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LA LARGA MARCHA DEL FÉRREO SEPARATISMO

02/12/2017

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El sol feroz del otoño inunda los edificios de la calle Marina malva a veces, violeta otras, rojo intenso cuando la tarde va cayendo y comienzan algunos a encender la linterna de su móvil. Luego, cuando la noche estalló sobre el semblante de los oradores, lo encendieron casi todos creando un río de luces que parpadeaba como un universo estrecho anclado en la avenida. Pero ahora, mientras me lo imagino color cobalto sobre el mar sereno de la Barceloneta, cae de forma petulante sobre la piedra de las casas, arrolla con su dedo de luz y sombra los barrotes de los balcones levantando su musgo y aireando su óxido, se acuesta vivaz en la cúspide de las cabezas negras de los manifestantes que han venido a esta calle para exigir la libertad de sus líderes apresados. Me pregunto por qué no han hecho esta manifestación, como las otras, en el paseo de Gracia, pleno centro de Barcelona, espaciosas aceras, asfalto como una pista de aterrizaje. Cuando veo a Ada Colau al frente de la manifestación intuyo que algún plan oscuro de la cabeza de esa mujer, a quien Borrell llamó la reina de la ambigüedad, es la causa del traslado.

Los tenderetes de las asociaciones independentistas, que han traído mil autocares de toca Cataluña, vibran de música, color y ofertas de utensilios o adornos separatistas que las asemejan, también por su predominio de banderas, a la entrada de los estadios en los partidos de fútbol. El ambiente familiar, como otras veces, reina. En una esquina los jóvenes de Dante Fachín, que dicen que no son independentistas, guerrean contra todo lo que huela a poder y ofrecen panfletos que al mirarlos me trasladan a la época de la universidad en la que se hacía cierto, sin necesidad de rendirse a la metáfora o a la parodia, aquel sketch de la película de los Monty Python, La vida de Brian. En la famosa escena el intercambio de palabras iba creando grupúsculos independentistas que decían lo mismo que sus congéneres, pero con otras frases. El Ibex 35, Rajoy, Pujol, Mas incluso, están encarcelados en carteles naíf por adalides de un imperio capitalista que es la caja de Pandora de todos los males de la sociedad.

Desde el mediodía los manifestantes comenzaron a llenar las aceras, y algo menos los bares, entraban para realizar consumiciones nimias según me dijeron algunos camareros, y se iban formando los grupos organizados según la ciudad, asociación o coreografía determinada. Bajaban la acera un grupo de treintañeros agarrando unos barrotes de cartón en las manos. Recorrían la sombra mujeres jóvenes abrigadas con esteladas portando carteles que exigían la libertad de los presos políticos. Las banderas ondeaban en el tumulto como si fuesen las olas de un mar de telas y cabezas, la borrasca de un griterío que persistía en ese dominio separatista de las calles que según ellos es necesario para que la semilla republicana pueda germinar.

Alguno me lo dijo de forma muy clara. Recuerdo que el dermatólogo compadre de mi amigo Pere, cuando estuvimos en Aigua Xelida, con ribetes de pasión y alma revolucionaria, defendió este sistema de animar la turbamulta sin descanso. El médico, gafota, mano blanda, cerúleo, voz de pitiminí, dedos de pianista que ondeaba al hablar, labios muy finos, como de ostra, me dijo que estaba seguro de que si tenían siempre al pueblo con el ánimo arrebatado por la consideración del fin superior de la independencia, como empresa nueva y beneficiosa, la conseguirían. Su temor era que si todo se dormía volverían a ser cuatro gatos, tal y como eran hace unos años. Por eso su estrategia era la de mantener el ánimo arrebatado, la misma que siguió Fernando el Católico para crear España.

UNIDAD DE DESTINO. Recuerdo que lo mismo me comentó aquel librero de Gerona que vivía enterrado entre esteladas. El hombre, huesudo, de mirada azulona, que solo tenía libros de catalán, y que se jactaba de haber estado dos días seguidos hablando de la independencia, me sentenció que al final la conseguiría el pueblo en la calle, y que después el mundo caería rendido ante ese fragor popular que emana un pueblo que busca su unidad de destino en lo universal.

Ya escribí que al librero, conversando conmigo, le sucedió un acceso de retórica imparable, y que pareciendo Peter O'Toole representando el Quijote, me habló de su Arcadia feliz como si yo fuese uno de los cabreros del valle de Alcudia. Su iluminismo era tan intenso que llegó a danzar por la librería cantando el impossible dream. "Soñar el sueño imposible, luchar contra el enemigo imposible, correr donde valientes no se atrevieron, alcanzar la estrella inalcanzable. Ese es mi destino". Recordé entonces que un día la canté en el karaoke, y también que para el brumoso librero el sueño era posible. Sin embargo, mientras me despedía de él, y él pensaba que me había evangelizado, y renegaba de España-Lucifer, lo que de verdad pensaba era que en él se percibía la cerrazón de un convencimiento tan fuerte que había anulado la propia y humana capacidad de la duda como principio de la razón.

Por eso cuando llegué al hotel le escribí un mail en el que le decía lo que pensaba: No me molesta lo que hay en vosotros de afirmación nacionalista, creo que esa batalla por ser, es sincera y positiva, lo que me molesta es que consideráis que debéis llevar a cabo esa afirmación desintegrando España, empobreciéndola al igual que a Cataluña. Convertís algo positivo, querer ser, en algo negativo. Es absurdo todo porque hoy en día se puede desarrollar el ser catalán dentro de España. Y debes reconocer que cuando en España nos hemos dado cuenta de que la disociación es negativa, y hemos remado juntos, véase el Mundial o los inicios del país, hemos realizado grandes empresas que han asombrado al mundo.

El librero independentista jamás me contestó al mail. Imagino que saciado de adoctrinamiento, pleno de su superioridad moral, pensó que ya no era mercado. Mientras paseaba con mi amigo Pere, independentista acérrimo, furibundo sardanero, feo como un rastrojo de La Mancha, miraba al tumulto por si veía al librero, que seguro estaría por allí. No atendía mucho a Pere, quien me hablaba de lo que piensa, siente, dice, teme, oye, arrolla, contiene, escucha, magulla, apuesta, encuentra o pierde el pueblo catalán, en un afán de que me pusiera su sotana independentista. La tarea persistente de Pere es martillear mi mente con lo suyo. Parece una tertulia de La Sexta con Ferreras de rostro goloso y excitado hasta el orgasmo después de 12 horas con su independentismo, su Puigdemont, sus esteladas, sus jordis, sus cuperos folloneros, sus estudiantes sobre el asfalto parando coches y camiones, su Junqueras y su Turull y su Romeva, y su Forcadell y su ANC y su Omnium y su huelga y sus alcaldes independentistas...

UN RECESO. A pesar de que estamos en otoño el asunto es que hacía mucho calor, y le dije a Pere que pasáramos a cualquier bar a tomar un café y un anís. Para mí, claro. Él solo bebe ratafía catalana, un licor dulce producto de una maceración de frutos, hierbas o especias en un alcohol base, que suele ser aguardiente, ya sea neutro o anisado. Lo he probado alguna vez y casi he echado el alma por los labios. El licor es simple como el asunto de Cataluña. Emplea nueces verdes, especias (canela, clavo, anís estrellado y nuez moscada) y hierbas aromáticas secas tales como la salvia, la hierba luisa, el tomillo, la menta, la albahaca, etcétera, recogidas, como manda la tradición, en la época de san Juan, cuando se considera que disponen de mayor intensidad aromática.

Así que estábamos en el bar, la manifestación engordando por fuera, y sentí que había llegado mi hora cuando Pere se hubo tomado varios chupitos de ratafía. Era el momento de contratacar contra el adoctrinamiento de mi amigo, que llevaba durando todo el día. Y entonces, cuando lo vi en el letargo etílico, y mientras desde fuera entraban ya las arengas de los que intervenían en la manifestación, le hablé de Herbert Lüthy ("A Rehabilitation of Nationalims") y del nacionalismo como un umbrío espacio de la psicología colectiva que escapa a la consciencia racional.

Pere estaba en la penumbra del bar, anudado en mente, lengua y estómago por la ratafía, mirándome con atención. Era el momento de la venganza después del chute de independentismo al que me había sometido. Así que saqué de mi mochila un libro de Planella que incide en la falacia histórica y la raigambre del mito separatista, lo abrí y después de instruirme le decía argumentos contra el nacionalismo excluyente. Él ni asentía ni negaba, pero no le quedaba otra que escuchar pues lo tenía arrinconado en la esquina de una máquina de bollos y Coca-Colas.

Cataluña nunca ha sido una nación, como tampoco lo ha sido Castilla, ni ninguna de las regiones que componen España, le decía. Me miraba como si yo fuese el exorcista y él Regan MacNeil. Cataluña lleva formando parte de España 535 años y de Aragón cerca de nueve siglos, le insistía después de llevarle otro chupito de ratafía.

Se encogía en la silla. Pedía piedad y cuando intentaba hablar se le trababa la lengua. Aquello era una tortura para él, pero la consideraba justa, pues también era tortura lo de ellos, varios meses sin que se hablara en España de otra cosa que de sus anhelos y mentiras, sus odios, sus sombras, sus gracias, sus desgracias, todo además en una estética agobiante de persistente minimización de lo español que los medios habían comprado.

Así que a Pere no le quedaba otro remedio que tragar mi prédica. El bar oscuro. El ruido de la cafetera. Los discursos de afuera. Todo se comprimía en nada mientras le iba quitando los disfraces que envolvían su cantinela eterna.

Después de vuestro terrible 1714 Cataluña emprendió un crecimiento económico que ha durado hasta ahora, le espeté. El sudor que le producía la dulce ratafía le hacía parecer un alumno entrando a un examen. Como dice el prestigioso historiador catalán Vicens Vivens, insistía, la desaparición de fueros y privilegios por perder aquella guerra de sucesión le vino bien a Cataluña, pues se estableció un sistema fiscal moderno y equitativo, con la abolición de barreras se mejoró el acceso al mercado peninsular, y sobre todo americano, y además la protección a la industria algodonera por la Corona española favoreció que Cataluña se convirtiese en "la fábrica de España", en detrimento de otras zonas que siguieron subdesarrolladas. Pere me miraba con ojos encontrados. Se estaba perdiendo el ambiente y los discursos, la comunión y ese sentimiento de pertenencia que estallaba en la calle Marina produciendo un imperio de mixtificación, heroicidad y enigma de pueblo y futuro.

PRAT DE LA RIBA. Pero estaba tan perdido en el sopor de la ratafía que apenas si podía levantarse. Él me había hablado mucho de Prat de la Riba y su obra La nacionalitat catalana, donde considera a España algo ficticio, un ente administrativo, una sombra burocrática, y a Cataluña "una unidad fundamental de los espíritus". Al oír espíritus, Pere se volvió algo más Regan MacNeil y hasta me dio la sensación de que podía levitar. Luego se puso furibundo, y como Regan se subió por las paredes y las lámparas cuando oyó de mis labios la palabra José Antonio y su "unidad de destino en lo universal" que tanto se parece en su expresión a esa entidad catalana, anterior y superior a la voluntad de los hombres que no pueden ni deshacerla ni cambiarla, como decía Prat de la Riba.

Había llegado la noche y un río de linternas, bajo las palmeras, cubría la calle Marina hasta Icària. Puigdemont, como un muñeco parlante, decía lo mismo de siempre. Desplegaba su lenguaje de resistencia frente a un fascismo inexistente que había invadido Cataluña para conseguir el terrible objetivo de convocar unas elecciones. El misticismo del ambiente, mezclado con los símbolos del separatismo, lanzaba otra vez su canto al mundo ofreciendo el nacimiento de una república de la que nadie había oído su primer llanto de vida. Desde vuestra exaltación nacionalista excluyente, le dije a Pere, la nación encarna un orden superior, concibe la existencia de un ser colectivo (Volksgeist) por encima de los individuos, y eso es incomprensible para los demás.

Pere me miraba en silencio deseando salir ya del bar y le acompañé a la calle. Habían terminado los discursos y la gente caminaba hacia los mil autobuses en los que se plegaría esa Cataluña rural, despegada, a la que llevan inoculado en alma, desde hace mucho, la voracidad de un enemigo lejano, ajeno su territorio, que ha tenido la crueldad de facilitar su desarrollo a costa del suyo propio. Al fin salimos del bar hacia la multitud y Pere, casi danzando por la avenida, saludaba a muchos conocidos. Me presentaba a algunos. Yo los escuchaba en silencio. Banderas, mitos, folklore, cultos, ritos se encarnaban en los símbolos de aquellos que, como decía Lúthy, se sentían representando un sentimiento de pertenencia a un colectivo de individuos esencialmente diferentes a los individuos de cualquier otro colectivo, algo que es inexplicable racionalmente.

Al llegar la noche más honda Pere se despidió de mí y se alejó con un grupo de conmilitones. No sé si se fue pensando en lo que había escuchado de mis labios o en lo que me había dicho con los suyos. Quizá esto segundo, pues el diálogo racional con quien habla con los sentimientos, expresa con la pasión y se diluye en la obsesión de lo que siente, es tan difícil como conseguir saber si es par o impar el número de estrellas que hay en en cielo.

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