08/07/2017

UN AMOR DE VERANO

Llega julio y se me levanta del hondo pozo del alma un viaje al sur en familia, en un destartalado Gordini de sexta o séptima mano que no moría en la chatarra porque el motor de aquellos coches fue fabricado para soportar los años. Estaba atrás y en las curvas cerradas a la primera derrapaba y por eso lo llamaban el coche de la viuda. Consciente de este apelativo cada vez que viajábamos mi madre llamada a capítulo a mi padre. Lo sentaba en una silla y frente a él clamaba como una profeta sobre la necesaria lentitud de la marcha. Mi padre aprendía la lección, aunque si en alguna recta se le desmandaba el pie, ella enseguida reprobaba sus ansias de ser Fittipaldi. Le recordaba que no tenía ninguna intención de ser viuda. Mi padre enseguida reculaba y se arrinconaba en la senda y se convertía en cabeza de caracol.

Íbamos a Benamejí, el pueblo de mi madre, donde la memoria de los bandoleros aún creaba leyendas por las lumbres. Allí los hermanos Machado situaron su obra La duquesa de Benamejí, y allí dio Lorca nacimiento a los cuatro primos Heredia, quienes quitaron la vida a Antoñito el Camborio. El pueblo lame la soledad de Sierra Morena. Se acerca al balcón del abismo de sus montañas. Entonces tenía duende andaluz. Pero hoy es otro pueblo más desmantelado por los voraces especuladores, quienes se acercaron con poder al sillón de los alcaldes e impusieron su ley arrasadora de la Historia. Me acuerdo que un año había leído la obra de teatro de los hermanos Machado y me dediqué a buscar el inexistente palacio de la duquesa. Vi un edificio bello y antiguo que ya ni recuerdo como se llamaba, y mi mente fantasiosa dio en sentenciar que allí sucedió la historia. Me sentaba en la acera de enfrente y me imaginaba que era Lorenzo, el bandolero enamorado de la duquesa.

Todas las mañanas me iba al lado de la casa y leía la obra de los Machado. Entonces un día vi a una bella joven asomada a una de sus ventanas, observándome. Mi mente casi infantil imaginó que sería alguna descendiente de la duquesa. Cuando su curiosidad la hizo bajar a preguntarme qué leía le dije que una historia de sus antepasados. Le encantó el asunto y durante dos o tres semanas leímos juntos, hasta que entre nosotros surgió un amor inocente, bello y misterioso. Ella se sentía la duquesa y yo el bandolero Lorenzo. Paseábamos mucho de la mano por los caminos perdidos de Sierra Morena. El último día, antes de partir, nos dimos el primer beso de nuestra vida. Mientras regresaba en el Gordini solo pensaba en ella. Los siguientes años ya no volví al pueblo, causas de salud lo impidieron. Después el tiempo, como siempre, se tragó aquel viejo Gordini y mi historia de amor. Ahora no tengo ni idea de qué fue de la duquesa. Pero cuando llega julio se levanta dentro de mí su sonrisa de niña. Y luego se va alejando por mi mente con la lentitud placentera de aquel viejo Gordini.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 19/08/2017 a las 17:08h.