18/03/2018

CRIMEN Y CASTIGO

Estoy leyendo con sumo esfuerzo la última novela de Paul Auster, 4321. Es un tocho de 957 páginas que no me está gustando tanto como Trilogía de Nueva york o Cuaderno de invierno. Refleja la evolución de una familia de judíos dentro de la historia norteamericana desde los años cincuenta. Demasiado se ha escrito sobre eso y creo que Auster no aporta nada nuevo. Pero lo que sí me ha llamado la atención, sobre todo por el hecho del brutal asesinato de Ana Julia, es la razón por la que dice el protagonista, Ferguson, se hizo novelista. Habla de diversas lecturas de los rusos, Gogol, Turguéniev, Tolstoi, y sobre todo del que considero mejor novelista de su época, Dostoievski, y de éste su gran novela Crimen y castigo. Dice Ferguson que al leerla ya no albergó dudas sobre su futuro, porque aquello era lo que una novela podía hacer en el corazón, la mente y las opiniones más arraigadas sobre el mundo. La leí hace mucho tiempo, y en cuanto vi los hechos de esa mujer pensé en los demonios que habrían de vivir en su mente justificando la terrible maldad que quiso hacer.

Nada tiene que ver el estudiante Raskolnikov de esta obra, justificando la maldad, con Ana Julia, ya que el primero persigue unos fines humanísticos y ella debió actuar por cualquiera de las más bajas pasiones del ser humano. Pero sí es cierto que cuando, después del asesinato, la conciencia del estudiante se desmanda dentro la maestría de Dostoievski araña todos los pasillos de la conciencia, creando una epopeya profunda sobre la complejidad de la mente, y ahí podemos ver a Ana Julia. Su camino hacia la acción malvada, las justificaciones profundas, la entraña del ser desmandándose en la malvada acción. Por un momento me gustaría abrir la frente de esa mujer, apartar sus cúpulas exteriores, y llegar a ese profundo propio en el que decidió matar a un pobre niño de ocho años que seguramente molestaba a sus designios. La ambición, el egoísmo, la furia, todas las pasiones debieron unirse en una danza macabra que ofuscó el más mínimo recoveco de buena humanidad que pudiera haber.

También me pregunto si en su conciencia, como en el personaje de Dostoievski, desea el castigo que pueda purgar su terrible acto. Si siente que esa gran brutalidad, terriblemente odiosa, que justificó en lo profundo, hasta convertirla en realidad, desea acercase al dolor del castigo, no justificar ni un ápice nada para evitar la más dura sentencia. Habría que entrar con un machete en esa selva para ver las sinapsis que alentaron el mal. No sé si el sufrimiento podrá purificar su alma, como se dice en la religión, pero no puedo entender que no pueda desearlo, que no abrace el castigo para al menos dentro de sí, en su más honda conciencia, comience la putrefacción a disolverse en las sombras.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 22/04/2018 a las 15:04h.