29/10/2017

SOCIEDAD CIVIL, EL DESPERTAR DE LA RESISTENCIA

BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (VIII)

El autor pulsa el frenesí en la sede de Societat Civil Catalana, después del éxito de la manifestación del 8 de octubre, cuando decenas de miles de catalanes orgullosos de ser españoles inundaron las calles, una imagen que quieren repetir hoy, ya con el 155 en marcha, en el ocaso del "procés".


El silencio es el ruido de una antorcha que se consume, el viento por los balcones moviendo las banderas, la sed de la desesperanza y el principio de la derrota, sobre todo cuando los que están enfrente no dejan de gritar y sus palabras lo someten todo. Anoté este pensamiento en la libreta vieja sentado en un bar de la calle Córcega de Barcelona. Estaba esperando que llegasen las once de la mañana. Había quedado con Pablo Zaragoza, el jefe de prensa de Sociedad Civil Catalana, para ir a su sede.

Hasta que llegara la hora miraba la calle, me fijaba en los rostros. Quería saber si acaso la gente podía creer o no que se había declarado la independencia. Y como la conversación es el mejor sistema para conocer a un país como el nuestro (Ortega), y quedaba una hora para la cita, me dediqué a preguntar a unos y otros si vivían en un país independiente. Los comerciantes, en general, tenían una ira guardada y percibían un camino futuro de muerte del consumo, creían que había una sombra sobre la vieja felicidad y que había un fuego que estaba devorando lo bueno que pudiera deparar el tiempo.

El dueño de una tienda de ropa, que a esa hora aún no había atendido a ningún cliente, lamentó que se largaran las grandes empresas, y que el separatismo buscara todo tipo de absurdas razones. "La mentira en la política no tiene límite", me dijo mirando el titular de un periódico local que había en el mostrador. "Quieren volvernos payeses", comentó un chaval, dependiente en una boutique de moda que intentaba vencer su soledad cambiando el escaparate. Todos a sembrar tomates, insistió. Quizá pregunté a más de quince personas. En casi todas percibí preocupación.

Pronto veremos los resultados de esta tropelía política. Hablaba el conserje de un hotel en el que se había reducido la ocupación en un 40%. Al hombre le habían desordenado el futuro. Apenas algún florido separatista lo justificaba todo por esa Arcadia feliz, pero la gran mayoría estaba incluso angustiada.

Así pasé el tiempo hasta que llegó la hora. Subí hacia la pequeña sede de Sociedad Civil Catalana, situada en un edificio múltiple de oficinas, una especie de vivero de empresas. No creo que tuviera más de 90m2. Un ajetreo de banderas y carteles ocupaba a unos y otros. La mayoría era gente joven que echaba la mañana en trabajar por lo que consideraban una necesidad en su tierra. Expresaron el deseo de despertar el sueño profundo de la mayoría silenciosa.

En un rincón yacían amontonadas las pancartas de la última manifestación, en la que cientos de miles de personas elevaron a los cielos unos carteles rojos con la palabra "Pau" o "Aturem el cop" (paremos el golpe). Recordé aquel tumultuoso festejo de la libertad, aquel día en el que la Cataluña que se siente española, convocada por Sociedad Civil Catalana, tomó las calles y escuchó las sabias palabras de Vargas Llosa o Borrell.

Dentro de la sede de Sociedad Civil Catalana, la gente iba y venía, atendía el teléfono, preparaba cámaras y papeles, hombres y mujeres en equidad, voluntarios que allí estaban para luchar por una voz que reclame lo básico en una sociedad democrática. El derecho a existir, a no ser aplastado por una maquinaria pública financiadora de una idea de rompimiento de la sociedad. A mi lado, un joven con barba y gafas, de cabello negro como el betún, esperaba también en el pasillo y conversamos. Se llamaba Sebastián Rodríguez, entusiasta colaborador venido de Londres. Era uno de los 400 que gritaron "España" en Piccadilly Circus. Tenía los nervios a flor de piel y se sentía vibrar en algo importante. Estaba orgulloso por luchar para que la normalidad democrática sustituyera a la angustia sociológica. Me dijo que por el Brexit sabía lo duro que es vivir en una sociedad partida. Enseguida saludó a Miriam Tey, fundadora, que apareció salida del cerebro de la sede y se pasó a un despacho, a seguir su tarea. Trabajaba en la próxima apertura en Bruselas.

Me presenté a Miriam, cuya alma organizativa lo impregnaba todo. La conocía como editora y como impulsora principal de CLAC (Centro Libre de Cultura y Arte), al que se podría definir como la Sociedad Civil Catalana del ámbito de la cultura. Pronto percibí que el alma organizativa de Miriam impregnaba todo. Después conocí a José Rusiñol, el primer presidente, ahora responsable de comunicación. Me dijo que allí echaba horas y horas para conseguir el definitivo despertar de la resistencia.

Mientras esperaba para hablar con Rusiñol realicé un pequeño tour visual por las paredes. Me fijé en un cartel que reflejaba el premio europeo conseguido en 2014. "Gracies pel vostre suport, juntos i millor". También me llamó la atención otro sencillo y vibrante. Hablaba de la "Festa d'Espanya i de la Hispanitat", algo capaz de llenar de gozosa complacencia el corazón de mucha gente en Cataluña: "Espanya Sona bé".

Hace años Rusiñol vivía, como tantos, la zozobra por esa sociedad asfixiante del nacionalismo, y quiso hacer algo. Pelear lo evidente. Pensar sin sogas que aten con hilos de hierro las neuronas. Desactivar el veneno nacionalista que va por las venas de la sociedad e inunda los pulmones de la vida. Lector asiduo de John Stuart Mill, sentía que la libertad debe ser el ideal moral de la gente.

Me contó los principios, allá por el año 14, y en su rostro, mientras hablaba, podía ver el latir de dos sensaciones contrarias. La manifestación, que iluminaba sus ojos, y las oscuridades que trae Puigdemont, que los llenaba de sombras. La voz de un iluminado lleva a un pueblo al abismo. Hablamos mucho, pero sobre todo de sus sueños. ¿Cómo es posible que su primer sueño pudiera ser que los separatistas respetaran la ley? Mal va un país cuando sus ciudadanos tienen que soñar esto. Su sueño largo lo expresó Vargas Llosa en su bello discurso. Los días gloriosos del pasado son aquellos en los que los separatistas dormían en su caverna invernal. Cuando han despertado han convertido la gloria en pesadilla. Aquí queda dicho. La luz de la mañana, en una ciudad más vacía, no me dijo que ya habíamos despertado.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 18/11/2017 a las 16:11h.