22/07/2017

HUELE SANCHO, Y NO A ÁMBAR

EN LOS FINES DE ALCUDIA CON DON QUIJOTE Y SANCHO (6)

Hemos llegado al atardecer. Castaños, alisos, fresnos, enebros, bejucos y helechos altos como un pívot están preparando su orquesta en la noche. El viento es suave. El río Cereceda detiene un instante su bajada hacia Peña Escrita y Fuencaliente para agradecernos que hayamos roto su larga soledad. Montamos las tiendas de campaña enseguida cerca del Arroyo de los Batanes. La chorrera está a la vista y atrás las laderas de quejigos son espesas como la noche sin luna que nos está invadiendo. Nuestras linternas encendidas agrandan las rajaduras de las peñas, los perfiles de los alcornoques y la angustia delgada de los alisos. En las rocas de la ladera hay cuerpos esquemáticos prehistóricos. Seguro que fueron pintados por alguna mano feliz que encontró allí la riqueza pura de la existencia. Salimos al atardecer y, como siempre, cruzamos la gran llanura del valle por la N-420. Luego los puertos de Pulido y Niefla hasta llegar, en los fines de Alcudia, a Sierra Madrona, cerca de Fuencaliente, en donde a mano izquierda se anuncian las pinturas rupestres de Peña Escrita y, siguiendo el camino, a pocos kilómetros, La Batanera.

Según Astrana Marín, en estos campos sucede la aventura de los Batanes, y también dice Agostini que en Peña Escrita la penitencia de don Quijote, imitando la de Amadís cuando, llamándose Beltenebros, se alojó en la Peña Pobre después de los desdenes de Oriana. Astrana Marín visitó La Batanera hace más de setenta años. Nos dice en su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, en el capítulo XLVI que "todo sigue igual en el pradecillo, los altos castañares, las altas peñas, la chorrera del arroyo de los Batanes; todo, menos, naturalmente aquellas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, hoy verdaderas ruinas de ellas, y los seis mazos de batán que, aunque fueron sustituyéndose, no se repusieron, al fin, y dejaron de funcionar, desapareciendo, hace más de un siglo". Recuerdo que, cuando preparábamos el viaje, Luisa me dijo que había venido por aquí cuando niña. Llegó con su familia y unos amigos. Recordaba que un anciano del lugar les dijo recordar haber visto allí las ruinas de las casas y de los batanes.

Cervantes dice que las casas mal hechas y los batanes estaban al pie de las peñas. Allí ahora la chorrera mantiene un hilo agónico de agua y de los batanes sólo queda el silencio. Después de la aventura del cadáver, y una vez que Sancho desvalijó la acémila de los encamisados, ambos caen en la cuenta de una desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca. Siguen el camino buscando lo que les falta. Entonces...

-... llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba -Eduardo, enhiesto, señala a las peñas, donde la chorrera mantiene su hilillo de existencia-.

El poeta Buil está a su lado. Ante las sombras de las luces de las linternas Eduardo parece El Caballero de la Triste Figura. Es alto, delgado y de rostro enjuto, como don Quijote.

- Alegróles el ruido en gran manera y, parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua.

Cuando termina de leer Luisa, de repente nos damos cuenta de que la noche es un ser que sale por sorpresa de la espalda de la montaña. La oscuridad es total. Sólo hacia el sur se ven, como perdidas en un abismo negro, las luces amarillas de las farolas de Fuencaliente. Los fresnos parecen monstruos lentos que bajan a beber al arroyo. Imagino cómo se debieron sentir don Quijote y Sancho en aquella soledad y aquella negrura. Nosotros no podemos negar que tenemos miedo.

- La soledad, el estío, la escuridad, el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana llegaba... -lee algo cacofónico el poeta Buil-.

Está en cuclillas, agarrado al muslo izquierdo de Eduardo, de la misma forma que estaba Sancho con don Quijote. Eduardo sigue impertérrito, mirando altivo las garras de la noche. Levanta su Quijote y bajo la luz de su linterna lee:

- Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, (...) el sordo y confuso estruendo destos arboles (...) y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos, las cuales cosas todas juntas y cada una por sí son bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mesmo Marte.

Al poeta Buil, quizá porque -como Sancho- había comido algo que le sentó mal, o porque el miedo era más real que ficticio, le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él. Entonces puso sus posaderas al aire y siguiendo agarrado al muslo izquierdo de Eduardo soltó lo que su cuerpo no aguantaba.

La tromba cayó ruidosa. No la ocultó el hecho de que, disimulando, hiciese con la boca, chupándose el antebrazo, algo así como el sonido de una trompeta desafinada, quizá obturada, pues sonó a metralleta ronca con estruendo final.

Eduardo relajó su rostro adusto y levantó un poco las cejas y el rostro, como intentando alejarse de la escena sin moverse del sitio. Cogió el compás e, imitando a don Quijote, se cerró con los dedos las narices para evitar los vapores que le llegaban en línea recta. Dijo entonces con tono algo gangoso:

- Paréceme, poeta Buil, que tienes mucho miedo.

El poeta le respondió leyendo el libro. Lo alumbraba con la linterna que sostenía en sus labios.

- Sí tengo; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

- En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar, poeta Buil.

La carcajada se tuvo que oír en las primeras casas de Fuencaliente, que en la noche, al fondo por el sur, ofrecían unas delgadas luces perdidas. El poeta Buil, ya apartándose un poco, pues su realismo era tan patente que a la fuerza nos dispersaba, leyó:

- Apostaré amigo Eduardo que piensas que yo he hecho de mi persona algo que no deba, y más después del salmorejo pastoso que has traído.

El rostro jocoso del poeta parecía en la oscuridad venir de la proyección de un viejo Cinexin.

Eduardo, ya distanciado, dijo, esta vez sin necesidad de desenfundar su pulcro Quijote:

- Peor es meneallo, amigo Buil.

Una carcajada común sonó por toda la Batanera, donde esperábamos que no hubiese nadie, ya que en caso contrario quienes por allí anduviesen habrían recibido nuestras risas como gozos de difuntos, o desvaríos de duendes nocturnos que, con furioso estruendo jocoso, pusieran en pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.

UVE
UN VERANO EXTRA
EL MUNDO
SÁBADO 22 DE JULIO DE 2017

Impreso desde www.manueljulia.com el día 19/08/2017 a las 16:08h.