29/04/2017

CERVANTES, EL ÚLTIMO ALIENTO

Es difícil imaginar la situación, porque quizá uno ha de estar en esa circunstancia para entenderlo. Ver el recinto oscuro de la habitación, el olor de las medicinas y el orín y sobre todo el espeluznante reflejo de la muerte aposentándose en el rostro. La nariz delgada. Los ojos hundidos. El cuerpo volviéndose un plástico blanco o amarillo en el que el sol se refleja como sobre una superficie de porcelana. Los recuerdos se amontonan en el cerebro agotado. Algunos luchan por predominar en la última luz de esa mente que se apaga. El dolor del cuerpo se apodera de los nervios vencidos, quizá pensando en que el final es el analgésico más victorioso, o que el Dios que espera detrás del umbral invisible conceda al que muere un abrazo más de tiempo, el suficiente para finalizar esas obras que han estado tantos años pendientes.

En la habitación el tiempo se agarra a los muebles, los cuadros y las paredes con sus manos de sombra. Allí Cervantes espera su muerte y escribe o dicta la dedicatoria al conde de Lemos de su obra Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. Era el día 19 de abril de 1616. Tres días después cerraría los ojos y los párpados se le volverían de piedra. Agradece al conde que haya sido su gran benefactor (toda la vida buscando benefactores). Por eso también le dedicó Las novelas ejemplares, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos y la segunda parte del Quijote. El Conde fue virrey de Nápoles y seguro que Cervantes recordaría sus años de militar y sus sueños de gloria por las armas, que al final fueron por las letras.

La dedicatoria es de una sencillez sentimental profunda y bella. Tiene esa sabiduría suya que mana de su pluma como de una fuente limpia. Si llevamos nuestra imaginación a su lecho de muerte tenemos que estallar de emoción por los poros del alma y el cuerpo. Comienza recordando esas coplillas, entonces muy populares: "Puesto ya el pie en el estribo,/ Con las ansias de la muerte,/ Gran señor, ésta te escribo". Por un momento uno puede olvidarse del cargo terrenal y al escuchar las palabras Gran Señor, entender que es una de las más bellas plegarias que pudiera expresar un moribundo.

Ya le habían dado la Extremaución. Estaba ante su último momento y el amor a la literatura seguía dentro imbatible. Tenía mucha fe en el Persiles. Lo consideraba incluso mejor que el Quijote. Así lo expresa en la dedicatoria de la segunda parte diciendo que ha de ser "o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto". Al año siguiente de su muerte, en 1617, se publicó. Ahora se cumplen los cuatrocientos años pero parece que en el caso del Persiles se ha olvidado la efeméride.

Para muchos escritores, entre los que me encuentro, esa dedicatoria es de lo más grande que se ha escrito en castellano. El silencio de la Oscuridad se va a abrir para él, pero no se angustia y nos deja una sentencia que vale para la vida: "El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…" Cervantes vivió el azul lejano de lo sublime y el cercano barro de la miseria. Con su inteligencia suprema dio carne a sus sueños en las palabras. "Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de la Galatea, de quien sé está aficionado vuesa Excelencia". La muerte estaba en sus labios y él solo pensaba en la vida de sus obras.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 21/07/2017 a las 04:07h.