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LÉRIDA, EN LA CALMA DE LA MAÑANA

30/09/2017

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BAJO EL VOLCÁN SEPARATISTA (VI)

Paseando por las calles de Lérida parece que la brasa de la discordia independentista no ha llegado a la localidad. Apenas hay "esteladas" en los balcones, pero los vecinos parecen preocupados por un conflicto que podría traer mayor mal que bien a sus vidas.


No tengo ninguna duda de que Lérida es una ciudad mística. Me pasa en ella como en Soria o Gerona, que me pierdo por las calles de piedra y siento que el tiempo es una luz íntima llena de sosiego. Llegué por la mañana desde Tarragona y me pasé el día dando vueltas por la ciudad, hablando con la gente, preguntándole sus pensamientos o sentimientos sobre el proceso separatista. Todo el mundo me respondió con amabilidad exquisita, salvo el caso aislado de quien llamé en mis notas el ogro independentista. Era un tipo de tez oscura, barba negra, gafas suntuosas y cabello aplastado y brillante que relucía azul bajo el flexo de las luces de la portería del colegio adonde llegué pidiendo opinión con todo respeto.

A su lado había una joven que me previno diciéndome que le daba igual si se votaba o no el 1-O. Percibí que estaba molesta con el tema y no quise importunar. Pero pregunté al hombre que estaba al lado. Cuando escuchó mis palabras lo primero que hizo fue lanzarme una mirada en la que pude ver el odio. Me quitó enseguida la mirada y me dijo que lo explicaba muy mal. No sabía a qué se refería y pedí más información.

Entonces, en todo despectivo me dijo en catalán que me largara de allí, que estaba trabajando. Por sus formas me sentí ofendido. Sólo estaba realizando mi trabajo. Entonces escribí en mi libreta que en aquel lugar en el que una chapa anunciaba Fundación Champaña Mariste había un ogro independentista.

Su trato fue muy distinto del que me procuró Alexandra, recepcionista en el hotel, leridana de pura cepa, quien además me comentó haber leído con deleite los cuatro primeros capítulos de la serie. Escribe lo que dice mi padre, me dijo. Dice que si llega la independencia los de Barcelona venderá Lérida a la primera oportunidad.

Reímos juntos la ocurrencia y después charlamos un rato aprovechando la calma de la mañana. Le pregunté sobre cómo iban las cosas en Lérida. Ella me dijo que todo estaba tranquilo, pero que como en el resto de Cataluña, quien disentía molestaba, y también me comentó que casi toda la ciudad estaba de acuerdo con la decisión del alcalde de no ceder los colegios para una ilegalidad, y que por supuesto la llamada de Puigdemont a echarle el pueblo encima había sido un golpe bajo.

Después de hablar con Alexandra me di un paseo mañanero. Apenas vi esteladas o llamadas al voto afirmativo. Desde las calles me daba la sensación de que toda la brasa de la discordia que pululaba aquellos días por Cataluña allí no había llegado. Subí hasta los jardines Pompeu Fabra y el Parque de Márius Torres. Luego bajé a la calle Mayor. Deambulé por ella como un viajante que desea disfrutar de unas horas de descanso. Pero pronto la sed del trabajo se me salió por las venas y pasé a una tienda de ropa. El dependiente era un joven solícito que se mostró dispuesto a satisfacer mi deseo.

Estábamos solos y entendí por cómo puso sus ojos de enigmáticos que era merecedor de alguna confidencia. Me sentí muy complacido por esa confianza, sobre todo porque venía de alguien que tenía una bandera secesionista encerrada en un pin que lucía en su pecho. Acerqué mi oreja a sus labios. Y con un susurro, mirando antes a la puerta, me dijo que la independencia de Cataluña la iba a conseguir El Vaticano.

Ante mi sorpresa abundó en su mensaje diciéndome que Junqueras era mormón y que había visto los archivos del Vaticano y que allí estaba escrita la independencia de Cataluña. Le mostré, por supuesto, mi extrañeza respecto a la relación que pudieran tener los mormones con El Vaticano. Así que le pedí más explicaciones de aquella revelación.

Pero el chaval pensó que ya me había dicho demasiado y que había que dejar así la cosa. No te puedo decir más, me espetó al final, cuando le decía que me había dejado con la miel en los labios. Me fui por tanto de allí con el enigma envuelto, aunque algo satisfecho por si en verdad Junqueras fuese mormón. Así se podría comprender su trasiego de casa en casa con la Biblia del independentismo en la mano.

Volví a salir a la calle Mayor y me introduje en una pastelería y me puse a hablar con la dependienta, una mujer cálida y madura, y una serena anciana que a su vez charlaba con ella. Les conté que además de para comprar turrón pisada luna, hecho de trufa, avellana, frambuesa y romero, entraba para conocer opiniones sobre el separatismo. La anciana enseguida se dispuso a contestarme.

Eso sí, me advirtió de que no usara su nombre, pues no se quería significar en contra de la independencia. Me dijo que sentía una sensación de soledad, que España estaba muy lejos, que los independentistas se estaban apropiando de Cataluña, siempre ahí, en el día a día, introduciéndose en todo, manejándolo todo... Había nacido en Valladolid. Llegó de niña y le ofendía que alguien pudiese dudar de su catalanismo. Ya estaba harta de ver siempre lo mismo en la televisión. Si le decías la palabra político, a pesar de su dulzura y su innegable educación, no podía evitar que algún insulto le viniera a la boca.

La dependienta me dijo que era independentista, vaya lío de palabras. Pero también que no había ido a la Diada porque los suyos se habían portado muy mal en el Parlamento. Los había visto como fanáticos, y me dijo que tal y como iba la cosa la sensación que tenía era que los catalanes estaban pagando muchos costes por aquella guerra, que se estaban yendo muchas industrias. Me comentó que, a pesar de ser independentista, le gustaría que hubiese algún acuerdo para no romper del todo con España.

Después de probar la dulzura de algunos de sus productos, además de la de sus palabras, salí de allí y continúe por la calle Mayor. Me paré en un cine que aún guardaba el aire del tiempo. Pasé a un bar y comencé a charlar con Josep María, un técnico textil que vivía fuera de Lérida, en Galicia, pero que siempre que podía regresaba a su lugar de origen.

Josep María estaba en contra de la independencia y del camino al que estaban llevando al pueblo catalán. No creía que todo valiera. Sentía que se avanzaba hacia una nebulosa y que al final esto iba a costar dinero y que se estaba generando un enfrentamiento con España que no traería nada bueno.

Así pasé el día, dando vueltas por las bellísimas calles de Lérida. La paz y la calma me recibió y con ellas me fui a continuar el viaje.

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