20/07/2017

LA BATALLA DE LAS OVEJAS DESDE NIEFLA

EN LOS FINES DE ALCUDIA CON DON QUIJOTE Y SANCHO (4)

Salimos casi al amanecer de Puertollano y cuando el sol todavía hace guiños por el horizonte ya estamos en el puerto de Niefla. Luisa lleva su Quijote gigantesco, editado por Círculo de Lectores e ilustrado por Antonio Saura. Eduardo una edición muy pulcra al cuidado de Francisco Rico publicada por la Junta de Castilla-La Mancha. El poeta Buil trae un viejo Quijote de Austral carcomido por el manoseo y la lectura. Yo tengo un viejo Quijote editado por EL MUNDO. El prólogo es de Francisco Umbral. Cada uno con nuestro Quijote desenfundado estamos en el puerto de Niefla. Miramos a un lado y a otro, hacia el valle del Escorial y el de Horcajo, hacia Sierra Madrona, hacia la gran llanura, o buscamos los restos del camino real de Toledo a Sevilla, la Cañada Real Soriana o la sombra de las ventas que se pierde por las vaguadas y las medias montañas.

Es un hermoso día de primavera. Hemos subido al puerto por una senda llena de madroños. El camino se esconde de los automovilistas que viajan a Córdoba, Málaga o Sevilla por la N-420. No saben que al coronar el puerto de Niefla se inicia una senda que lleva al lugar más bello de Alcudia. No tiene más de tres o cuatro kilómetros. Desde allí se ve todo el valle. La cima tiene melojos que llevan con porte soberbio sus más de 500 años. Reinan en la altura escoltados por alcornoques, quejigos, enebros, cornicabras, brezos o jaras. Se ve pasar el AVE, cuya vía se construyó siguiendo el Camino Real de la Plata, despertando con su ruido los musgos, líquenes o helechos que sestean esperando la noche.

El Val de la Estaca se ve algo escondido desde Niefla. Dice Cervantes que don Quijote, viendo que a Rocinante no le había cabido la menor parte en el apaleamiento de los yangüeses, le dice a Sancho que le ponga encima de su jumento y se dirija hacia el camino real. Así lo hizo Sancho y a media legua encontraron la venta de Juan Palomeque el Zurdo. Aquí sostiene Astrana, y otros muchos autores como Agostini o Moreno Báez, que es otra prueba de que la venta a la que llegan es la del Alcalde, hoy de la Inés, pues la de Tejada hallábase casi enfrente, y tuvieron que atravesar terreno, desde el Val de las Estacas, hasta ganar el camino real, y "aún entretenerse antes de llegar porfiando si era venta o castillo". Además la venta de Tejada está en el valle del Escorial, camino de Horcajo, lugar contrario a la senda que llevaron cuando salieron de la venta bien burlado el caballero, de amor furtivo, y manteado Sancho, como bulto por los aires. Cervantes nos informa que se dirigieron "hacia una gran llanura". Y aquí, desde Niefla, podemos observar que no hay otra gran llanura que la del valle, por donde la N-420 avanza hacia el corazón de Sierra Morena y las encinas sestean sobre la yerba como almas tozudas.

Eduardo mira la gran llanura que recibe al sol. Abre su Quijote.

-Don Quijote y Sancho vieron que por el camino que iban venía hacia ellos una gran polvareda.

Mientras lee, tres buitres negros se balancean por el cielo observando el surtido de muerte que les pueda ofrecer el terreno. Son reyes del viento. Algún conejo que aparece mira a todos lados y con su rapidez se pierde por los acebuches y los mirtos.

-Éste es el día, oh Sancho, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte.

Eduardo lanza las palabras al fondo, donde el horizonte recuerda la salida del sol.

El poeta Buil coge raudo su Quijote. Se eleva la panza no demasiado voluminosa. Fuerza la voz hasta buscar un acento pueblerino, algo que hace a las mil maravillas.

-A esa cuenta dos deben de ser, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Entonces era verano. El valle estaba seco y el viento tuvo que levantar una enorme polvareda. Ahora el valle está vacío. El viento duerme todavía en su cuna de la noche. Desde el puerto a la gran llanura hay un camino angosto pero posible de recorrer. Hacia ella vamos con nuestros quijotes por montera, parándonos en las lomas y leyendo la retahíla de guerreros que cifró don Quijote, tantos que aquí no hay espacio para reflejarlos. Pero sonaron por las dehesas y las sombras de los quejigos. Luisa gritó al viento aquellos que le parecían más grandilocuentes. El poeta Buil recitó subido a las primeras ramas de una encina con tristeza por el dolor de las costillas y las muelas que le quitaron a don Quijote. Eduardo, como cronista pindárico, nos contó la batalla. Dijo cómo don Quijote entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales enemigos.

En esa tarea se nos fue yendo el día y cuando nos dimos cuenta la noche estaba cayendo. El cielo echaba sus persianas oscuras. Los alcornoques cerraban sus ojos por las cumbres de las sierras. Los pájaros comenzaban a dormir tan profundamente que ni se oía su silencio. Los viejos pinos soñaban con el cielo. Los fresnos se recogían en su propia sombra llena de grillos y gusanos. Mientras regresábamos por el camino real hacia la carretera del valle, vimos algunas grullas que gozaban la primavera y descansaban después de su largo viaje desde el norte.

Llegamos adonde habíamos dejado aparcados los automóviles. Comenzamos el regreso a Puertollano. La soledad, Alcudia, el silencio, las huellas perdidas de Cervantes y don Quijote, el balido de las ovejas, los gritos de Sancho manteado en la venta del Alcalde nos despidieron agradeciéndonos que hubiésemos roto por unas horas su aislamiento. Llegamos pronto a la recta del valle. Enseguida Brazatortas. A pocos kilómetros, Puertollano. Mis amigos se quedaron allí y yo seguí por la autovía hasta Miguelturra.

Me acosté pronto. Pues al día siguiente quería ir solo por Alcudia y pernoctar al abrigo de cualquier encina hospitalaria. Quería sentir el miedo que sintieron don Quijote y Sancho cuando les tomó la noche en mitad del camino, perdidos en la soledad de los campos, cuando vieron acercarse multitud de lumbres (...) a cuya vista Sancho comenzó a temblar como un azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote.

Me meto en la cama pensando que lejos, Alcudia, a esa hora, rompe una luz negra en los ojos de los jabalíes, ciervos, zorros, tejones o garduñas. Lobos ya no quedan. Antes sí había. Felipe me contó que los tres últimos los mató en el año 1962. Eran dos lobos machos y una loba preñada con seis. Le dieron 5.000 pesetas por las tres pieles. Una fortuna. Pero de lobos sabremos más en el próximo capítulo.

UVE
UN VERANO EXTRA
EL MUNDO
JUEVES 20 DE JULIO DE 2017

MAÑANA LOS ESPECTROS DE ALCUDIA

Impreso desde www.manueljulia.com el día 19/08/2017 a las 16:08h.