25/11/2017

OTOÑO EN CASTILLA

Hay un silencio gris que viaja por el campo. La gran llanura se pierde dentro de él y las montañas al fondo son como personajes que no quieren dejar de mirar la soledad. Las pequeñas vaguadas se encogen, muestran su traje blanco profundo de arcilla y recogen un sol que al mediodía va clareando. Los viejos pinos agradecen el primer frescor que el viento del otoño pone en sus cortezas. Los alcornoques, con sus ojos de niebla al amanecer, esconden los caminos de la misteriosa montaña. Se sienten los centinelas del orgullo de las piedras blancas que el verano dejó sin sangre. Los pocos fresnos que aún siguen adorando el río seco, esperan que vengan las lluvias y cuentan historias a las sombras de cuando el bosque y el río estaban habitados por campesinos que saciaban su sed en las aguas que bajaban furiosas. El aire seco, pero frío, de la llanura deja esqueléticos los rastrojos y desnuda el primer vestido de la madreselva. El romero, el tomillo o el orégano ven a lo lejos el mar amarillo de la llanura. Las hierbas secas se acuestan de nuevo con la muerte, pero saben que cuando muera la muerte volverán a renacer.

Viajo por Castilla sin otro destino que el de mirar el otoño. Admiro como envuelve el sol con sus velos rojizos y amarillos, con sus luces esqueléticas y frías haciendo brillar la paz de los tejados. Cruzo algún pueblo perdido, alguna aldea que tiene cuatro casas solitarias y un pasado de renombre escondiéndose del presente. Alguna vez me espera un pueblo grande y tengo que seguir despacio, detrás de los tractores que regresan a la cooperativa repletos con las uvas verdes que rebosan como gotas de vida. Al llegar al pueblo casi siempre hay un barrio obrero con edificios que fueron cálidos y tumultuosos. Hoy están vacíos y renegridos. Solo se ven por sus plazas grupos de jubilados en ávida tertulia y pocas veces algunos niños rompiendo la serenidad en los columpios.

Siempre me he sentido bien en otoño, como si supiera que hay una serena felicidad en su tristeza. Rubén Darío escribía sobre ese alma autumnal que nos da el placer de la meditación. Pla se refería al otoño como la época en la que es más fácil entender lo desconocido que nos habita. Y Lorca escribía de esa mística que nos envuelve cuando el otoño se apodera del alma del paisaje. En nuestra tierra, en esta Castilla ayer dominadora, y hoy con el silencio del pasado en los ojos, y el corazón del futuro en los labios, el otoño estalla con un manto de penumbra luminosa que da alma al paisaje. Y esa alma, del tiempo y de la soledad, en pocos sitios habla como aquí. Para expresarse no necesita otra cosa que existir en un lenguaje de sombras. Dice un mensaje que al expresarse ya no es de aquí, ni de ningún lado, es del lugar en donde habita el silencio de la primera luz, de la primera palabra.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.