Críticas

28/05/2013

DONDE NO LLEGA EL HABLA

Dionisio Cañas (diario La Tribuna)

 

(Dionisio Cañas es poeta y ensayista y catedrático de literatura de la Universidad de Nueva York. Texto publicado en varios medios y leído en la presentación de El sueño de la muerte en La Central del Raval en Barcelona el 28-5-2013)

 

SOBRE ELSUEÑO DE LA MUERTE

           

La Muerte está donde no llega el habla. Morir es quedarse sin palabras, quedarse sin aliento, sin horizonte, sin mirada, sin tiempo y sin lugar. ¿Y cuál es el más allá de la mudez que nos inflige la Muerte? Cada cultura, cada religión tiene una respuesta más o menos semejante: tu más allá es como tu más acá, tienes que ganarte la vida como tienes que ganarte el más allá de la Muerte, tu más allá tienes que ganártelo en el más acá, en el aquí y el ahora.

            Desde el siglo dieciocho en Occidente nos habíamos empeñado en razonar, en ser razonables ante la Muerte, en demostrar científicamente que la existencia es la vida y la muerte anudadas por una sola palabra: el ahora, y también por el aquí sin el allí, sin el más allá. Pero precisamente ahora, en pleno siglo de la información y de la globalización de la razón, nos explota en la cara una sinrazón, un hecho desconcertante: el retorno de la religión, la vuelta del más allá, del paraíso y del infierno.

            Manuel Juliá nos propone en su libro El sueño de la muerte un camino intermedio: la palabra poética, la niebla del conocimiento, el recuerdo como arma lanzada contra la Muerte, el habla del poeta usada para mitigar el olvido. Juliá construye un puente de vida que está por encima de los puentes que nos llevan al cielo o al infierno; es el puente de la poesía. Pero su puente está apuntalado, no es muy seguro, es un puente de niebla que al atravesarlo no sabemos adónde nos llevará.

            El poeta inicia su libro con un texto que nos invita y nos inquieta por su título, “Final”, un final que es el principio de una relación con él y con sus poemas, nos invita a leerlo, a encontrarnos con su Yo hecho libro, con sus palabras hechas poemas, con su habla, pero en el ámbito de lo difuso y confuso, del sueño, de la niebla del entendimiento, de la razón de su propia experiencia, de la creencia, de la fe en la palabra.  

            En la literatura en lengua castellana, ya desde el siglo quince, en la “Danza de la Muerte”, un clérigo le dice a la Muerte: “No veo que tienes gesto de lector / tú que me convidas a que vaya a leer; / no vi en Salamanca maestro ni doctor / que tal gesto tenga ni tal parecer. / Bien sé que con arte me quieres hacer / que vaya a tu danza para me matar...”

            La invitación a la danza de la lectura que nos lanza Manuel Juliá con su primer texto no es, claro está, la misma que la invitación de la danza de la Muerte, todo lo contrario: es una invitación a la celebración de la vida.

            Durante la transición de la Edad Media al Renacimiento, Jorge Manrique, escribe las “Coplas por la muerte de su padre” (tradición en la cual podemos inscribir el segundo apartado del libro de Manuel Juliá, el que está relacionado con los recuerdos de su padre y, en mi opinión, donde se encuentran los mejores poemas de El sueño de la muerte), al principio Jorge Manrique, como Manuel Juliá, nos invita no sólo a leerlo, sino a reflexionar, y dice lo siguiente:

“Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, / cuan presto se va el placer, / cómo después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquier tiempo pasado / fue mejor”.

            Mejor o peor, el pasado es lo único que tenemos, y Manuel Juliá recurre al recuerdo en todo su libro, no porque piense, como Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino porque ante un presente incierto y un futuro más incierto aún, le recuerdo es el anclaje más seguro que tenemos.

            George Bataille, en La experiencia interior, aludía a que la muerte es una “impostura”, es decir, un engaño, y escribió lo siguiente: “En el halo de la muerte, y solamente en él, el yo funda su imperio: ahí ve la luz la pureza de una exigencia sin esperanza; ahí se realiza la esperanza del yo-que-muere (esperanza vertiginosa, ardiente de fiebre, en la que retroceden los límites del sueño).” Y es que de eso se trata, de que el libro de Manuel Juliá va más allá de “los límites del sueño” y los traspasa, haciendo que la muerte sea “el sueño de la muerte” y quizás, también, la vida misma.

            Volviendo a la estela de la poesía española en castellano, podernos enmarcar El sueño de la muerte, entre otros libros que han sido fundamentales en la posguerra española  como Hijos de la ira (1944), de Dámaso Alonso, donde en el poema “Insomnio” también nos habla desde la perspectiva de la vida vista como una muerte lúcida y escribe: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). / A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro”.

            Podríamos citar muchos libros más, y poemas sueltos, donde la perspectiva de la muerte en vida, o de la muerte en general, es tratada de diferentes modos como Primavera de la muerte (1946), de Carlos Bousoño, Los muertos (1947), de José Luis Hidalgo,   Dibujo de la muerte (1971), de Guillermo Carnero, o La muerte únicamente (1984), de Luis Antonio de Villena. Todos estos libros de un gran nivel estético y ético, todos compañeros de viaje de El sueño de la muerte.

            Pero retornando a la obra de Manuel Juliá, se puede decir que ya el mismo título nos enfrentamos a una duda: ¿El autor nos habla “desde” la perspectiva de la muerte soñada por él o desde la perspectiva de que la muerte nos sueña a nosotros? ¿Quién sueña a quién, el Autor a la Muerte o la Muerte al Autor?

            Como hemos visto, al leer el primer texto del libro de Juliá esa duda se acrecienta porque el título, “Final”, nos pone el mundo al revés: un final que está en el principio. En realidad el texto debería llamarse “finalidad” ya que Manuel Juliá se dirige al posible lector o lectora de este libro y se ofrece, el autor, en cuerpo y alma, al lector o lectora. Pero en verdad este prólogo es algo más que una ofrenda: es la búsqueda de un encuentro con un lector, y dice: “Sabio o ciego el destino dirá si nos encontramos, lector”. Y es que de eso se trata: de que la poesía es una cita a ciegas con el posible lector o lectora.

            Este encuentro en el habla poética, que se realiza a través de la lectura de un libro, puede ser parcial o pleno, como lo son los encuentros fortuitos con los seres humanos. Encontrar tiene varios significados: descubrir por casualidad algo o a alguien, quedar con alguien para verse o charlar, pero también opinar. Yo me encontré con Manuel Juliá, por casualidad, o porque el destino lo había decidido así, en el año 2005. A partir de aquel primer encuentro he seguido la evolución de su obra y esto ha hecho que tuve el privilegio de leer el manuscrito de El sueño de la muerte antes de que lo entregara a la editorial Hiperión. Entonces le escribí lo siguiente:  “he leído el manuscrito de tu libro El sueño de la muerte. Me parece un libro intenso e imaginativo a la vez. Su arraigo en la realidad, la realidad de tu infancia y de tu vida, rezuma por todas partes y eso hace que sea emocionante. Por otro lado, cuando usas imágenes y metáforas para expresar esa realidad, no son superfluas ni buscando el aplauso intelectual, sino que consolidan la emoción auténtica de tu visión del mundo, de tu experiencia. Esa combinación, realismo emocional e imaginación emocionada, hace que el libro se disfrute y te duela a la vez porque, a fin de cuentas, la muerte y el tiempo pasado son el tema central. O sea, es un libro de elegías pero sin llantos ni exageraciones melodramáticas o nostalgias cursis”. Esto que escribí antes de que naciera el libro es lo mismo que pienso ahora que ya está en las manos del lector o lectora. 

            Y para terminar quiero citar un párrafo de José Ferrater Mora, de su libro El ser y la muerte, que bien podría resumir la impresión que de la Muerte me ha dejado la doble lectura del libro de Manuel Juliá; refiriéndose a unos versos de Rainer Maria Rilke que dicen “la gran muerte que habita en cada uno / es el fruto en torno al cual todo gira”, escribe el filósofo: “A este tenor, la muerte no se limita a terminar la vida del individuo; la realiza; más todavía, la revela. Y si en la auto-realización y auto-revelación de la persona humana puede descubrirse su ser en cuanto a ser libre, cabrá decir que la muerte de cada cual es lo que más lo acerca a la libertad”. Libertad, pues que encontramos en su estado más puro donde no llega el habla, en el sueño de la muerte.

 

 

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