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EL HAMBRE DE TENER

24/11/2019

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Leo la lista de los 375 más ricos de España, y como por supuesto mi nombre no está, ni aún puedo considerarme rico -soy pura clase media pagana-, mi cerebro se dispara en especulaciones sobre qué es la riqueza, sobre el valor del dinero, sobre esa esencia del tener en una sociedad mercantilista. Como soy literato me viene enseguida aquella aguda frase de Machado que distingue entre el valor y el precio de las cosas. "Todo necio confunde valor y precio", dice Machado. Pensaba, creo yo, en aquello que existe en la vida y no se puede comprar, como el amor, la amistad o el respeto, virtudes ajenas a la medida del vil metal, pues en cuanto se pueden medir por él, ya no son ni amor, ni amistad, ni respeto.

Quevedo, más cruel que Machado, decía que el dinero es el Narciso que no tiene amor sino a sí, bella definición de la avaricia, de ese impulso de alguna gente por acumular más y más con un hambre de riqueza insaciable. "Tener más para mí sería como una salsa que me diera hambre de más", expresa Malcolm en Macbeth, añadiendo el hambre de poder, pues tanto uno como otro pueden no tener límite en algunas mentes que Rabelais llamaría orófagas, esto es, comedoras de oro.

Esa hambre de dinero, tan humana, es la causa de que un tercio del PIB mundial esté en manos de cien empresas. Y también de que, a pesar de la buena voluntad de Machado, el símbolo de la época es el de poseer aquello que por el dinero se posee, llenando las mentes de los jóvenes del objetivo del lujo y la riqueza, y enterrando valores de austeridad, o de idealismo y de solidaridad. El cínico Wilde lo explicaba muy bien. "Los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo, cuando llegan a viejos lo comprueban". Son los valores imperantes, los que horas y horas del día y la noche se inoculan en sus retinas y neuronas expectantes de futuro.

Ojeo la lista de esos ricos y me viene una reflexión que Yourcenar pone en labios de Adriano. Dice que parte de nuestros males provienen de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos, o desesperadamente pobres. Esta segunda aseveración es mucho más importante que la primera. Porque, como dice Quevedo, en todas las naciones el pobre es el extranjero. Pienso que el problema no está en la existencia de la riqueza, sino en la existencia de la pobreza, y en que el exceso de la abundancia de unos implique la escasez de muchos. En todo caso no me molesta que haya gente tan inmensamente rica, lo que me molesta es que haya gente tan inmensamente pobre.

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