21/07/2017

LOS ESPECTROS DE ALCUDIA

EN LOS FINES DE ALCUDIA CON DON QUIJOTE Y SANCHO (5)

Hoy he salido solo. Voy a dormir en una tienda de campaña debajo de cualquier encina. Quiero sentir lo que sintieron caballero y escudero en esta soledad, dentro de estas líneas negras que las copas de los árboles, y los perfiles de las montañas, diseñan en el paisaje. Estoy cerca de la Cañada Real Soriana. El silencio es extraño. Ninguna luz emerge por la bocanada oscura que tengo enfrente. Era esta densa oscuridad la que envolvía a don Quijote y Sancho cuando vieron venir hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían. Cuando las lumbres se iban acercando, Sancho comenzó a temblar como un azogado y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote.

Ahora en la tienda en la que estoy se palpa el miedo del silencio. Si viera llegar hachones encendidos mis dientes crujirían. Hace un poco de frío y el cielo está nuboso. Por Niefla una nube negra y pesada avanza hacia aquí. Y cuando está sobre mi cabeza lanza verdaderos peñascos de hielo que enturbian todo. Maldita sea. Mi idea de pasar la noche en la oscuridad de Alcudia se ha estropeado. Me preocupa que el viento arrastre la tienda. Así que espero a que acabe la granizada debajo de una frondosa encina. He aparcado en el camino que lleva desde la N-420 a la Venta de la Inés. Lo mejor que puedo hacer es pedir resguardo y posada a Felipe.

Deja de granizar y recojo la tienda. Me voy hacia el automóvil. El camino está turbio. La oscuridad es profunda y siento que la noche desea devorarme. Descansa mi estómago cuando llego al automóvil. Comienzo a rodar por el camino de Cerro Verde. Mientras avanzo, oigo en la noche negra el silbido cortante del viento. Enseguida llego a la Venta de la Inés, en donde la catalpa frondosa y mojada que hay en la puerta brilla como un cristal ahumado.

La chimenea de la Venta echa humo. Las noches primaverales de Alcudia suelen ser frías. Golpeo la puerta con la aldaba. Felipe sale enseguida y se alegra de verme. Tiene el pijama puesto. Debía de estar dormitando pues sus ojos pequeños están hinchados. Percibo que su sonrisa quiere decir adelante.

-Mala noche ha elegido usted, Manuel, para conocer la oscuridad y el miedo de Alcudia.

Nos sentamos cerca del fuego. Carmencita sestea a su derecha. Al verme abre los brazos y me ofrece una sonrisa grande e infantil. Felipe se sienta a mi lado en el viejo sofá con asientos hundidos.

-Esta noche va a ser ruidosa. Cuando el viento de Alcudia desea hacerse notar suena aterrador. En noches como ésta me viene el recuerdo del aullido de los lobos -me dice acumulando las brasas.

-Imagínese Felipe -le digo- a don Quijote y Sancho por estos parajes nocturnos.

Me he puesto cómodo. Dentro hace calor. Felipe me ofrece un plato con queso y pan, otro con melocotones y manzanas y un vaso de vino tempranillo. Mientras engullo, observo una gran tristeza en su rostro. Es como si estuviera recordando algo que le entresaca la amargura.

-En una noche como ésta ocurrió lo más terrible que ha visto nunca Alcudia, Manuel. ¿Has ido al monolito de los niños? -me pregunta mirando las brasas-.

-No, todavía no. Tenía previsto ir a Horcajo pero al final no sé si me va a dar tiempo.

-Está en la Sierra del Horcajo. Lo erigieron en 1911 y tiene abajo una lápida con los nombres de tres niños. Qué triste lo que pasó, Manuel, qué triste.

Me deja la frase perdida y, después de unos segundos eternos, continúa con su historia.

-La niebla densa de la noche invadió el Monte del Horcajo. El humo negro se metía tan adentro que traspasaba la piel de los alcornoques. Aquel día de enero, el primero, o bien alguien raptó a tres niños o ellos mismos salieron del pueblo y se perdieron en la oscuridad de la montaña. Se llamaban Bonifacio Rubio, Alejandro Muñoz y León Piernas. Tenían ocho años cada uno, y durante tres días los habitantes del Horcajo, entonces 4.000, estuvieron por el monte tres días buscando a los niños perdidos. Tenían miedo de que los hubieran devorado los lobos. Entonces la sierra estaba plagada. Había piaras de hasta catorce.

En ese momento oigo en la profundidad más lejana de la noche aullidos que rompen su ausencia y arañan los bosques.

-Tan pequeños y sintiendo en su blanda carne los fieros colmillos de los inteligentes cazadores -continúa Felipe ahora mirándome muy triste a los ojos-.

-Las mujeres lloraban de pena y angustia. Los mineros reblandecían sus duros rostros al pensar en los niños perdidos. Cada noche todos volvían al pueblo y en sus casas hablaban y hablaban del fatal destino que presentían. Al amanecer volvían a perderse por los densos matorrales del monte y gritaban sus nombres y miraban en cada escondite que la maleza pudiera albergar. Al tercer día los encontraron. Estaban devorados por los lobos. De alguno hallaron sólo un pie guarnecido por el calzado. La primera duda se despejó. Habían sido pasto de los lobos. Parecía que se había resuelto el enigma, pero una duda corroía el corazón de la gente.

-Ahora el Horcajo es un pueblo desierto, perdido en la sierra. Sólo viven seis habitantes -le digo, recordando que hace años estuve por allí. Pero Felipe no me escucha y continúa su relato-.

-La gente comentaba que en esos tres días habían pasado por el lugar en el que aparecieron varias veces y no había ni rastro de ellos. Por eso la mayoría del pueblo empezó a decir que alguien los había llevado allí, ya muertos, y después los sagaces depredadores habían hecho su trabajo. Y desde esa presunción otra iba de casa en casa, de sombra en sombra. El médico del lugar tenía a su hijo enfermo de tuberculosis. El pueblo comenzó a decir que llenó las venas de su hijo con la sangre de los niños. Luego los montó en una mula. Los subió al monte y los tiró al albergue de los chaparros. La justicia investigó el asunto pero nada pudo sacar en claro. Mi abuela Ceferina me contó la historia. Nunca quiso decirme qué fue del médico. Hay un monolito con la piel rajada que recuerda el nombre de los niños. Está en el Cerro del Horcajo, tan escondido en la espesura que apenas, desde hace muchos años, si se acerca alguien a verlo.

Recuerdo que cuando estuve en el Horcajo y crucé el túnel más negro que he visto en mi vida, desde una senda escabrosa vi un lejano monolito en el cerro. Había algo telúrico y triste en su lejanía solitaria.

Felipe se levanta del sofá.

-Ésa es la historia, Manuel. Vámonos a la cama. Puedes dormir en aquella habitación del fondo. Igual en ella se alojó Cervantes y su alma tiene la cortesía de aparecer para desvelarte alguno de sus misterios.

UVE
UN VERANO EXTRA
EL MUNDO
VIERNES 21 DE JULIO DE 2017

MAÑANA HUELE SANCHO, Y NO A ÁMBAR

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.