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EL BARRIO DE EL PRÍNCIPE, UNA ACUARELA DE SOMBRAS (Cap.I)

15/10/2018

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ESPAÑA MIRA A LA MECA (I)

Desde lejos El Príncipe es una acuarela pintoresca. Casas de tres o cuatro pisos en amalgama de colores. Amarillas, rosas, verdes, blancas... Al atardecer un velo rojizo las prepara para el inmenso silencio de la noche. Entonces los autobuses suben desde el centro de Ceuta escoltados por la Policía. Arriban a la cuesta del Quemadero una vez que la mezquita Siddi Embarek queda atrás. Un bosque de eucaliptus sin aliento los recibe. Son cuatro niñatos los que atracan los autobuses, comentan sus habitantes. Pero los conductores no quieren subir sin custodia policial. Mario, más de 50 años, pulcro semblante, lo dice con pesadumbre. "Vienen dos encapuchados y te apuntan y dices lo que Dios quiera. No piensas en nada más, sino en que se ha acabado la vida".

La noche se acerca a las casas ausentes del barrio. En la cima de la montaña los edificios se confunden con las nubes blancas. Las farolas enseñan un vacío en los reflejos que muestran. El barrio está arruinado. Cada uno aguanta como puede. De vez en cuando se pueden transportar fardos por la frontera hasta Marruecos. Treinta kilos. Les pagan 20 euros como media. De eso viven muchos y luego de los empleos temporales del Ayuntamiento. Mohamed, al lado de unos puestos de sardinas, fruta y repostería árabe, me pone el rostro grave y me dice que en El Príncipe rige la ley del silencio. Ocho tiroteos en un año y ningún testigo, nadie ha visto nunca nada, al final sólo queda la víctima con su plomo adentro. Aquí está el centro de operaciones de la ruta del hachís por el Estrecho.

Visito El Príncipe con Lashen, a quien he conocido en la entrevista televisiva que Ana Terradillos ha realizado a Hind, su mujer. Es la única familia que ha aceptado que las cámaras entren en su casa. El resto tienen miedo a ser señalados. Tienen cinco hijos, entre siete y 13 años, que pululan briosos por la casa. Noor, Yusra, Raola, Lina y el único varón, Saifi-Din. Lashen está en paro y sólo tiene una ayuda de 300 euros.

Mientras habla Hind me acerco a uno de sus hijos y miro sus dibujos. Nos ha pintado en unos pocos minutos. Cuatro líneas de ternura para cuatro rostros. Los demás niños nos envuelven divertidos. Es un día especial no sólo porque saldrán en Telecinco, sino porque ven por primera vez lo que hay detrás de las cámaras. Yusra me dice al oído que es el día más feliz de su vida.

Hind lleva un hiyab que sólo deja ver su rostro de ojos grandes. Es bello y melancólico. Mientras habla el sol de la mañana, blanco y refulgente, se filtra por los poros de la seda. La mujer expresa angustia a la cámara. Qué será mañana. El alimento, los hijos, la vida incierta. Las palabras salen cortadas, prólogo de lágrimas que se vierten heridas. Los niños comen tristeza, no tienen muchas razones para desear que llegue otra cosa que la hora de la oración, me dice sin mirarme.

La miseria es más llevadera mirando a Alá, rezando al aire libre en Loma Margarita, en el balcón con olor del mar o en la mezquita Siddi Embarek, que está en el camino hacia El Príncipe. Algo así nos dice el anciano Achraf mientras voy con Lashen por el corazón del barrio. Callejuelas estrechas, solares llenos de piedras y matojos, caliza y sequedad como estaño viejo en la sombra, uralitas ruinosas, encendidas bajo el cielo, barandillas, hormigón ennegrecido...

Hay 12.000 habitantes, o quizá más, porque de los miles que cruzan la frontera todos los años muchos se refugian aquí. Comenzó a florecer durante el franquismo. Era terreno militar y los regulares, después de la guerra, se fueron asentando en esta ladera. Antes se llamaba Buenos Aires. Con el tiempo se fueron marchando los cristianos, hasta desaparecer. Hoy son todos musulmanes. Paro, criminalidad, drogas, poca escolarización, miles de indocumentados... es la más cierta fotografía...

Con Lashen, como mi Virgilio particular, y su familia voy por El Príncipe. Jamás me he sentido tan seguro. Nos acercamos a un grupo de mujeres con chalecos amarillos. Los útiles de limpieza están al lado. Las angostas y estrechas calles bien asfaltadas apenas tienen suciedad. Lashen les dice que escribo para EL MUNDO. Entonces me rodean con sus cuitas. Papeles, papeles, papeles. Empleo, empleo, empleo. La violencia, me dicen, no es tanta como la fama. Basta que pase algo para que todo el mundo crea que estamos en guerra.

Es una mañana reluciente. Cielo azul y el mar al fondo como un vasto espejo tirado. Intenso murmullo de niños. La cantinela de los hombres, además de lo mismo que las mujeres, añade esta frase: soy español. Sienten que España no los quiere. Dos mil sin papeles o muchos más. Un 80% de jóvenes sin trabajo. Se arremolinan pensando que soy una especie de notario generoso y que algo haré para la resolución de sus problemas.

Estamos cerca de la Fundación Cruz Blanca, la única salida para muchos. Huele a asfalto y humanidad. El sol cruza el cielo limpio y se estrella en los chalecos de las mujeres. Oro, ámbar, juego invisible de membrillo en la pobreza, pespuntes amarillos bajo las casas coloreadas del Príncipe. Los niños de Hind escriben los nombres, y la cuita. Mustafad, Mohamed, Ahmed, Morad -quien me muestra su casa con el sótano reventado-, Chelf, Siham... Ellas, Ouafah, Ischa, Mariam, Samra, Horia Rajia, Nadia... Quieren trabajar, no quieren vivir de las ayudas sociales.

Una bruma de quejas en la mañana. "Escribe", me dicen todos, seres sin destino, gente sin otra vida que el lamento. Sin trabajo no hay papeles, y sin papeles no hay trabajo. Se acercan muchos mostrando el permiso que sólo les vale para viajar a Marruecos. Suplican que escriba de la indignidad y angustia de tener que vivir sin patria, sin lugar, perdidos en un barrio duro y angosto. "Soy español, mi padre luchó en la guerra". Mientras me hablan las mujeres permanecen lejos, mirando cómo nos rodean huesudos, barbudos, los ojos hundidos y la boca anhelante.

Antes, en El Príncipe, vivían cristianos y musulmanes. Ahora sólo vive un cristiano, el Cristo de Medinaceli. En Semana Santa lo trasladan en procesión a la iglesia de San Ildefonso. Un río de mantillas, nazarenos, faroles, velas, monaguillos, ciriales, y abundantes policías, van por las calles empinadas ante la indiferencia de los musulmanes, la mayoría en los balcones mirando con ajenidad el espectáculo.

Luego la procesión cruza frente a la mezquita de Siddi Embarek. El viento huele a muchedumbre, velas y sombras. El Cristo con su agonía frente al miranete blanco y verde de la mezquita. Dos enhiestos símbolos de dos culturas frente a frente al atardecer, y como ambientación real las refulgentes luces azules de las patrullas de la Policía custodiando una paz siempre a punto de romperse.

La imagen es referente de la ciudad de Ceuta. También prólogo de lo que va a pasar, está pasando, en muchas ciudades de España. Dos millones son ahora mismo tan españoles como cualquiera.

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