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LAS CUATRO Y DIEZ

04/04/2020

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Son las cuatro y diez cuando comienzo a escribir. El cielo es la pantalla gris del verde denso de los pinos. El aire es frío, muy frío, como el de aquel invierno en Madrid cuando me refugié en el cine que permanecía abierto todo el día. La oscuridad y el vaho de las imágenes me adentraron en mi mundo, un lugar más cercano a la ficción que a la realidad, y mientras afuera el invierno cosía más tristeza en la soledad de los ojos de los vagabundos. Cuando salí del cine, con los ojos borrosos y las manos heladas, abrazando los libros como países futuros, me fui al café de la esquina. Aquella tarde podía hacer cualquier cosa menos ir a las aburridas clases de la Facultad de Periodismo. Me senté en una mesa lejana y pedí un cubata. Leche Pantera la llamábamos. Peppermint con leche y no sé qué más. Ojeé alguno de los libros mientras esperaba a mi cita. Y entonces fue la primera vez que escuché esa canción de Aute. Las cuatro y diez. Escuché la letra, "...fue en ese cine, te acuerdas…" y sentí una profunda melancolía, una intrigante sed de belleza, un ansia de amor aunque fuese amor perdido, aunque fuese un amor imposible perdido en la nostalgia de algo difícil de nombrar.

La música era tan hermosa. Era tan fácil atraparla dentro y sentir que brotaba de cualquier fuente del alma. Era tan sencillo dejarse llevar por ella y viajar al país de la melancolía, y allí devorar un extraño gozo poético que despertaba una luz profunda interior que alimentaba esa perenne sed juvenil de eternidad, de espíritu, de amor inmenso, de tristeza fecunda, de poesía indudable, no sé de qué era, solo sé que era de demasiadas cosas.

En un cine perdido de un pueblo oscuro, con calles llenas de hollín y frío, permanecía la sombra de mi primer beso de amor. Estaba dormida dentro de mí, y lo supe bien cuando la letra de la canción de Aute me iba llenando todos los vacíos. "Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del edén, James Dean tiraba piedras a una casa blanca, entonces te besé". Me hervía el alma. Me sentía devorado por el arte. Jamás una canción había conseguido crear en mí esa percepción de algo sublime. Conocí a Aute un día y se lo dije. Sonrió. Luego mantuvimos contacto epistolar y me hizo comentarios de alguno de mis libros que leo ahora con mucha tristeza. Pongo Las cuatro y diez, y parece que no han pasado tantos años, que algo hay en el arte tan poderoso que es capaz de resistir a la voracidad del tiempo.

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