30/09/2017

TRISTEZA

Tristeza porque las palabras hieren y salen de los labios como puñales que van al corazón. Tristeza también porque debajo de las reivindicaciones más o menos justas sobre la identidad, los recursos propios o el futuro a decidir por quien se considera un pueblo independiente (hasta ahora, en ningún momento de manera mayoritaria, ahora no sé, habría que verlo) no se ahorran mensajes que van más allá de la política y entran en el terreno personal. La palabra español, que es lo que somos todos, y nos sentimos además la gran mayoría, se define por similitudes tales como antiguo, carca, opresor, franquista, fascista, cavernícola y yo que sé más, todo en un ámbito en el que unos son súper europeos y otros habitantes de África, porque la frontera sur de Europa para esta gente está en los Pirineos. No digo por supuesto que esas opiniones sean siquiera del separatismo en toda su compleja extensión, pero sí he oído a muchos soñadores de la desconexión, hiperadoctrinados por la eficaz maquinaria nacionalista, sostener este tipo de barbaridades.

La gran mayoría del pueblo catalán no piensa así. Pero los que así cacarean se han hecho con el mando de la nave. Han creado un mural de agravios que también traspasa la frontera del Ebro, y que como he dicho, vas más allá del mejor o peor encaje en la Constitución, incluso de la creación de un Estado propio. Por mucho que salgan los estudiantes, los bomberos y los agricultores a la calle gritando contra una realidad que, si se escarba, es lo contrario de lo que denuncian, algún día tendrán que descubrir que durante estos días fueron completamente injustos con el pueblo español, que ni es imperialista ni carca ni fascista, sino que está contenido en un rico y a veces contradictorio mural de caracteres semejante a cualquier otro pueblo de la Europa más civilizada. Sí, algún día se darán cuenta estos acérrimos defensores de la exclusión de que están siendo injustos con millones de personas, tremendamente injustos.

Ahora es imposible porque hay como una abducción colectiva que crea monstruos lejanos, enemigos invisibles, ríos de oprobios que llegan llenos de fuego a sus calles. Hasta esa parte de la Iglesia que azuza contra la Constitución y anima a la discordia, más allá de la crítica al Partido Popular, se terminará dando cuenta que está siendo tremendamente injusta con el pueblo español. Sí, con el pueblo llano y sencillo, con el que sale a la calle a ganarse el jornal sin que nadie le explique qué gana o pierde con esta ceremonia o aquelarre en la que será al final el cordero degollado. Algún día se darán cuenta de que esa cizaña que están echando en el corazón de Cataluña contra el pueblo llano español no es justa, no es cristiana, no es democrática, no es noble, no es amigable, y ojalá el verdadero pueblo catalán, pleno de ríos de sangre que vienen de todas partes de España, en algún momento les pare los pies a los que desde mucho tiempo escondían en su corazón este veneno.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.