Críticas

31/01/2013

SOBRE DIOSES DE FUEGO Y AIRE

William Sherzer (Rectorado Univ. Castilla La-Mancha)

Juliá, Manuel.  Dioses de fuego y aire.  Madrid: Eneida, 2012. William Sherzer

             Si buscamos la poesía que se encuentra constantemente en este bello libro, no hay que pasar del primer capítulo, donde el autor empieza a establecer su conexión, o la de cualquier fanático, con un equipo de fútbol.  El segundo párrafo, por mucho que sea prosa, es más bien un poema en prosa, empezando con unas líneas que sirven de fondo para el tema del libro entero, “Hay razones genéticas o históricas, comprensibles o incomprensibles, para querer a un equipo”, y, después de dar ejemplos concretos de los distintos equipos, termina con una casi repetición, como si fuera un estribillo, “Sí, a un equipo se le quiere por muchas razones.  Infantiles, genéticas, incomprensibles, comprensibles, históricas…”  Y ya en la conclusión del capítulo siguiente, declara más detalladamente lo literario que es, para él, y para otros, este deporte tan arraigado en la mentalidad española:

Era literatura en el fútbol.  Pero también me gustaba ver el fútbol en la literatura.  Creo que si hoy viviese Homero escribiría de un Madrid-Barça como escribió de las guerras entre los griegos y los troyanos, o si fuese Cervantes escribiría sobre los bullicios de los bares, y quizá Shakespeare lo haría sobre las múltiples pasiones encontradas.  Solo quería decir que siento que el fútbol necesita a la literatura.  Y que también siento que la literatura necesita al fútbol.

Frase casi osada esta última, vista desde la perspectiva de un crítico literario, pero también frase que insta a ese crítico literario a entrar de lleno en el texto, en busca de las muchas justificaciones de esta necesidad que tiene la literatura del fútbol.

Lo que corre por todo el texto es un río de emoción, a veces triste, como en el caso de la evocación de unos locutores deportivos, o de admiración, como en el caso de aquellos futbolistas que, después de jugar en el extranjero, vuelven a lograr sus últimos triunfos, al estilo de Rocky Balboa, a España. 

La buena literatura muchas veces se basa en la sutileza, y aquí hay un buen ejemplo con el sutilmente humorístico capítulo sobre la llegada del fútbol español a China y la necesidad de cambiar el horario de los partidos aquí para acomodar a los televidentes del oriente lejano.  Y claro, metido dentro de ese humor se encuentra un feliz comentario sobre la evolución positiva de los chinos aquí en España:

En un tiempo lejano eran chinitos, y estaban rotulados en una hucha solicitando dinero para su hambre.  Ahora son consumidores insaciables, tenderos sin descanso, personajes cotidianos.  ¡Quién imaginaría ver un día a Camacho entrenando comunistas chinos!  (36)

            Si alguien busca una manera de convencer a un neófito que hay belleza literaria en un partido entre Barcelona y Madrid, no hay nada más convincente que la descripción que nos presenta el autor: “Es la batalla entre el letargo que adormece como la serpiente en la bruma y el fuego del relámpago que oscurece la mirada, que quema las ansias de continuar luchando” (54).  Y claro, estas líneas forman parte de toda una sección dedicada a los partidos celebrados entre Madrid y Barcelona que se llama “Cuando el mundo se detiene”.  No me imagino un título más esclarecedor para describir lo que pasa en España, y en el extranjero, cuando estos dos equipos se encuentran en el césped.

            Y siguiendo una estructura altamente novelesca, pasamos desde lo general, o sea el elogio del fútbol en general, lo específico de Barcelona y Madrid que ya mencionamos, hasta los protagonistas de esta novela futbolística, los jugadores, las estrellas.  Quizá el capítulo más enternecedor de esta sección es el que Juliá dedica a Pepe, a quien llama “uno de los mejores defensas del mundo” (65), pero no solo por su habilidad como atleta sino por su “seguridad en ti mismo que te hace valiente, firme y decidido” (65).  Y esto no es simple cortesía o alabanza para un jugador cualquiera, porque anteriormente somos testigos de muchas palabras duras que el autor profiere cuando escribe sobre otras estrellas, como Ronaldo y Maradona.

            El libro seguirá elogiando, poéticamente, uno por uno, en crescendo, los protagonistas del fútbol, e impresiona la capacidad de Juliá de encontrar y poetizar, casi dramatizar, las características de cada uno.  Vean, como ejemplo no solo poético sino casi visual, en el sentido de artístico su descripción del estilo de los dos Javis, a los cuales califica de “catedráticos”.  Primero, describiendo sus jugadas en el rústico campo de Lituania, escribe, o más bien describe:

Con tanta sutileza se mueven que al final no hay en sus medias ni una mota de paja, ni una espina de cardo, ni un trozo seco de roció.  Y aunque vean el suelo aún más rugoso, trasiegan “los Javis” con la misma soltura, escapándose con esbozos de sombra y artimañas brillantes. (75)

Y para concluir, dos párrafos más tarde, vuelve a la metáfora literaria, digna de dos catedráticos del deporte nacional: “Tienen muelles en los músculos y dan pases con precisión cirujana.  ¡Qué suerte que sean de los nuestros!  A ver si alguna universidad crea la cátedra de fútbol puro.  Ellos serían cum laude.” (7).  La verdad es que es difícil para un no entendido, extranjero sin mucho conocimiento del fútbol español, no querer encender la televisión alguna noche para ver con sus propios ojos estos héroes que retrata Manuel Juliá.

            Todavía en la sección sobre lo que termino los protagonistas de este poema en prosa, el autor pasa a palabras mayores, al llegar a los más heroicos y dedicarles mucho más espacio.  Primero aparece Iker Casillas, en una sección de suma alabanza en el cual el lector presencia como si estuviera allí sus paradas de balones lanzados por los mejores delanteros del mundo.  Después, como es de esperar, viene un capítulo sobre Leo Messi, y tema constante aquí es que por mucho que describamos sus increíbles logros, no hay palabras que puedan llegar a describir fielmente la grandeza del jugador.  Una vez más el autor recurre a expresiones poéticas, metafóricas, para explicarnos la emoción que siente ante el jugador argentino. 

Algunos dicen que en el primer césped que pisó está la frontera entre un fútbol antiguo y moderno.  Y no se equivocan.  Otros, que si Newton lo viera redefiniría la Ley de la Gravedad.  Tampoco se equivocan.  Y yo digo que el mar es más hermoso que las palabras que lo apresan, y que Messi es más grande que los artículos que lo definen.  A Messi, como al mar, solo hay que disfrutarlo sin preguntarse nada.  Y lo demás es silencio.  (92)

            A Messi le sigue, como es de esperar, Cristiano Ronaldo, en un capítulo más corto titulado “Ronaldo o la cólera de Aquiles”.  En este formato novelesco, ya tratando a estos jugadores como dioses, la comparación era inevitable.  Y lo que se filtra a través de la prosa es la predilección por ese jugador que es Messi, pero también el amor humano con el que trata a Ronaldo, un jugador que no se da por vencido porque siempre demuestra que “a la batalla todavía le queda el final” (99).

            El capítulo sobre Mourinho, aunque biográfico, tiene un claro formato de novela.  Algunas imágenes tienen una gracia que no se encuentra en el resto del libro, como cuando describe el ego del personaje:

El Madrid es el Madrid, y hay que traer el mejor del mundo, dijeron los oráculos. Y apareció necesariamente el nombre de Mourinho, el único que había vencido al Barça y se denotaba más que a nadie un antibarcelonismo espeluznante.  ¿Alguien da más?  Nadie.  El asunto únicamente tenía una pega, el ego de Mourinho, más grande que las pirámides de Egipto y más insaciable que el monstruo de las galletas” (105-06).

O como cuando describe su cambio de táctica como entrenador:

Mou tiene el manual del éxito en su cabeza. Y ha pulido sus aristas.  Antes era una mezcla de Maquiavelo y Rasputín, y ahora es del Dalai Lama y Ghandi.  Ha entendido que el pacifismo y la fuerza interior son más poderosos que una flota de destructores.  (108)

Pero, en cuanto al desarrollo del libro, al insertar directa o indirectamente mensajes políticos o sociológicos, Mourinho volverá a cobrar importancia, cuando Juliá habla de su capacidad de ver más allá de la práctica de comprar los mejores jugadores y hacer de ellos un equipo unido, solidario, que juega mejor que antes de su llegada a Madrid.

            El capítulo dedicado al Atlético constituye una emocional historia del equipo y su afición.  Es, cuando menos, filosófico, con temas como la duración del tiempo, que controla el humor de la afición, o la pervivencia o no de los entrenadores (49 cesados por los Gil), y al introducir este segundo tema, termina aplicando una famosa cita de Quevedo al actual entrenador, Simeone: “polvo seré, mas polvo enamorado” (127). 

            Él es el narrador del capítulo, pero inserta a su anciano tío, fanático del Atlético de toda la vida, como lo que llamamos focalizador interno, un personaje a través de quien fluye la emoción desde la afición real hasta el lector.  Se siente más vivamente la emoción que un mero narrador o cronista nunca podría expresar tan bien como este fiel anciano que cobra vida delante de nuestros ojos.

            Yo encuentro en la triste alabanza del Atlético un tipo de poema en prosa romántico, nunca visto más claramente que en la página 130, donde subraya la importancia del equipo en una liga ya aburrida a causa de la preeminencia del Barça en la liga y Real Madrid pensando en los Champions.  El Atlético, en su partido con Real Madrid, devuelve sentido e interés al fútbol, con su participación en un encuentro que Juliá describe como una mezcla entre la película Duelo al sol y una intervención sanitaria de emergencia.  El pasaje es un poco largo, pero vale la pena citarlo:

Por tanto, he aquí un duelo al sol con las pistolas cargadas.  El desierto solitario de esta crisis los rodea.  Pueblos fantasmas asoman por el horizonte.  En la calle central de España los dos imperios van a vaciar el cargador hasta que solo quede uno levantando el arma humeante bajo el sol de la primavera.

   Gracias, Atleti, estás siendo la respiración asistida de una Liga que ya estaba en la UVI.  Ahora vamos a ver el mejor fútbol del mundo con la naturalidad de quien sale al parque para ver cómo los niños juegan en los columpios.  Gracias Atleti.

Para un neoyorquino como yo esta visión de los dos equipos es fácil de entender, ya que todos nos hemos criado con el problema de tener que elegir entre dos equipos de béisbol, los poderosos Yankees, y los más humildes Mets.

            Al contrario de su tratamiento romántico y emocional del Atlético, su capítulo sobre Barcelona es de pura reverencia, y echa mano de una serie de imágenes que le hace sentir al lector la emoción que siente al ver al equipo jugar, comparándolo con Leonardo da Vinci, Beethoven, Cervantes o el Bolshoi.  El capítulo parece un desafío para Juliá: cómo encontrar las imágenes literarias apropiadas para constatar su emoción ante el Barça sin que se quede en segundo lugar lo esencial del capítulo, que es describir cómo juega el equipo.  Allí está el logro de Juliá en todo el libro, ese equilibrio tan perfecto entre la creación literaria y el análisis deportivo.

            En el capítulo sobre el Real Madrid, Juliá utiliza unas frases metafóricas muy evocadoras para celebrar la larga y grandiosa historia del club.  Habla de “botas que danzaban”, que escondían el balón.  Describe a los jugadores como una escuadra mandando obuses por el aire. Y concluye con una descripción deliciosa de un gol de Zidane: “Aquello no fue un gol.  No merece el mismo nombre que lo que vemos a diario.  Aquello fue un gesto de cátedra.  Una frase escrita en el viento y el mármol de la historia del fútbol. 

            El texto termina, como es de esperar, con un largo capítulo sobre La Roja, la selección nacional.  La continua alabanza del equipo como tal y el preciso análisis de los aspectos humanos constituyen un equilibrio impresionante y emocionante, pero también lo es su capacidad de conectar la alegría que causan los triunfos de La Roja con el estado crítico actual de España.  Así con un tono esperanzador, nos declara:

La Roja ha llenado el hueco sentimental de un país que siempre está preguntándose quién es, qué siente y qué no siente, de dónde viene.  La Roja ha llenado de luz una nueva idea de España, la identidad de una tierra antiquísima en la que se creía que lo extranjero era lo mejor.  (185)

Y concluye, el capítulo y el libro, con una visión esperanzadora, tan política como deportiva, cuando declara que “España, hoy, gracias a La Roja, como ya he escrito y no me canso de repetir, es el latido atronador de un corazón unánime” (186). 

            Para concluir, diría, y espero que se haya entendido en todo lo que he dicho, que este libro es un maravilloso ejemplo de cómo equilibrar lo que antes llamábamos forma y fondo, el cómo y el qué de un texto.  Se aprende muchísimo del fútbol español, desde luego, pero trasluce en todo el texto la maestría del novelista y poeta que también tenemos presente. Es sin duda una obra con la cual se identificará cualquier persona con interés en el fútbol, pero también tiene mucho que ofrecer a los que buscamos y comentamos las técnicas de las obras literarias.

William Sherzer es hispanista, catedrático de la Universidad de Nueva York.

Texto leído en la presentación de Dioses de fuego y aire en el Rectorado de la Universidad de Castilla La-Mancha)

 

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