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REFLEJOS DE UNA TUMBA OLVIDADA

31/10/2021

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A pesar de la neblina oscura y las gotas de lluvia persistentes, realicé dentro de mí un juego complaciente entre la memora y el olvido. El cementerio se había vuelto el tumulto de cualquier calle peatonal un sábado por la mañana, con la diferencia del imperio del negro como latido de dolor y las flores como expresión de que no había apenas lágrimas bajo la lluvia, porque con el tiempo, las lágrimas llueven por dentro y las sucede una amargura plácida en el rostro que el futuro devora. El ruido de las pisadas por el barro rompía el silencio de siempre, pues allí habían huido las palabras no solo de los muertos, sino también de los vivos. Hermano, venimos del silencio y vamos al silencio, ponlo en mayúsculas si lo deseas. Y, como dice Amin Malouf, pensemos que en el negro silencio del mas allá nos espere la misericordia.

Me acerqué a la tumba de mis padres, pequeña y florida. El mármol brillaba limpio y sus nombres blancos resaltaban escondidos entre las flores. Pensé en el hálito de ayer que hubo en esos esqueletos y como ahora su existencia se había traslado a mi mente, y a la mente de todos aquellos que los recordábamos. Ese recuerdo -Cicerón dice que la vida de los muertos está en la memoria de los vivos- me llenó de un gozo moderado y consolador. Con el tiempo el dolor por la pérdida del ser amado reposa en un extraño vacío profundo y se convierte en serenidad complacida y gozo misterioso.

Pero recordar allí, frente a la lápida negra, viendo sus diáfanos nombres muertos, me producía la angustia de saberlos perdidos para siempre, y di en reprochar a Dios en por qué su destino (como el mío, como el de todos) es ir perdiéndose en mi mente hasta morir otra vez conmigo y con todos aquellos que los recordaran. Dios no me respondió, al menos de manera directa y reconocible, pero sé que lo hará algún día. Es nuestro pacto sagrado.

Mirando la lápida hablé con ellos. Fue un monólogo profundo lleno de dicha y soledad. A veces sentí que me oían y otras que hablaba a una piedra. Estuve mucho tiempo así, hasta que el sonido de la campana me anunció que eran las seis. Me despedí con el último bello recuerdo. Al salir, en el camino, pasé por una tumba sucia, vieja y gris en la que apenas se veía un nombre: Juan Dorado Villalba. Era mi tío. Murió mucho antes y pensé que estaba más muerto que mis padres, como muchos, pues vivía en una tumba olvidada. Retiré las flores secas, aparté el barro, ordené las rejas y me detuve un rato para despertar un reflejo de su memoria y darle un gramito de vida. Al marcharme me consoló algo ver que unos escarabajos se metían dentro de la tierra mojada para hacerle compañía.

(Fotografía de Santos Montes, portada de "El sueño de la muerte". MJ)

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