03/11/2017

MARATHON MAN

LAS CUATRO ESQUINAS

NUEVA YORK, CRISIS, GOL, CAVIAR

MARATHON MAN

La vi una vez bajo el aire blanco del frío, sintiendo el calor de las cincuenta mil personas que recorrían New York. Antes, el maldito terrorismo había llenado de sangre la de Boston. Jamás había visto una concentración tan grande de atletas. Multitudes surcando Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan. La gente, desde las aceras, daba la mano a los corredores. El sol se detenía en el viento y la bahía brillaba con toda su posible belleza. Los que iban adelante buscaban la gloria. Los demás, en su murmullo de hormigas, felices cruzaban el puente de Verrazano y crujían los hierros. El destello de la vida se asomaba al rostro de los corredores en East River, antes de llegar a Manhattan. Una comunión llena de paz y gozo invadía la mañana en Central Park.


MADRID EN LA NOCHE

Cuando el gigante muerde el polvo, los halagos se vuelven puñales. Cuando el gigante se queda quieto en la cumbre, lo arrastra el viento hacia abajo. Cuando el gigante se duerme, la tierra media invade sus posesiones. Nadie puede decir que no haya de conocer la derrota. Zidane, impoluto hasta ahora en su senda de entrenador del Madrid, nos había demostrado que sabe ganar como nadie. Ahora tiene que demostrar que sabe perder como todos, o quizá mejor, perder como Zidane, con esa humildad y agudeza que descubre puentes que van a la victoria. El Madrid viaja por su noche oscura, como dice Santiago Siguero rememorando a San Juan de la Cruz, y busca luces de emergencia que le abran la puerta de su propio ser. Que nadie lo dude, volverá la sonrisa de Zidane a romper la tristeza del pasado.


SED DE GOL

A veces el gol se vuelve tan esquivo como el silencio en la tormenta. Reniega de la lógica. Se agarra a milímetros perdidos que sujetan los duendes del infortunio. Parece al alcance de los ojos, pero la verdad es que se esconde en las sombras que las luces del estadio guardan bajo la tierra. Entonces sólo hay que mirar la cara de los goleadores. Esa máscara de angustia que tenía Luis Suárez en el campo, preguntándose por qué el gol se aleja y las piernas se calibran como las escopetillas de feria, apuntando lejos de la diana. Si el fútbol fuese pura matemática, no tendría sentido esa ilógica. Pero como es un arte que reverencia el enigma, espera afirmaciones para desdecirlas, famas para deponerlas, victorias fáciles para volverlas el calvario de los favoritos.


FÚTBOL Y CAVIAR

Todo lo que ayer fue de una manera, hoy puede volverse de otra. El gran ídolo que alimentaba el gozo de las masas, y hacia ellas se volvía señalándose una corona en sus sienes, ahora puede mostrar su rabia porque los gritos de ánimo se han vuelto reproches. Las reprimendas son justas, pues el público paga y por eso crea su propia ley en cada estadio. Griezmann se equivocó. Como antes Cristiano y otros que se creyeron con derecho a la reverencia por glorias pasadas. Aquí se ha acostumbrado al personal a grandes gestas. En el fútbol nos han dado caviar como plato del día y tenemos el paladar exigente y no perdonamos una ración de paella seca. Cuando el público brama, lo mejor que puede hacer uno es callar, arañarse por dentro, y sacar lo mejor de sí para darlo en el próximo partido.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 18/11/2017 a las 16:11h.