16/07/2017

UN VERANO PARA MEDITAR

El parlamento esconde sus labios en el último suspiro. El sol asoma a lo lejos con su ventilador de fuego. Sus señorías precintarán los botones, cerrarán las carteras, se pondrán la funda del silencio en los labios y comenzarán sus vacaciones. Alrededor del mármol de los leones el país sufre los dedos de fuego de un calentamiento global cuya solución se queda en cientos de reportajes, manifiestos y sombras en la mente de los que deciden, negra como el hondo fondo de un pozo vacío. El parlamento comenzará a sentir las telarañas de los discursos huecos. Quedarán los ujieres con sus rostros pálidos y los diputados de guardia que quizá estudien los pocos asuntos que haya con el bañador en la cabeza.

No sé si sus señorías rebuscarán en el recuerdo lo que ha sido este curso que agoniza. En todo caso sí sé que la mayoría se irá con la absoluta certeza de que queda pendiente confeccionar un listado imprescindible de temas importantes, unos cuantos asuntos que requieren más de decisiones conjuntas que de discursos, más de eficacia ineludible más que de pericias en demostrar las carencias del contrario. La reforma de la administración por ejemplo. No se puede soportar la escasa productividad y el gasto sobre PIB de nuestro elefantiásico sector público. Nadie le mete mano porque todos sudan en este tema pasividad y electoralismo.

También la reforma de las pensiones. Aunque crezca la economía y aumenten los activos el sistema actual no es viable. Pero tampoco nadie le mete mano. Parece que se espera que se acerque el abismo para empezar a concienciarse de que vamos hacia él. Por supuesto la reforma de la Constitución. Pocos dudan de la grandeza de nuestra carta magna, pero el tiempo y la realidad social han vuelto numerosos artículos desfasados, un sistema electoral injusto, y han creado lagunas en asuntos que en los setenta ni era posible imaginar. Además la economía global requiere solidificar derechos fundamentales que son papel mojado. Poner al nivel de la lucha contra el déficit otros como la lucha contra la pobreza o la igualdad de género. Sin contar con que problemas que dejó abiertos la Constitución, como la organización territorial o la distribución de competencias, han devenido con el tiempo en un caos que al final soporta el ciudadano y paga.

Hay más pero quizá solo estos tres son más que suficientes para que sus señorías mediten este verano y, descubriéndonos una grandeza política inexistente, olviden el amado sectarismo aunque solo sea en estos temas. Se pensará de una u otra manera, pero salvo los muyahidines de partido, la mayoría, aunque a veces nos lo pasamos bien con el espectáculo, en el fondo echamos de menos que eso tan extraño llamado interés general impere de vez en cuando. No creo que sea pedir demasiado.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 15/12/2017 a las 05:12h.