El Diario de Facebook

13/01/2014

LA SOMBRA DEL AVE

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Viajas de Madrid a Sevilla y entras por el cielo férreo de la Estación que alimenta hermosas plantas tropicales. Luego llegas a ese monstruo blanco y te introduces en su vientre. Te reciben hermosas mujeres con la sonrisa encendida y una bella voz te anuncia el destino. Antes de que el medio día cumpla sus presagios estarás en Sevilla. Durante el camino Ciudad Real, Puertollano, Córdoba, el paisaje lleno de encinas y pueblos abandonados… 


Se mueve la máquina a la hora exacta. Rezuma orden el silencio interior. Algunos ejecutivos o políticos de tez blanquecina miran un instante y luego se introducen en un extraño rompecabezas de cifras y balances. Ojean el periódico, hablan por sus móviles, mueven los dedos en portátiles casi minúsculos. En sus pantallas un bosque de gráficos y cifras muestra su luminosidad coloreada.
El bello monstruo del viento va rasgando las viñas y los olivos, parte una tierra vacía, seca y amarilla, en la que prevalecen viejas estaciones derruidas y pueblos pequeños acostados en la montaña que se fueron quedando vacíos. 


Hay una gran contradicción. Ese mundo de acero invencible, y los pueblos que son como luminarias que encienden otra realidad. Frente a la gran ingeniería los viejos problemas siguen acostados en las calles de las ciudades por las que pasa el AVE. Y los ejecutivos o políticos ni siquiera miran el ventanal. No ven la realidad que hay afuera. No ven el rostro de los que no sienten que el progreso haya llegado hasta ellos. Los ojos que miran, los labios que desean, las manos maniatadas que sueñan en ese tren que pudiera llevarles a otra vida. 


Todo sucede en el AVE a la hora exacta. Jamás se retrasan los pastores en asomarse cuando su rugido asoma por las encinas. Ni las peonadas llegan tarde al momento en que han de ser observadas penetrando en las fincas de los terratenientes. Ni los desempleados dejan de verlo llegar y alejarse como si nada. Ni los chamizos dejan de asomar sus techos rotos en el preciso instante de la rápida contemplación. Ni los barrios más mugrientos dejan de mostrar sus fachadas ennegrecidas. 
Por más rápido que este tren del progreso quiera alejarse de los campos, nunca faltan a la cita esos espectros, esperando que algún día, quizá mañana, se detenga en sus puertas y abra su hierro blanco y misterioso.