29/09/2017

TARRAGONA, VOCES QUE ESTRANGULA EL "PROCÉS"

BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (V)

El escritor viaja hasta la localidad para conocer si aún existe alguna izquierda no nacionalista en Cataluña más allá del PSC. Sus diálogos le permiten concluir que hay personas que quieren seguir perteneciendo a una izquierda deseosa de luchar a contracorriente.


El desierto gris avanzaba por los cristales como mirando al pasado. Los rastrojos tenían una palabra escondida en su cuerpo roto. Había unos pocos árboles dispersos intentando ocultar su soledad. El AVE rompía la soledad con su rugido. Los arbustos miraban a los sembrados secos. Recordé un verso de Mark Strand y sentí que en un mundo sin gente todo es despedida. Por eso enseguida la palabra Castilla me vino a la mente y tuve la sensación de que el separatismo catalán quería huir de una España sin almas a la que ya le había vendido todo lo que tenía que vender. Qué ironía, pensé, qué esfuerzo solidario de la izquierda catalana. Tarragona llegó enseguida.

Primero vi la refinería con sus luces tumultuosas en la noche. Era como una ciudad futurista surgida de un sueño de Blade Runner. Me sentí como tantas veces me había sentido en el cerro de Mestanza en mi tierra, mirando en la noche la refinería de Puertollano. El AVE se iba acercando a la estación Camp de Tarragona y al fin los molestos parlanchines del viaje guardaban sus móviles.

Allí me esperaba Joaquín con unos amigos. Lo conocí en mi pueblo cuando la juventud me rebosada por los ojos. Había sido un fiero luchador contra la dictadura y le hice una entrevista para un periódico local que jamás vio la luz. Pero desde mi respeto y su generoso carácter nació una amistad. A Joaquín en los 60 lo trasladaron de la refinería de Puertollano a la de Tarragona. Pensaban que su tesón en la batalla por la democracia se perdería como lágrimas en la lluvia. Sin embargo se equivocaron, pues llevó su guerra por la libertad aún con más ardor en Cataluña, llegando a ser un luchador conocido y reconocido.

Con él estaban en la estación esperándome Pío, Francesc, Estrella y Joan. Me los presentó enseguida y me dijo que eran, como le había pedido, gente de izquierdas, comunistas y socialistas que tenían en su batalla muchísimas horas de vuelo. Unos trabajaban en la refinería y otros eran jubilados. Vinieron a Cataluña hacía 30 años. El evidente acento catalán de sus palabras no me dejaba ninguna duda de que se habían integrado hasta el alma.

Tenía muchos deseos de hablar con ellos. Quería saber si aún existe alguna izquierda no nacionalista en Cataluña más allá del PSC. Y claro que existe, como pude comprobar, pues tenía enfrente restos luminosos. Aunque sin presencia institucional, querían seguir perteneciendo a una izquierda deseosa de luchar a contracorriente, seguir batallando para que la verdad no yaciera en un hondo pozo, como dice Demócrito.

Eran gente de alma noble. Me abrieron sin demasiadas contemplaciones el corazón. En la noche, frente al mantel de la esperanza, me dijeron que todos sus sueños, su sudor, su cuerpo y su corazón los entregaron para que Cataluña fuese la región más próspera de España, y que por eso no entendían que hubiese quien los mirara ahora como ciudadanos extranjeros.

División, cizaña, señalamiento, hispanofobia, angustia identitaria, dolor del pasado, veían la máscara de una izquierda entregada al discurso único del nacionalismo. Joaquín me dijo que la habían abducido, que habían agarrado con uñas de sombra sus labios para una sola idea, una que no estaba claro fuese positiva para la clase trabajadora.

Estrella, que vino desde Cádiz siendo niña a Cataluña, y ya estaba jubilada, insistió en lo mismo. Con su andaluz catalanizado, dulce y sencillo, argumentó que no entendía que la izquierda nacionalista se sintiese tan gusto con el modelo neoliberal de Convergència.

El vino del Penedés, brillando con su color rosa cereza de las cariñenas, nos alentaba la sombra de la verdad y en la amistad encontrábamos el mejor camino para decir lo que se piensa o se siente. Joan había nacido en Tarragona. Era también muy crítico con el procés. Iluminado por la luz malva de unas velas dijo que el nacionalismo estaba lleno de desmemoria, pues la estelada, con su estrella blanca sobre triángulo azul, fue introducida por un grupo político filonazi de los años 30: Estat Catalá.

Pío nos confesó su tristeza por el papel de agitación social que está jugando la izquierda catalana a favor de "esos empresarios encubiertos con mucho mando en plaza que dirigen desde lejos el procés". Francesc me dijo que el nacionalismo no puede ser de izquierdas porque es egoísta, sordo frente a las grandes injusticias del vecino, y en cambio hipersensible para las propias, aunque tengan menor rango.

Acabamos la cena con la amistad vibrante. Y al día siguiente me di una vuelta por Tarragona. Sentí el aire de azufre de mi mocedad. Llegué a la Rambla de Lluís Companys. Admiré su espaciosidad y decidí seguir realizando mi tarea al azar, preguntando por ahí. Hablé con mucha gente. Percibí que Tarragona es la más españolista de las ciudades catalanas.

Entré en un bar de la Rambla. Afuera, en el velador, había bastante gente. Muchos inmigrantes de diversas nacionalidades. Pero adentro había poca y pensé que era ideal para realizar mi tarea. Pedí un vino en la barra y le comenté al camarero que era de EL MUNDO. Me contestó que encantado. Era el dueño, Miguel. Había nacido en Almería y llevaba más de 30 años en Tarragona. Me dijo que era del PP pero tan catalán como cualquiera, y que se sentía muy mal, muy incómodo, que el nacionalismo necesitaba siempre un adversario, que a la hija no dejaban de adoctrinarla en el cole y que si no viviera con ellos sería seguro una independentista más.

Mientras hablaba se acercó Irene, su mujer. Comentó que allí era imposible hablar de política "porque en cuanto te metes con ellos no lo soportan y sabes que en el fondo van a ir a por ti". Miguel me espetó con fuerza que había muchas presiones, mucho miedo, y que aunque los separatistas se llamaban demócratas al cabo no respetaban "a los que no creemos en lo mismo que ellos".

Quiso soltar sentimientos que llevaba largo tiempo ahogados en el pecho. Oiga estamos en un estado de sitio. Estamos incómodos, cohibidos. Tenemos miedo a los independentistas más extremistas, si hago lo que quiero me rompen los cristales. El rostro se le puso enrojecido. Irene también me señaló a la libreta para que escribiera. Sólo tienen el 36% de voto y actúan como si representaran a toda Cataluña, sentenció.

Más allá, cerca de las montañas, esperaba la paz presunta de Lérida.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.