancolía de Julia se inscribe en otro tipo de poesía de la edad que poco tiene que ver con el malditismo baudeleriano o con el Saturno devorando a sus hijos, ni tan siquiera con los mariposeos de la poesía modernista hispanoamericana. La de Julia es una melancolía recia, sin tedio o acedia, sin pusilanimidad, aunque existan princesas, para nada simbolistas. Es una melancolía que en efecto siente el paso del tiempo, pero no se abandona a él, sino todo lo contrario, lo intenta domeñar aun en el venero de la memoria hiriente, herida, y rescatar un pasado con fortaleza sutil y firme, vitalista, que reaparece en el fuego dormido de la amada, en el fuego dormido de tu camisa. La Princesa de Manuel Julia no pertenece al mundo de los jardines y los cisnes galantes, o la mirada melancólica de la figura de Alberto Durero. Ni al tedio de Huysman o a la angustia del Fernando Pessoa/Bernardo Soares,  abandonado en el Libro de desasosiego, a un sensacionismo hecho batalla perdida. No, todo lo contrario, es una herida viva que perfuma el momento de la escritura con una viveza o actualidad insurgente, acuciante, pese a los duendes de la bruma, princesa.

En efecto el vitalismo de Manuel Julia puede recuperar un amor de la infancia para traerlo vivo a primer plano, como si el tiempo no hubiera pasado, y a pesar de una repetida conciencia del mismo que aparece contantemente a través de los lexemas soledad y niebla.  Dos sustantivos fuertemente marcados, pero el propio poeta nos pone un aviso al frente de la segunda parte del libro. Y así con José Hierro nos dice “…yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría no podré morir nunca”. Eso lo decía El muerto, de Pepe Hierro.  De modo que hay que entender también desde ahí el poemario (y el poema pórtico, que como sabemos suele marcar el tono de un libro, o se suele avisar al lector de cuál va a ser),  pues el poeta cántabro tomó de Bethoven el lema de a la alegría por el dolor. De forma que sin las manera de los reportajes del cántabro madrileño, pero con la contención de quien no se entrega a la lacrimosidad o a la derrota, Manuel Juliá va a contarnos su diálogo con la casa deshabitada, con los armarios llenos de insomnios, un fuego viejo/ en que nos ahogamos callados.  La rememoración que trae la visita al lar de la identidad establece un diálogo entre pasado y presente, entre olvido y frases que ya no son mías/ pero me buscan. La poesía se hace una fórmula de indagar en la memoría, una identidad, tal y como hemos visto en José Luis Morales, con el que comparte contención y melancolía, identidad o  anagnórisis (ἀναγνώρισις, reconocimiento), o revelación. Autorrevelación. La poesía de la memoria de Manuel Juliá se convierte así en una fórmula, en una manera de reconocerse y saberse en el salón de los pasos perdidos, que a la vez es una elegía familiar, cuando ya no queda gente. Una pertenencia. Manuel Juliá ha escrito un hermoso libro desde esta perspectiva que posee solo el silencio de los poemas, o los palitos del zahorí para recuperar, recuperarse con devoción sin planto. Esos estremecedores vínculos que un espléndido y estremecedor poema vincula, Puentes de niebla, constituyen en la práctica casi una metemsicosis, en que el poeta establece una relación en sentido figurado la-bas, más allá, de lo posible, desde el otro lado de la vida. Cuando los ojos ya no quieren más vida está la violencia del poema, al decir de Wallace Stevens, reuniendo la realidad y la imaginación, el lenguaje y la realidad, en un pañuelo de sangre que se tapona, aunque siga fluyendo el dolor. La fuerza de la poesía de Juliá cuidada y contenida, pero desbordante desde la mesura que trasgrede desde la fuerza de la emoción contra el mal lector. Ya lo avisaba Gerardo Diego por 1924, y  prevenía contra ellos/ o el que penetra en la selva poética con el solo amuleto de la retórica perfecta. Juliá, que maneja el ornato y la imagen con maestría, ha querido también dar la fuerza de lo vivido frente a lo logolálico, que a veces se pierde, incluso en Dylan Thomas, en palabras, palabras, palabras…Decir y trasgredir desde la invención, además desde la fórmula, es algo que ahora se impone desde esa verosimilitud hecha poema y proema, o cuanto la moderna concepción de lo artístico libera desde el romanticismo hacia el idiolecto.  Manuel Julia, que sabe el oficio, deja también que la fuerza de la rememoración se haga violencia en él, para hacerse revelación en nosotros, reconocimiento o identidad. Si se ha valido de esa ficción ala que convencionalmente denominamos poema, lo hace como identidad averiguada, o trasgresión de la normalidad y del vivir pragmático, por ese camino enajenado para saberse y que sepamos en la anagnórisis. Sin duda lo ha logrado con maestría y fuerza. O cuanto los clásicos llamaban verosimilitud.

Ya lo avisábamos. La fuerza de Manuel Juliá reside en esa aventura que sitúa en el alambre la propia certidumbre. Es un funambulista serio y arriesgado desde la hondura de los sentimientos que deja bailar sobre el alambre.  Un zahorí que en el viaje se sabe muñeco desventrado, o un anhelo de amor por recuperar que excite y haga vivir, pues Palinuro se ha caído de la nave en el viaje y el poeta se sabe ante sí en el espejo. También le ocurría esto a José Luis Morales. La poesía se ha hecho indagación, pero ha comportado riesgos en el trayecto de la escritura hasta hacerse tormento y la angustia sumergida  que florece, y libera perfumes salubres y venenosos.  La frustración o Un esqueleto leyendo un libro, cuando la tentación de que el futuro esté en el pasado. La tremenda hiperestesia de Julia de pronto se hace incontinencia melancólica y parece rendirse hacia ese pathos en que el padre o la madre, la amada, la familia, un perro, los hospitales nauseabundos (el festín de tristeza), vuelven y conmocionan, pugnan por vencer y hacerle huésped extraño, que salva el de perderse por aquel camino interminable del colegio, una plegaria que remata Cuento, en ese sentido de anhelar lo imposible. Y esa fortaleza ilusa, pero vitalista, semiesperanzada, salva a Manuel Juliá de regodearse en cuanto se le ha hecho travesía en el desierto, pensando en unas manos maternales/ que viven alejadas del mundo. No le ha vencido la derrota de vivir como a Bernardo Soares o a Jorge Gimeno, uno de los poetas de mayor interés (desde el monólogo del horror), hoy en día. O encontrar un estío en la arboleda de la muerte.

El sueño del amor (2014), representa la madurez de Manuel Juliá. Segundo libro de una trilogía que comienza con El sueño de la muerte, y finaliza con él, todavía en sombra, según previo al todavía en sombra, según Juliá, El sueño de la vida. El sueño del amor es un poemario donde el yo muestra su fulgor llevado por el entusiasmo, en sentido etimológico, o estar poseído por el dios del deseo y por su antónimo, el desencanto. El versículo se despliega así inicialmente en ese fervor donde la angustia cae de la almohada desde una pulsión raptada, entusiasta en ese sentido de étimo como verdad o salvación, con fervor nerudiano hasta el infinito/para descubrir una verdad que envuelve el universo. Un mundo de ebriedad amorosa alzada con el deseo en la materialidad el cuerpo amado, sin el sufrimiento desposeído de Werther, sin ausencia doliente, sino como presencia y ausencia, sentido y desencanto. La amada es así el conjuro, diría Claudio Rodríguez, contra un desasosiego que en su caso el deseo salvo y sosiega, pero desazona cuando el estatus de sombra llega.  Un estatus de sombra que el espléndido poema XXIII, apartado del libro pese a estar en él, canta desde un yo aterido en la pobreza de ser metafísica y en la puntual, la del quejido del canto. En esa bahía de pescadores o de mineros, de gente humilde que dicen adiós, sonriendo al vacío, gira el libro en un sentido oculto, solidario y piadoso en el mejor sentido, en sus amores contrarios. El poeta está en las cuatro primeras estrofas, conmovidas, estupendas, sin demérito de otros momentos. Su verosimilitud, diríamos, con Aristóteles, está en esa imagen del estupor de vivir o sentir como pescadores o mineros, esperando un autobús más ligero que el aire, pues el amor cae también detrás de la fábrica,  y los silencios ya no tienen mensajes de salvación. El fin del amor, o del fervor, de la ebriedad, cuando los pájaros llegados del reino de la ausencia, habitan su canto, cuando la basura del aire me estalla en las venas, y el desarraigo habita desamor y desencanto existencial. El amor en el muro de miedo, cobra conciencia de ese ser para la muerte heideggeriano en la modernidad. El desamor entonces se hace más lastimoso en el XXXIV, por lanzada mortal y amorosa. La soledad impone su desahucio en ese amor abandonado como ropa tirada ajeno al vibrar eterno,  a la demolición del adiós y del ser para la nada. Un poemario hondo desde esa fragilidad nos envida en este mus lírico de la nada, a través del amor, para  que pueda ser vencida.  Juliá lo ha adivinado y experimentado desde el amor y la solidaridad. Desde la herida que le ha hecho ser poeta contra el dolor, la miseria y el desencanto desde el abanico desplegado del vivir, amar y saber morir, con una fuerza no impostada que le hace situarse en la vanguardia de su generación y tierra.

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