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MITOS Y LEYENDAS DE LA REPÚBLICA CATALANA

18/06/2018

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Cerró los ojos y vio las flores de la primavera bañadas por el vaho del Rin, el verde tierno de los setos, los trinos lejanos de los pájaros regresando del sur, las bocinas de los eficaces, bellos y sólidos coches alemanes, y vio también a Puigdemont saliendo de su refugio cibernético o realidad virtual. Se hace carne y habla de la historia herida de Cataluña se dijo en aquel sueño que le embargaba antes de entrar al Parlamento para soltar el discurso y ser elegido presidente.

Jamás había imaginado que podría llegar tan alto. Jamás que estaría al lado del mismo padre de la independencia, quien en los siglos futuros, como en Sudamérica Simón Bolívar, impregnaría los discursos de referencias y las plazas de estatuas con su efigie, melena quieta en la piedra, mirada de libertador, presencia de héroe... Lo veía, como todos los héroes, tocado por la mano generosa del destino siendo materialista, que si pensaba desde un punto de vista trascendente no podía dejar de ver el dedo divino en la unción de aquel que tendría que liberarlos.

Mientras dormía un rato en su despacho, esperando la hora de salir al coso parlamentario, repasó dos hechos que de manera indudable ligaban su afán separatista con el designio divino. No puede ser otra cosa, se dijo, pues aquellos rezos y aquel ayuno patriótico, procesiones, rogativas, penitencias realizadas por 70 militantes del separatismo beatífico, chupacirios, en enero de 2016, encerrados durante 24 horas en la capilla de la Escuela Pía Nuestra Señora, en Barcelona, había conseguido, con el nombramiento de Puigdemont, la ayuda del Altísimo para favorecer la buena marcha del proceso rupturista. La pretensión de los ayunantes era visar su corazón colectivo manchado por el pecado para encontrar la pureza virginal, y así todos angelicales, salvar a la patria de la invasión de siglos perpetrada por los españoles.

Dentro de su sueño imaginó al Altísimo llenando de esteladas todas las rotondas del Ampurdán. Y así se hizo. Y luego se dijo que el Señor es extraño en sus designios, pues después de que aquellos 70 separatistas, pertenecientes a una facción eclesial de la ANC, imploraran el proceso rupturista como segunda actuación divina llegó lo de la CUP.

¿O acaso, vistas las posibilidades de empate en la emisión de 3.030 votos, no había sido la intervención divina quien había gestado esas matemáticas tan extrañas? 1.015 votos frente a 1.015. Más que una votación un rito en el que los jóvenes, y no tan jóvenes, conmilitones de la CUP no sabían que estaban siendo usados por el fervor divino nacionalista. Fue entonces cuando el enviado Puigdemont apareció y ese ardor despectivo histórico hacia los castellanos, o españoles en general, comenzó a escribir la gran historia que él ahora iba a continuar como enviado del enviado.

Cierto era que en esa farsa divina a él le había tocado un papel de vanidad pitufa. A pesar de ser presidente de la Generalitat, en pureza democrática de todos los catalanes, habría de ejercer a los pies del elegido, perro fiel lamiendo a su señor, guardando sus pensamientos, comprimiéndose casi dentro de su boscaje capilar y eso que había escrito 400 artículos danzo caña a la españolía, y había publicado un decálogo mediante el cual más de la mitad de los catalanes eran traidores, botifler, a la sustancia étnica, teológica, racial y cultural catalana.

Sí, tenía un papel de marioneta. Los dedos de Puigdemont movían sus sinapsis cerebrales pero con el tiempo, cuando se estudiase el procés en la escuela y cientos de historiadores realizaran su exégesis, o los teólogos de la catalanidad escribiesen los evangelios de la República, todo el mundo se daría cuenta de que, como enviado del enviado, él era una especie de evangelista primus inter pares del separatismo, Petrus Quim en tus manos coloco las llaves de la república le diría el enviado, y así uno como padre desde la lejanía, corporeizándose por Skype y lanzando sus leyes por Twitter, y el otro como hijo enviado sabedor de que venía a la pasión, aunque por su naturaleza bonachona todo con una sonrisa, ofrecerían a los catalanes una religión única y verdadera, una trinidad republicana. ¿Que quién era el Espíritu Santo? Pues no sería otro que la CUP. Ellos mantendrían la llama viva de lo etéreo y el motor diésel de las fuerzas de la calle.

CUP. Quién le iba a decir a él que evangelizaría con la CUP. Pero como ya sabía los caminos del Señor son inescrutables y él solo era el enviado del enviado y solo podría permitirse algún tipo de flaqueza si nadie le miraba. En el sueño, como un canto nacido del corazón de los campesinos medievales, escuchaba un trino en verso libre que decía: Puigdemont desde las nubes alemanas / mira a Cataluña / como un comandante mira / los ojos de sus soldados por ver / si morirán felices en la batalla.

Con ese trino en el estómago llegó al Parlamento alegre y entusiasta. Dirán las crónicas futuras que apenas hubo mueca de disgusto cuando Inés Arrimadas le dio una buena paliza dialéctica, tunda de golpes a la mandíbula con cada uno de sus artículos de pensamiento por caciques, racistas, xenófobos, supremacistas, sosos, carentes de ingenio y pasados de rosca y tiempo. Solo le dolió algo lo de sosos. Pero lo demás, a un tipo tan snob como él, apenas si le escoció en la jacarandosa geta.

Él, piróforo de la antorcha que el enviado había puesto en sus manos, cómo iba a escuchar a aquella que no había nacido en Cataluña y quería gobernarla. Él, que fue caganer en un belén viviente en la plaza de San Jaime durante dos semanas, por la mañana y por la tarde y por la noche, y no se subió los pantalones en todo el tiempo, y soltó todo lo que tenía en el intestino por la libertad de la patria, cómo iba a escuchar a aquellos que no habían mamado tetas catalanas, que no habían sido zarandeados por la tramontana cuando niños ni habían entonado los himnos patrióticos al son de las vacas, los prados y los huertos de la infancia.

Aunque el frío y la humedad se estrellaron contra sus muslos desnudos y sus posaderas gordas aguantó por la futura república catalana. Viéndolo alguien dijo que era tan listo que cagaba neuronas. Y que después de tanto tiempo en cuclillas cagó tantas que solo le quedaron aquellas capaces de vituperar a los españoles.

Fue muy difundida por los medios separatistas su hazaña. El caganer es un símbolo de la singularidad folclórica catalana. Por eso se batió en una tertulia contra unos tipos que defendían que el escatáforo personaje, o portador de heces, también asoma irreverente en los belenes de algunas comarcas de Murcia, de Canarias o de Portugal, datos que de manera irreverente lanzó para chinchar separatistas Javier Toledano, uno de esos herejes que no admite los presupuestos tribales y de racismo cultural en los que se basa la teología del catalanismo excluyente.

Estaba leyendo el discurso en el atril. Sus palabras eran fiel reflejo de su pensamiento nacionalista, ancladas en las leyes ilegales de la desconexión. Estrellaba en los rostros cariacontecidos de los constitucionalistas su desafío. Burbujeaba su gaznate con los aplausos de los separatistas. Pensaba en cómo el enviado desde lejos asentía con cada una de sus palabras. Finalizó su perorata fustigando las tinieblas hispanas, el imperio de sus leyendas y el valor existencial, torrentoso, primigenio y victorioso de su tribu.

ARRIMADAS. Después comenzó a hablar Inés Arrimadas. Pero bien sabe Dios que apenas sí escuchó alguna frase aunque la mirara. Tenía los ojos abiertos pero había regresado a su sueño, el que tuvo mientras esperaba el nombramiento. Mientras ella expresaba la estupefacción, dolor, tristeza, angustia de más de la mitad de los catalanes, él sonreía.

Inés se enfadaba por ver ese desatino, esa falta de educación, esa calma racista envuelta en una sonrisa. Pero lo que no sabía es que no la estaba escuchando. Recordaba que cuando cerró los ojos vio que ya estaba en la independencia, y que una parte del Parlamento, en la que estaban los diputados constitucionalistas, era de espuma. Los diputados eran burbujas que pronto comenzaban a subir por el aire, cada una con una cara, e iban volando por las maderas nobles y las lámparas refulgentes. En cuanto chocaban con algo las burbujas explotaban y los diputados desaparecían. En poco tiempo todas las burbujas explotaron. Entonces se quedaron solos los separatistas, y una voz rápida y correosa, en catalán, sonó. Era la de Puigdemont. Les dijo que cerraran los ojos, y que con él, el enviado, la Arcadia feliz ya estaba empezando a florecer.

(SUPLEMENTO DE EL MUNDO EL ESPECTADOR INCORRECTO, DEL 18 AL 25 DE JUNIO 2018)

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