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BARCELONA Y EL ESPLENDOR PERDIDO

06/04/2021

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Viajo mucho a Barcelona y siempre, al margen del motivo de mi visita, siento ya en el AVE una sensación de plenitud muy gozosa, en ella percibo que llego a un sitio que puedo llamar mi lugar. Sé que es porque la memoria rescata días de vino y tertulias, cava y paseos por el bullicioso e íntimo barrio Gótico, en el que siempre encuentro algún lugar escondido que goza en su penumbra el valor de un enigma. En la librería La Central, la del Raval, presenté El sueño de la muerte (Hiperión, 2013), acompañado por un manchego catalán, el poeta José Corredor Matheos, Dionisio Cañas, descarnado poeta manchego y el periodista catalán Gabriel Planella, que entonces trabajaba en el museo Santa Mónica, situado en plena Rambla abajo, donde ya huele el mar. Gabriel trabaja ahora en el centro Blanquerna, en Madrid, que funciona como delegación de la Generalitat y como lugar de promoción de la cultura catalana. De la Rambla recuerdo sobre todo, desde arriba, un río de cabezas avanzando entre los quioscos de flores y de periódicos y una sensación de vitalismo inmenso entre las piedras viejas y la dureza de la vida del Raval, barrio que fue de literatura, putas y suburbio, y ahora se pierde en una descomposición alentada por la pobreza.

Me gusta muchísimo andar por Barcelona. Las ciudades son libros que se leen con los pies, dice el cantautor uruguayo Quintín Cabrera, y yo practico su enseñanza como un alumno aplicado. Aquel día, al atardecer, bajamos hacia la playa de la Barceloneta, cuya pequeñez engrandece el gigantesco hotel W, una vela de cristal que refleja el mar y lo llena de vida. Son tantos los recuerdos de Barcelona, que ahora, mientras escribo, se me amontonan en la memoria y se empujan por salir. En cada uno de mis viajes he aprendido a amar un poco más la ciudad entregado a su cosmopolitismo y belleza. Y he conocido catalanes que se sienten solo como murmullos de su tierra, y catalanes que, sin abjurar de su catalanismo, se sienten españoles porque piensan que en su identidad hispana vibra una voz universal, además de ibérica. Muchos de estos últimos no entienden esta obsesión de la Generalitat por dar la espalda a todo lo que suene a España. Me han comentado que cada día les cuesta más luchar contra el oficialismo independentista, porque a pesar de que se llenan la boca de democracia, están tan subyugados con su idea separatista que en cuanto escuchan otra contraria se vuelven locos con la obsesión de cambiarla y demostrarte que no llevas razón, sin darse cuenta, o quizá dándose, de que te están oprimiendo psicológicamente y no te están dejando expresarte con libertad.

He hablado mucho con la gente de Barcelona, y me he reído con ellos y he gozado su maravillosa ciudad, y he llorado contra el terrorismo y me he sentido estupefacto, como muchos, por la deriva que en estos últimos años ha tomado la ciudad, en general muy alejada de lo que es el sentimiento de hospitalidad y la abierta vitalidad de sus gentes, del cosmopolitismo tradicional, incluso del papel primordial que jugó Barcelona en la edición de las mayores obras de la narrativa en castellano. Fue cuna del boom. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards o Sergio Pitol, por citar unos pocos, vivieron y escribieron en Barcelona cuando era capital de la literatura hispanoamericana.

Sin embargo, primero con la identificación entre nacionalismo y cultura catalana en exclusiva, que realizó Jordi Pujol, y después merced a la hispanofobia que generó el procés, Barcelona perdió este predominio, ocurriendo con muchos escritores latinoamericanos lo mismo que con las empresas, que hubieron de trasladarse a otras ciudades, en general a Madrid, gran beneficiaria de la percepción estrecha y tribal que tiene el independentismo. Lo explica muy bien Santiago Roncagliolo en un esclarecedor artículo publicado en El País en 2015: "La paradoja es desoladora: basados en un elevado concepto de su propio cosmopolitismo, los nacionalistas están construyendo una sociedad más provinciana. Por enormes que sean sus banderas en plazas y estadios. Por fuerte que griten en catalán e inglés. Por muchas embajadas que quieran abrir. Su único proyecto cultural es precipitar a Cataluña orgullosamente hacia la irrelevancia". Y esa irrelevancia se va comendo con voracidad el viejo esplendor literario de Barcelona. "Todo lo que un nacionalista catalán desprecia de España es lo que nosotros representamos", dice Roncagliolo.

Cuando en 2012 Artur Mas y Junqueras se liaron la manta a la cabeza y comenzaron un proceso que llevaba a la separación gracias a un relato de hispanofobia, todo cambió para Barcelona, ya que es la máxima visualización de una Cataluña fuera de España. Para ellos es prioritario luchar contra su hispanidad ya sea impulsando el monolingüismo o enterrando cuantas huellas de lo español abunden. Y no les importa que eso sea negativo para mantener su histórica capitalidad en muchos aspectos, sobre todo económicos y culturales.

Desde mitad del XIX hasta finales del XX, Cataluña fue la fábrica de España, beneficiándose del mercado nacional frente a los aranceles de otros países. Durante el franquismo se aumentó la apuesta industrial mientras en otras regiones imperaba una desértica soledad. Baste como ejemplo el hecho de que en la Zona Franca de Barcelona, en la desaparecida SEAT, llegaron a trabajar 25.000 personas, la mayor concentración obrera de España. Ahora, merced al imperio del independentismo, que puede engañar a muchos ciudadanos, pero no a los empresarios respecto al hecho de que la secesión significaría la inmediata salida de la UE, miles de empresas se protegen cambiando sus sedes sociales (y muchas operativas) a otras ciudades, sobre todo a Madrid. A partir del año del referéndum independentista la economía catalana ralentizó su avance. Se colocó en crecimiento acumulado a la cola de España y a dos puntos de la media de la UE.

La última vez que fui a Barcelona el centro de la ciudad ardía por el fuego de las protestas por Hasél, de claro sesgo independentista, superando las de otras ciudades españolas. "La CUP gobierna Cataluña apuntando con el puño los huevos del president de la Generalitat. Estamos gobernados por deficientes mentales enarbolando esteladas en patriotera burricie y en pútridas mermeladas sentimentales", dice Juan Marsé en Notas para unas memorias que nunca escribiré. Paseando por la ciudad vi el vacío creado por la errónea publicidad independentista. Más allá de la pandemia escuché otro silencio en las calles y un rostro de derrota en las gentes. Le pregunté a mi acompañante catalán por aquel viejo esplendor que habíamos vivido juntos en tantos de mis viajes. Me contestó que esa vieja sensación de fiesta, alegría y cosmopolitismo que envolvía la ciudad había sido el primer vencido del laberíntico procés.

Pero como dice el Eclesiastés, "nada hay nuevo bajo el sol". Gracias a Enric Juliana y a su prólogo de Tot s'ha perdut, de Agustí Calvet, Gaziel, sentí, en un artículo publicado el 11 de octubre de 1934, la clarividencia del pasado como un ejemplo para el futuro: "Mientras escucho me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra -que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente- en el preciso instante en que Cataluña, tras largos siglos de sumisión había logrado, sin riesgo alguno, gracias a la República y a la Autonomía, una posición incomparable dentro de España, hasta erigirse en su verdadero árbitro! ¿En estas circunstancias la generalidad declara la guerra, esto es, fuerza a la violencia del gobierno de Madrid, cuando jamás el gobierno de Madrid se atrevió ni se hubiera atrevido a hacer lo mismo con ella? Y eso, ¿por qué?", escribe Gaziel.

Y esa es la pregunta que muchos nos hacemos, fuera y dentro de Cataluña: ¿Cuál es la intrínseca, complicada, oscura razón de esta deriva que pretende arrasar una memoria viva para crear un futuro oscuro e incierto?

El Mundo

Fotografía: Sean Mackaoui

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