01/10/2017

BARCELONA, EL MIEDO QUE HABLA CON EL SILENCIO

BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (VII)

Con la torre Agbar como faro, un paseo por Barcelona, de un moderno gastrobar a los barrios más poblados por la inmigración, permite comprobar cómo el monolito independentista no es tal y cómo la fiesta nacionalista provoca una estremecedora soledad en muchos catalanes.


Las ciudades son libros que hay que leer con los pies. Así me he leído muchas veces a Barcelona. Es una de mis ciudades favoritas. No me canso de gozar su gastronomía, de perderme por la belleza de sus amplias avenidas, quiero ser uno más en la muchedumbre de turistas que durante todo el año no dejan de llegar como las olas del mar a la playa de Canaletas. Tengo allí muchos amigos. Alguna vez he ido por razones de trabajo, otras solo literarias, bastantes a gozar de un paseo solitario por el barrio Gótico cuando impera la noche o discutir con amigos de la independencia, cuestión ésta que en los últimos años se ha convertido en un asunto con el que puede peligrar la amistad.

He observado cómo la enzima del separatismo se ha inoculado en gentes que hasta hace poco tenían una visión progresista de España, y otra de Cataluña dentro de ella. Entonces gritaban, como Rafael Casanova, vestido de flores en la Diada, "luchamos por nosotros y por la nación española". Ahora diversos intereses, no todos sentimentales, les mantienen en una opción que no sabe vivir fuera de sus trincheras.

No todos se me han hecho separatistas, por supuesto. Pero sí algunos que jamás podría haber imaginado. Creo que razones de carácter orgánico-administrativo han tenido la culpa. No era el caso de Beatriu, una amiga periodista superviviente de muchas batallas. Trabaja en los medios de la Generalitat y según me dijo estaba librando la más fuerte guerra de todas, pues no estaba en la armonía separatista. Sabía que vivía en territorio enemigo, que la llevaban a tertulias sólo para cubrir el mínimo cupo de las opciones contrarias.

Quedamos a media mañana en el gastrobar del hotel Omm. La carta era de los hermanos Roca. Beatriu sabía de mi pasión gastronómica. Quería que probara la mejor ensaladilla rusa del mundo. En efecto, fue lo primero que pedí junto a un vino del Ampurdán. La ensaladilla era sublime.

Con Beatriu llegó Luisa, una amiga de piel finísima y palabra dulce, que llevaba 40 años en Barcelona. Había nacido en Úbeda y vivía por el Paseo de Gracia. Sabía que iba a ver a otro periodista y traía el trabajo hecho. Había visto la Diada desde casa, como escondida, sintiéndose extranjera. Escuchaba los discursos y no entendía por qué en aquella riada de complacencia, de amor hacia la tierra, se condenaba a la ausencia a los que se sentían españoles.

Nos dijo que tenía la sensación de vivir en un destierro profundo. Parecía que sin moverse de su lugar, de repente, todo comenzaba a alejarse de ella. Para salir de ese destierro sabía que no debía hablar de lo que sentía y aceptar como suyo lo que sentían otros.

Luisa oía la música de la libertad en la calle pero ella se sentía en una cárcel de silencio. Era la matriarca de una familia de catalanes que crecieron aspirando el sentimiento de aquella tierra nueva, pero ni siquiera a sus hijos había hablado de esa lejanía que comenzaba a sentir en su pecho. Me la imaginé en su balcón, extraña con su soledad, mirando el gozo de las familias que la habían excluido de lo que para ella debería ser la fiesta de todos.

Consolamos algo, lo que pudimos, la lejanía y soledad de Luisa. Para solidarizarse con ella Beatriu le contó las veces que debía tapiar sus pensamientos en unos medios en los que el dinero público envolvía las voluntades del Gobierno. También comentó que entendía su soledad, pues así como los separatistas estaban unidos, los partidarios del no campaban cada uno por su cuenta, y además tampoco el Gobierno español ayudaba a que pudieran sentir más acompañada su soledad. En todo caso le dijo que al final esta gente terminaría entendiendo que Cataluña no era sólo para ellos.

Luisa se marchó con dos abrazos grandes. Beatriu y yo terminamos de comer uno de esos menús que uno no quiere que se terminen. Después de descansar un rato seguí con mi tarea. Quería pasar la tarde en la Meridiana y visitar Clot y La Sagrera, barrios en los que la inmigración tanto del resto de España como extranjera era masiva.

Caminé por la Diagonal meditando en lo que había escuchado hasta que la visión de la torre de Agbar me informó de que ya estaba cerca la Meridiana. Vi al lado el tanatorio y no pude evitar pensar que ahí era adonde querían llevar a esta España siempre en proceso de ser, a este país que había cruzado con su enfermedad crónica varios cientos de años.

Entré en la espaciosa avenida. Me desvié hasta el barrio de Salt, donde las casas bajas alineadas recordaban a un pueblo del sur de España. Viviendas obreras, calles estrechas, densidad de coches aparcados. Pasé al primer bar que vi con mi libreta dispuesta. Hablé con un pakistaní llamado Navid. Me dijo que eran 60.000 y todos querían el referéndum para votar no. Seguí después por la avenida y me senté en un velador. A mi lado había unas chicas de Nepal que hablaban regular castellano. Sin embargo me entendieron y dijeron que para nada querían aparecer en un periódico, que no se me ocurriera escribir nada de ellas. Pravha, con unos ojos oscuros intensos, me hizo un gesto que sin ninguna duda quería decir que no se sentía segura si decía lo que pensaba.

Continué hasta un bar que vi en La Sagrera. Allí cinco parroquianos se tomaban la cerveza de la tarde con parsimonia y en silencio. Eran emigrantes españoles. Abrí la libreta y les manifesté mi deseo. Enseguida se revolucionaron y comenzaron a darme instrucciones. Escribe esto, y esto otro, escribe, escribe... Cumplí sus órdenes con esmero y tomé nota de cientos de quejas sobre la seguridad con los inmigrantes extranjeros, la droga, la inseguridad laboral, los problemas dejados por el trabajo único del separatismo.

Lola, nacida extremeña, con más de media vida allí y un montón de trabajos duros, se acercó al lugar que ocupaba en la barra. Me señaló con el dedo en la libreta y me dijo que escribiera que con los inmigrantes no españoles llevan una tarea de asimilación absoluta al independentismo, que algunos asistentes sociales les dicen el siguiente mensaje: si te pones el pañuelo tendrás lo que quieras.

Se hizo la noche y la espaciosidad de la Diagonal se me grabó en los ojos mientras regresaba al hotel. Quedaban pocos días para el 1-O pero no tenía ninguna duda de que el espectáculo continuaría otro capítulo más. Y otro, y otro, y otro...

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.