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MUJERES EN LA FRONTERA DEL DOLOR (Cap.III)

22/10/2018

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ESPAÑA MIRA A LA MECA (III)

La frontera del Tarajal abre cuando aún las luces del día no se han apoderado de Ceuta. Las más diligentes, de las treinta mil personas que la cruzarán, ya esperan cuando el alba derrota a la noche. Puertas giratorias, pasillos de vallas con pequeñas cuadrículas, cerrojos de hierro, rollos de alambre espinoso, oficinas desconchadas, automóviles viejos, motocicletas, colas y más colas que aspiran el aire de un día lluvioso mientras la Policía ausculta el rostro, el corazón, toda la presencia de los que pretenden entrar en Marruecos, o en menos cantidad, volver de allí para regresar a España.

Los pasillos de alambre y rejas esperan a una multitud de mujeres. Algunas de las que vienen tienen trabajo, sobre todo en el servicio doméstico, y casi todas las que van llevan unos enormes fardos que, en algunos casos, tienen incluso más volumen que su cuerpo. Adoptan entonces una postura de adoración al suelo, encorvadas hasta casi besar las baldosas. Se agarran a la valla que las ordena para no caer. Anodinas, como ausentes, mientras el tumulto de la mañana se apodera del Tarajal, miran la extática presencia de los policías que apenas si pueden atender a las múltiples demandas que les hacen. A veces han tenido que cortar las cuerdas para que no haya ahorcamiento o aplastamiento.

Las mujeres, antes de llegar a la selva de alambre, pinchos y rejas, a ese infierno en la tierra, sestean en una cola densa mirando al destino, esperando la muerte de esas horas que hay antes de que puedan soltar la enorme carga en Marruecos. Peor son los días de sol hiriente, me dice un policía con el que comento la escenografía femenina de la frontera. Ellas, cubiertas hasta la extenuación, sólo muestran al mundo revuelto su rostro. Envuelven la carga que soportan en grandes telas finas o sábanas viejas. Están en el camino directo que abre la Policía entre el polígono del Tarajal y la frontera. Enfrente les espera ese pasillo de semblante indudable carcelario.

Entre el barrio del Príncipe y el mar, está el polígono del Tarajal, casi como un escenario de la serie The Walking Dead. Calles desiertas después de la partida de la gente, hormigón descarnado, esquinas aletargando desperdicios. Sus almacenes blancos, grises y verdes, alineados de manera militar en una parte y plenos de desorden en otra, tienen mantas, guisantes, garbanzos, almendras, especias, alfombras...

Las mujeres llevan los fardos a Marruecos porque hay aranceles de entre el 40 y el 80%, y aquí sólo el 10%. Lo lógico es llevar 30 kilos, pero un rápido vistazo aclara que llevan muchos más, hasta 60 y 70, o incluso 100, según la Policía. Me acerco para hablar con ellas. El viento levanta las telas y llena de gotas vivas de cristal los finos impermeables que las cubren. Quién pudiera trasladar fuera de allí sus sentimientos. Qué es el periodismo sino un puente entre la desolación y la palabra. Cuando me presento como periodista desconfían, no sienten que algo de ellas pueda interesar a alguien. Luego ante mi insistencia miran a los hombres que están en otra fila, como pidiendo permiso, y después de un silencio, que rompe la pequeña llovizna golpeando las verjas, alguna valiente se atreve a hablar.

Pasar los fardos es la labor diaria. Lo hacen desde hace muchos años. Gran parte de Ceuta vive de ese comercio. Les pagan cinco euros, algo al cabo para llenar la escasez de la casa. Pasan todas las veces que pueden. Mientras hablo con ellas, metido en ese mercado de dolor, percibo que la imagen que tengo enfrente es espeluznante. Mujeres, de casi todas las edades, acordonadas por el enjambre de telas, dobladas al lado del granito de la pared, con bolsas de plástico en la cabeza a modo de capuchón contra la lluvia. Una invidente cual tortuga sombría, ahogada en su caparazón espera doblada para moverse.

Me fui cuando el alba ya era color cereza. Y esa imagen de las mujeres como cuerpos de carga me asoló durante todo el día. A medio día partimos para Granada. Al llegar a Algeciras los hierros del ferri crujieron al chocar con el muelle. Un rechinar de cadenas acaso. El AVE, en poco tiempo, nos dejó en Granada, la ciudad española con mayor número de conversas. Durante los años 70 y 80 la comunidad hippie la convirtió en su centro de operaciones. Según me dijeron después Imán y Salija, conversas, llegó mucha gente del extranjero perdida, con un anhelo insufrible que calmó la palabra de Alá.

En el barrio de El Albaicín, al lado de la Alhambra está la Mezquita Mayor de Granada, inaugurada en 2003. La mayoría de sus miembros son conversos. Entran en los pasadizos de Alá siempre los viernes a las tres de la tarde. No es necesario preparación. Tampoco cuesta dinero. Dura 10 minutos. Se repite tres veces el testimonio de fe. No existe ninguna autoridad verdadera salvo Alá y su mensajero, Mahoma.

Desde la mezquita, la Alhambra al fondo es como el palacio que el tiempo ha guardado. La belleza se agarra a la mirada y no quiere que los ojos se alejen. En la colina, con la alcazaba sujetando el cielo, la Alhambra emerge sobre los cipreses tendida en un reposo divino.

Por las calles estrechas del Albaicín, Ana Terradillos entrevista a Imán y Salija. Pilar y Rosario, nombres ya perdidos en el tiempo. El trasiego de las calles abriga sus palabras. Bares, veladores, macetas, la plaza con un mercado de verduras y frutas que respiran desordenadas. "Nos dicen que hemos venido a invadir otra vez Granada", dice Imán con voz dulce y maternal. Salija no se siente conversa, sino abrazada. La fe es su naturaleza. Pasean con Ana por las calles vivaces del Albaicín. "La mujer debe ser contenida en sus apetitos", dice Salija. Entran en la mezquita a rezar separadas de los hombres. Mientras se cubren con el pañuelo no dejo de pensar en las mujeres porteadoras del Tarajal, en esa terrible carga de la realidad sobre sus espaldas empujándolas al suelo.

Y no puedo dejar de sentir, con Alí Admad Said Esber (Adonis), que en Occidente, para hablar del velo integral, se utiliza el vocablo "burka", término que significa "oveja" o "animal rampante" o "bestia de carga". La imagen de las mujeres del Tarajal traspasa el estrecho trasladando una metáfora sombría a mi lado. Un inmenso falo en el paraíso, destinado a la penetración de la mujer, espera más allá del tiempo. "Vuestras mujeres son vuestra campiña, id a vuestra campiña como queráis, si se muestran desobedientes, confinadlas en las habitaciones, golpeadlas, casaos con las mujeres que gustéis, dos, tres o cuatro, los hombres están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos con respecto de otros", dice el libro sagrado.

Hoy Daesh, en Irak y en Siria, organiza concursos para elegir al mejor lector del Corán ofreciéndole al ganador una mujer cautiva.

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