06/05/2017

EL HOMBRE QUE SIEMPRE VA CONMIGO


"Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—."

Antonio Machado


Una avenida enorme invadida por la bruma del invierno. Luces amarillas de farolas perdidas. En las ventanas las gotas de agua se van convirtiendo en rocío. La soledad es inmensa y el silencio envuelve las casas con sus brazos interminables. Suena Puccini. E lucevan le stelle, de la ópera Tosca (…y la estrella brillaba encima de la niebla y un olor dulce subía de la tierra, mientras la puerta del jardín crujía, y un paso rozaba la arena). La voz se asienta en el vacío de la avenida oscura. No se sabe de dónde viene si de aquella ventana abierta que deja escapar un espasmo de luz, o del pub irlandés cuyos neones rajan con un cristal azul la oscuridad. La voz es como de otro mundo. Su naturalidad es tan endiablada que parece surgir sin esfuerzo, como le surgía la música a Mozart. La niebla y la luz se funden con la canción y conceden un pulso bello al aire que no parece de esta tierra. Entonces comienzo a sentir una nostalgia que nace de algo que está más allá de los recuerdos. Por un momento no hay pasado ni presente ni futuro. No hay tiempo.

Me paro en un portal para resguardarme del frío. La bruma tiene una cortina de enigmas que envuelven la calle. La música sigue sonando y ya no me importa si viene de aquel balcón, o del pub irlandés que estrella sus colores con el primer paso del amanecer. El alcohol en mi cuerpo ya solo es una huella abandonada. El frío despierta una lucidez hermosa en mi mente. La música y la voz varonil y potente tienen ahora una belleza más irreductible (¡…entraba ella, fragante, caía entre mis brazos…Oh, dulces besos, oh lánguidas caricias!). La canción comenzó suave pero ahora se va elevando hasta dominar el cielo. No quiero cerrar los ojos. No quiero que nadie aparezca. Me siento un ser satisfecho escondido en el portal.

La paz que siento no tiene nombre ni lugar ni rejas de oxígeno en la sombra. Miro la calle vacía y creo que tiene más vida en este momento que cuando la habite la muchedumbre. Las baldosas y las sombras. Los balcones y las luces. La fuente lejana y su lento humo de agua despertando del hielo. Todo tiene sentido. No tengo ninguna pregunta. Dentro de mí hay una certeza que huye con placer del raciocinio y una voz me habla. "Si la música, el canto, la bruma, la luz, el silencio, el goteo del universo, pueden unirse en esta belleza no puedes negar la existencia de Dios", me dice esa voz que está, desde que comencé a sentir el pensamiento, dentro de mí. "Ah déjame en paz" le digo, "que goce solo, en esta calma, de la certeza enigmática de la belleza". Estalla Plácido Domingo venciendo la última fuerza oscura de la noche (La hora ha pasado…Y muero desesperado! ¡Y muero desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida!¡Tanto la vida!...)

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/05/2017 a las 20:05h.