22/07/2017

NOSTALGIA DEL MAR

Los que somos de tierra adentro tenemos una añoranza insaciable, genética, del mar. Y cuando digo genética me refiero al mismo principio de la vida, que según el biólogo, exdirector del Instituto Pasteur, Joël de Rosnay, sucedió hace 4500 millones de años. Entonces comenzó una alquimia maravillosa. Las moléculas se asociaron en estructuras capaces de reproducirse y hacer nacer extrañas gotas pequeñas, y después las primeras células se agruparon en organismos y se diversificaron, pulularon, colonizaron el planeta, impusieron la maravillosa fuerza de la vida hasta llegar a la propia evolución animal. Todo sucedió en el agua. Por eso se dice tanto que el mar fue nuestra cuna, y que al cabo su inmensidad representa el enigma o secreto que significamos en la naturaleza. Nuestra vida son los ríos que va a dar a la mar dice el gran poeta Jorge Manrique. Es una metáfora que comprime, como solo puede hacerlo la poesía, todo el sentido de trascendencia y toda la sed de belleza que tiene el ser humano.

De ese hecho, el de ser la cuna de la vida, quizá proceda esa sensación que tenemos todos ante el mar. Es una mezcla de nostalgia, enigma y esperanza. Pero sobre todo la tenemos los de tierra adentro, los que no lo vemos día a día. Habitamos en la llanura, o en las cordilleras, las medias montañas, los valles, las sierras, pero sabemos que en algún lugar lejano o cercano está el mar, y que como dice Manrique al cabo vamos hacia esa inmensidad viajando. La Generación del 98 buscó y encontró la belleza incluso en las tierras secas, esas que en cuanto se acerca el verano se ponen el manto amarillo y se vuelven cenizas por su anemia o blancas por la caliza. Pero las vieron émulas del mar. Creo que fue Azorín el que comparó el movimiento de las espigas con las olas del mar. En todo caso, en la inmensidad de la llanura, muchos literatos han visto un horizonte marino, algo que es hermoso, y que agradecemos, pero a los de tierra adentro solo nos quita la nostalgia del mar su contemplación real.

Recuerdo que, hace años, en un pueblo perdido y seco de mi tierra, La Mancha, el Ayuntamiento realizó una encuesta a los ancianos. Les preguntó qué actividades lúdicas preferían. Una gran mayoría respondió que ir al mar. Dijeron que desde niños habían deseado verlo pero que jamás habían tenido la ocasión. El ayuntamiento organizó muchos viajes para que los ancianos pudieran verlo y vaya que si lo agradecieron. Uno de ellos me dijo que estaba feliz porque ya no moriría sin ver el mar. Yo tuve la suerte de verlo de niño. Leí Moby Dick y me emperré en que mis padres me llevaran y lo hicieron. Describir qué sentí cuando lo vi por primera vez es tarea inútil.

El mar es la gran metáfora de la existencia. Tiene belleza, enigma, dolor, esperanza... A mí me gusta mucho contemplarlo y parar a pensar. Por supuesto fuera de temporada. Ahora es imposible, salvo que te pierdas por cualquiera de esas calas solitarias que huyen de los turistas.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 19/08/2017 a las 16:08h.