31/03/2018

PALABRAS PARA UN SILENCIO

Escuchad el mensaje de mi dolor, nos dice el Cristo clavado en dos maderos viejos, bajo la tormenta del mundo, al lado de aquellos que le aman y de muchos curiosos que se preguntan por qué del pecho de un Dios mana la sangre. He visto esas imágenes en muchas películas, pero solo retengo en mi mente las que vi en la penumbra de la iglesia antes de salir a las calles del pueblo, donde miles de almas las esperaban, unas en manos de la curiosidad, otras albergándolas en sus corazones, como en la tierra llena de sangre que sujetaba la mismísima cruz. Dice Antonio Machado que no quiere al Jesús del madero, sino al que anduvo sobre la mar. A mí me parece que son dos imágenes que se complementan hasta crear una unidad vital inmensa. El que anduvo sobre la mar representa el poder de lo humano en la naturaleza, ese don que solo tiene nuestra especie, y el valor de la fe para llegar hasta lo que parece imposible. Una enseñanza profunda para un mundo extraño. Pero el Cristo envuelto en el dolor humano manda quizá el mensaje más necesario de todos, el de la esperanza, pues sin ella la vida sería el infierno más terrible, y vivir una condena insoportable.

En una Semana Santa llena de niebla atardecida, donde los penúltimos rayos del sol creaban un velo rojo que cubría las casas bajas y viejas, vi aparecer al Cristo con su corona de espinas devorando la frente, con sus yagas sudando sangre, su mirada al cielo perdida entre la plegaria y la justicia. Entendí entonces que uno de los pilares más sólidos de ese mensaje de Joshua de Nazaret es el de su entrega al dolor. Quiso que supiéramos que era capaz de comprendernos tanto como para sentir el mayor dolor que pudiéramos sentir. Un Dios humillado, dolido, encarnecido en el desprecio, ahogado en su sangre, está mandando el mensaje más certero para el humano. Quiero ser como tú. Sentir como tú. Dolerme como tú para que entiendas que el verdadero amor se impregna de la realidad de lo amado. Las gentes recibían al Cristo con mucho respeto. Los tambores parecían los latidos del silencio. Los curiosos miraban entregados. Los convencidos miraban con sus entrañas abiertas, y aunque no era cristiano, aquel día el Evangelio me venció. Sentí mientras miraba el rostro enjuto y destrozado de Cristo que cualquier dolor del tiempo o el no tiempo que tuviera sería consolado.

La noche enciende un intimismo en el corazón. Y puedes estar rodeado por una multitud, a veces jacarandosa, pero si lo que ves te abre las carnes y se aloja en el cerebro de tu pecho entras en un diálogo con tus sentimientos y aquello que los promueve desde fuera. Quizá en la iglesia más honda de mi ser hay una voz divina, siento. Y el corazón me estalla de gozo cuando de mí se apodera.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 22/04/2018 a las 16:04h.